En Rebel Moon (Parte dos): La guerrera que deja marcas, Zack Snyder tiene una absoluta libertad creativa, gracias al interés de Netflix de tener su propia franquicia. Por lo que la cinta y su primera parte, son un experimento a gran escala para construir punto a punto, una mitología propia. El resultado es un recorrido a través de planetas, situaciones políticas y escenarios de batalla, que tienen como único objetivo, explorar en una posible nueva saga cinematográfica.  Eso, sin restricción alguna y con carta blanca para profundizar en sus a menudo polémicos puntos de vista sobre la acción. Pero lo que debería beneficiar Snyder y su premisa, ha dado como resultado una serie de problemas de fondo y de forma, habituales en su obra. Solo que ahora, llegan a un nuevo nivel de profundidad y torpeza.

Ambos largometrajes han sido criticados casi por los mismos motivos. Tanto Rebel Moon (Parte uno): La niña del fuego, como su secuela, son una colección de lugares comunes que parecen tener dificultades para sostenerse sin referencias a obras mayores. También, por el abuso de recursos visuales y narrativos, ya conocidos en la filmografía de Zack Snyder. Lo cierto es que la futura saga es incapaz de mostrar todas sus posibilidades, a pesar de la ambición de la puesta en escena y el guion. Mucho más, que la idea original de las cintas — autoría de Snyder — pierde sentido y solidez en medio de un desorden visual y de relato, que resulta casi incómodo.

Por todo lo anterior, te dejamos tres razones por las cuales Rebel Moon (Parte dos): La guerrera que deja marcas, falla estrepitosamente. De una serie de errores al relatar lo que podría ser el inicio de una franquicia a gran escala a su excesivo apego a las obsesiones de su director. La lista abarca los problemas que suelen rodear las obras del cineasta y que, aquí, son más evidentes que nunca. El mayor problema de la película. 

Una serie de referencias y guiños innecesarios

Nadie lo duda: toda obra cinematográfica bebe de otras tantas y sin duda, procede de símbolos de un universo mayor. En otras palabras, no hay ninguna película que sea por completo autónoma y original. No obstante, Zack Snyder abusa del recurso en su saga, que inevitablemente remite a Star Wars no solo en la forma de plantear su conflicto. También, en la manera de profundizar en su apuesta, que intenta mostrar una lucha legendaria entre el bien y el mal. 

Por lo que buena parte de Rebel Moon (Parte dos): La guerrera que deja marcas, es en exceso familiar para cualquier fanático de la ciencia ficción. Mucho más, de la franquicia de George Lucas. Y las referencias superan, por mucho, el simple homenaje para, en algunas ocasiones, convertirse en una copia descarada de los tópicos ya conocidos. El malvado Mundomadre, imperio galáctico con tintes autocráticos, toma excesivos elementos del liderado por Sheev Palpatine (Ian McDiarmid). Lo mismo podría decirse del almirante Noble (Ed Skrein), que a pesar de carecer de la complejidad de Anakin/Darth Vader (Hayden Christensen), pasa por un trayecto más o menos semejante. Incluso Kora (Sofia Boutella), es una versión más simple de Luke Skywalker (Mark Hamill) y su conflicto heroico.

Pero las semejanzas no acaban ahí. La luna agrícola de Veldt — centro de la batalla definitiva entre héroes y sus contrincantes — es muy parecida al desértico Tatooine. Las armas de los héroes son sables y cuchillos láser, sospechosamente semejante a los icónicos usados por los Jedis. Sin embargo, es en el conflicto central y su forma de plantearse, en el que la semejanza se hace muy evidente. Para el universo narrado por Zack Snyder, el mal reside en la forma que el poder intenta dominar al cosmos y alienarlo en una única mirada sobre el poder. Un tema que Star Wars plantea desde símbolos filosóficos complejos y que a los Snyder apela restándole profundidad. 

Una cinta torpe al narrar su historia

Uno de los problemas más notorios en Rebel Moon (Parte dos): La guerrera que deja marcas, también radica en su ritmo como película. En especial, al tratar de incluir numerosos elementos de su universo, en medio de un relato plano de un conflicto entre villanos y héroes. Claro está, el guion de Zack Snyder, Kurt Johnstad y Shay Hatten, basado en la idea del mismo Snyder, apunta al conocido camino del héroe. Por lo que todos sus personajes, antes o después, llegarán a la redención al dejar atrás un pasado turbulento y la mayoría de las veces violento.

Pero Zack Snyder falla al narrar un recorrido emocional y moral complejo. Su mayor aporte al crecimiento de sus personajes, son largas conversaciones explicativas, que exploran en sus vidas de forma muy directa. El arco de cada uno, parece depender de ese tipo de información, antes que de una madurez real, alcanzada a través de logros y conocimiento. De hecho, en la cinta se echa de menos que los héroes, decididos a dar su vida para salvar la de otros, estén mejor desarrollados. Su conflicto llega a su punto más alto, en una larga conversación en la que todos explican su pasado. No obstante, nada de eso es otra cosa que información.

El problema se repite a medida que el argumento intenta concentrar en un solo escenario todas las facetas de la historia que cuenta. De la traición que permitió el asesinato de la familia real reinante a la búsqueda de paz de Kora. La sensación es que hay una gran cantidad de escenas, puntos que narrar y situaciones, que nunca llegan a ninguna parte. Lo que convierte a la trama, en una hueca mirada a un grupo de personajes sin otro propósito que hacer avanzar la trama.

Una mezcla de muchas cosas sin conclusión

A pesar de que tanto la película original como Rebel Moon (Parte dos): La guerrera que deja marcas suman casi cuatro horas, el guion no concluye sus ideas. O al menos, las más importantes, lo que convierte a las historias en un largo prólogo de algo más que nunca se muestra. Ambos argumentos terminan por ser un enorme y desordenado escenario en que conviven docenas de personajes y los que le rodea. 

Todos, sin un origen y evolución. En otra evidente referencia a un clásico — esta vez, Los 7 samuráis de Akira Kurosawa — la película dedica todo su interés a la futura defensa de la luna Veldt. Ahora bien, ese escenario central, que debería ser el centro de un largo recorrido, termina por ser la excusa para mostrar las capacidades de sus protagonistas. Eso, sin que la trama realmente intente llevarles a sus mayores capacidades o una redención emocional, más allá de la posibilidad de morir en batalla. 

El hecho es que la cinta no logra concluir sus ideas, más allá de un triunfo casi accidental de sus personajes sobre sus enemigos. Lo que, al final, llevará a dejar claro la cinta solo es la exploración — desordenada y poco clara — acerca de una mitología que narra de manera superficial. 


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