Tras más de dos décadas desde el estreno de la original, por fin llega a los cines 28 años después. El director Danny Boyle regresa a una de sus obras maestras para ofrecer una continuación digna al impresionante mundo que creó. Esta vez sin Cillian Murphy pero con Jodie Comer, Aaron Taylor-Johnson y Ralph Fiennes, el fenómeno del cine de terror vuelve para ofrecer nuevas dosis de infectados y, sobre todo, una sociedad que ha tenido que aprender a reconstruirse en el apocalipsis zombie más letal y despiadado.
La historia de 28 años después nos sitúa casi treinta años en el futuro desde que Jim despertara en aquel hospital y se encontrase un Londres arrasado. Ahora, la película nos lleva hasta Escocia. En una isla, un asentamiento ha logrado aislarse y sobrevivir ajenos al virus. Allí, el joven Spike debe aprender a adentrarse en lo desconocido. Tiene que saber defenderse de los zombies, aprender de ellos y matarlos. Y es que estos también han evolucionado, generándose los "alfas", mucho más fuertes y sanguinarios.

28 años después
Como secuela, 28 días después es una película fantástica, pero es que además funciona a la perfección de manera independiente. Una historia brutal, sangrienta, salvaje y tétrica sobre crecimiento y madurez. Danny Boyle recupera su plena forma al dirigir con pulso y con un estilo al alcance de pocos una obra muy magra del cine de terror contemporáneo.
Reinventar el mito
Una de las cosas que más sorprende de 28 años después es lo mucho que viven Danny Boyle y Alex Garland ese mundo que crearon hace más de dos décadas y que parecía abandonado. El director y el guionista regresan como si el tiempo no hubiera transcurrido. Son capaces de seguir haciéndonos vibrar y estremecernos de terror sin haber perdido un ápice el toque maquiavélico y siniestro de la original.
Porque esa es la gran virtud de 28 años después. En una época en la que el público está tan sobresaturdo de mundos zombies, aquí todavía encontramos algo original, que sorprende, que atrapa y que emociona. La cinta tiene una enorme garra que explota ampliando el universo conocido hasta ahora. Reinventa su propio mito en forma y también en fondo.
Ahora los ojos del espectador no son los de un hombre adulto perdido en la vida y desorientado. Ahora, 28 años después nos pone en la piel de un niño que debe hacerse hombre. Un crío que sigue su propio camino de iniciación y crecimiento, descubriendo que la vida feliz de la infancia no es más que un espejismo que esconde un mundo hostil y despiadado. Hay mensajes de nacionalismo, de aislamiento, lecciones sobre la vida y la muerte... Las connotaciones filosóficas de la entrega original fueron magníficas y ahora, cambiando el contexto por completo con el nuevo enfoque, también resultan fascinantes.

Sin reservas
Este malabarismo de Danny Boyle y Alex Garland para rehacer su propia historia es aún más loable por producirse en el Hollywood actual. Frente a secuelas indistinguibles que son meras réplicas vacías unas de otras, 28 años después quiere contar algo. Esta no es una versión actualizada de lo que ya vimos con Jim. Esta es la película de Spike. Un coming-of-age demencial y ultraviolento, pero que a la vez deja hueco a la emotividad. Es decir, lo que de verdad tiene que ser una secuela. Algo ambientado en un mismo mundo pero independiente de todo lo anterior.
La película equilibra lo viejo con lo nuevo para dejarnos un cóctel que funciona de principio a fin por sí sola. Si la premisa es buena, es aún más maravilloso regocijarse entre la sangre y vísceras tan explícitas que propone Boyle. El veterano y aclamado director firma una de las mejores películas de su carrera con maestría y oficio. 28 años después es, en resumen, una de los mejores historias de zombies que se recuerdan recientemente. Sobre todo porque, en realidad, a ratos ni siquiera hay tantísimos zombies.

Un ejercicio de orfebrería cinematográfica
Además, Boyle expande su saga con un ejercicio de pulsión cinematográfica extraordinario. Si en la original utilizó montajes extradiegéticos, cámaras de vídeo caseras y un sinfín de recursos sorprendentes más, ahora hace lo mismo con la tecnología que tiene actualmente al alcance. Por ejemplo, las famosas tomas realizadas con una veintena de iPhones dispuestos en una plataforma para ofrecer a la vez distintas perspectivas de un mismo momento.
La cámara tiembla, pierde foco, se mueve por donde quiere y por momentos vuelve a dar esa sensación de ser algo casero y no una gran producción millonaria. Con eso, Boyle logra su objetivo. Como un mago, quiere hipnotizarnos, que nos sintamos dentro de la propia historia y vivamos con Spike y sus padres los peligros que acechan en detrás de cada árbol. Un experimento rompedor, inmersivo, que funcionó hace 23 años y que sigue funcionando ahora. Por eso es tan buen cineasta, porque sabe cómo contarnos las historias con imágenes para generarnos las emociones que busca.
Además, el emplazamiento de 28 años después suma muchísimos puntos al resultado final. La cinta nos lleva a una Escocia verde, abandonada y totalmente dominada por la naturaleza, por lo salvaje. Hay en ella un aura mística, casi folklórica al encontrarnos castillos y monasterios en ruinas junto a viejas estaciones de tren. Con este salvajismo, el filme puede entregarse de lleno a la violencia zombie en un mundo gigante, infinito, que te atrapa y ya no te suelta. Spike lo asume nada más empezar -aunque le aterra- cuando sale de su isla y le pregunta a su padre cuántos días podrían caminar sin poder ver la costa.

En definitiva, 28 días después es una película extraordinaria que funciona a la perfección tanto como secuela como de manera independiente. Una historia brutal, sangrienta y tétrica de crecimiento y madurez. Danny Boyle recupera su plena forma al dirigir con un estilo al alcance de pocos una obra muy magra del cine de terror contemporáneo.
28 años después se estrena en cines el 20 de junio.

