Cada año nos topamos en redes sociales y algunos medios de comunicación con multitud de mensajes sensacionalistas sobre asteroides que se acercarán a una distancia peligrosa de nuestro planeta. ¿Colisionarán? ¿No lo harán? Este 2020 está teniendo ingredientes de sobra para que este tipo de noticias proliferen como setas. Sin embargo, como siempre, las que se han ido anunciando no eran más que exageraciones de la realidad. Ninguna gran roca ha puesto a la Tierra en peligro. Y eso es algo que se puede confirmar gracias a los “cazadores de asteroides” que dedican su trabajo a analizar la trayectoria de algunos de estos objetos. Precisamente en eso estaban el pasado 25 de agosto un grupo de estos científicos, cuando observaron un curioso acercamiento. Afortunadamente, no tardaron en percatarse de que, en realidad, se trataba de un viejo satélite de la NASA.

Era el OGO-1, un observatorio geofísico que fue lanzado al espacio hace ni más ni menos que 56 años. Poco después del lanzamiento ya había cumplido su misión, por lo que se dio de baja y comenzó la preparación para su vuelta a la Tierra. Ha sido un camino largo, pero finalmente lo ha conseguido. Eso sí, deshaciéndose en pedazos al cruzar la atmósfera que un día salió a investigar.

OGO-1
NASA

El largo camino de vuelta de un viejo satélite de la NASA

En septiembre de 1964, el OGO-1 llegó a su destino en la órbita ecuatorial terrestre, con el objetivo de estudiar la magnetosfera, otras zonas de la atmósfera, el espacio entre la Tierra y la Luna y los efectos del Sol sobre nuestro planeta.

Tras él, además, saldrían otros cinco satélites con funciones similares. Una vez concluida su misión, todos fueron desactivados y preparados para dejarse caer de vuelta sobre la Tierra. En el caso de OGO-1, se puso en modo de espera en noviembre de 1969, para darse de baja justo dos años después.

Comenzó así un lento descenso hacia la Tierra, gracias a su órbita excéntrica, que permite que incluso cantidades diminutas de arrastre atmosférico a cientos de kilómetros sobre nuestro planeta sigan tirando de él. Esto es algo muy necesario, ya que de haber permanecido vagando por su destino inicial, donde cada vez hay más objetos enviados al espacio, hubiese podido darse una colisión, generando desechos peligrosos.

La penúltima sonda de la misión OGO en sucumbir fue OGO-5, cuya entrada en la atmósfera terrestre se produjo en 2011. Sin embargo, OGO-1, que había sido lanzado cuatro años antes, ha tardado 9 años más en llegar a su destino. Y lo ha hecho este sábado, 29 de agosto, a las 20:44 UTC, según un informe de la NASA. Como cabía esperar, se ha quemado al cruzar la atmósfera, reduciéndose a miles de pequeños e inofensivos pedazos, que finalmente han aterrizado sobre Tahití. Desde luego, no es mal sitio para jubilarse.