Cada año, las personas con riesgo de contraer la gripe de forma grave, o las que conviven con este tipo de pacientes, deben vacunarse. No ocurre como con otras enfermedades con las que te pones como mucho dos o tres dosis y ya estás vacunado para toda la vida. O al menos para bastantes años. No puede hacerse así, porque el virus muta tantísimo que los científicos aún no han logrado desarrollar una vacuna contra la gripe que sirva de una temporada a otra. Ni siquiera han conseguido que su eficacia sea la misma cada año. Hay años buenos y no tan buenos. Pero que aún no se haya conseguido no quiere decir que no se esté intentando y que no haya investigadores que se encuentren en el buen camino.
Es, por ejemplo, el caso de los científicos que acaban de probar en ratones y hurones una vacuna contra la gripe compuesta por 80.000 proteínas distintas. Los resultados en estos animales han sido muy buenos, incluso con una dosis del virus que debería ser mortal.
Eso no significa que podamos lanzar ya las campanas al vuelo, pero sí que hay lugar para el optimismo. Además, estos no son los únicos científicos que están trabajando en una vacuna universal. Ya hay en marcha otras opciones, que incluso podrían ser eficaces contra otros virus, como el de la COVID-19, que también nos ha obligado a repetir la inmunización a medida que han surgido nuevas variantes. Es una carrera de fondo y no importa quién llegue antes. Lo importante es que lleguen.
¿Por qué hay que ponerse la vacuna de la gripe todos los años?
Los virus no son capaces de reproducirse si no es en las células que infectan. No tienen la maquinaria de replicación adecuada, por lo que secuestran la nuestra cuando nos invaden.
En ese momento, empiezan a sacar copias a gran velocidad, como si de una fotocopiadora se tratara. Pero no es una fotocopiadora infalible y entre tantas copias puede cometer errores. Esos errores son cambios en la composición genética del virus, que se conocen como mutaciones y pueden provocar tres efectos distintos. Por un lado, puede ser un efecto neutro, que no afecte al virus ni positiva ni negativamente. También pueden ser perjudiciales para el virus, al impedir su supervivencia. Esas dos opciones nos pasan desapercibidas, unas porque no suponen ningún cambio a lo que ya conocemos y otras porque desaparecen. El problema viene con la tercera opción, que es la que le confiere ventajas al virus. Por ejemplo, puede provocar que sean capaces de infectar a nuevas especies o que causen una enfermedad más leve, que facilite que los infectados se relacionen y contagien a nuevos individuos.

Todos los virus hacen esto. Sin embargo, hay virus que cometen más errores y, por lo tanto, mutan más. Es el caso de la gripe. Por eso es tan difícil desarrollar una vacuna contra ellos. Las vacunas suelen dirigirse hacia una o varias proteínas de un virus. Estas se introducen en el organismo, de tal manera que el sistema inmunitario se prepare para combatirlas cuando lleguen junto al virus. ¿Pero qué pasa si el virus cambia de manera que esas proteínas ya no son exactamente igual que antes? Claramente, la vacuna pierde su eficacia.
Cada año, los investigadores hacen un seguimiento de los movimientos que ha hecho la gripe en su temporada de mayor auge. Esto les permite predecir hasta cierto punto cuál será su comportamiento en la temporada siguiente y fabricar una vacuna contra la gripe adaptada a ello. Pero esta no deja de ser una predicción aproximada, que unas veces acierta más y otras menos. Por eso, hay años en los que se producen brotes algo más grandes, incluso con una gran proporción de la población vacunada.
Nuevos enfoques
Hay muchos estudios sobre el desarrollo de una vacuna contra el virus que sea universal. Para ello, se han probado opciones como estimular el desarrollo de ARNi, una molécula capaz de unirse al material genético del virus e impedir que se replique.
En este nuevo caso, se han regido por un enfoque más tradicional, pero con cambios que resultan determinantes. Las proteínas de la envuelta del virus de la gripe que normalmente provocan la respuesta del sistema inmunitario son dos: la hemaglutinina y la neuraminidasa. De hecho, las cepas reciben su nombre del tipo de cada una de ellas que se combine. Por ejemplo, dos de las más conocidas son la H1N1 y la H5N1. Los virus tienen una cantidad mucho mayor de la primera que de la segunda. Entre 5 y 10 veces más. Por eso, es lógico que sea a la que más se dirigen las vacunas.

Esta es una proteína que se divide en dos partes: la cabeza y el tallo. La cabeza es la parte que se une a los receptores de las células a las que infecta para poder penetrar en ellas. El resto es lo que se conoce como tallo o tronco.
Lo que más muta, generalmente, es la cabeza. El tronco se suele conservar más. Sin embargo, precisamente por ser la cabeza la que primero se une a los receptores, es lo que más rápidamente reconoce el sistema inmunitario.
Conscientes de este problema, los autores del estudio que se acaba de publicar mutaron intencionalmente la proteína de la hemaglutinina de muchas formas distintas. Así, obtuvieron 80.000 proteínas con la cabeza ligeramente distinta y el tallo conservado. Todas ellas se introdujeron en la vacuna contra la gripe.
Su objetivo era que, al introducir un tallo siempre igual, el sistema inmunitario reaccionase más fuerte contra él. De ese modo, en caso de producirse una infección real, habría un batallón de anticuerpos listo para atacar a esa zona de la proteína que posiblemente no haya cambiado esa temporada.
Pruebas de la vacuna contra la gripe en animales
De momento, esta vacuna contra la gripe se ha probado en ratones y hurones. Estos últimos no son muy habituales como modelos de laboratorio, pero resultan muy eficaces en el estudio de la gripe, ya que son sensibles a todas las cepas que infectan a los humanos.

Los resultados fueron muy buenos. A pesar de que, una vez vacunados, se les administró una dosis mortal del virus, el 100% de los ratones sobrevivieron. Muchos de ellos ni siquiera contrajeron la enfermedad. En el caso de los hurones, muchos de ellos enfermaron, pero lo hicieron más levemente que sin la vacuna.
Cabe destacar que eran animales que no habían estado nunca en contacto con el virus. Los humanos, salvo que sean bebés recién nacidos, sí que lo han hecho, por lo que habría una suma de inmunidades que sería necesario estudiar más adelante.
Aún queda mucho trabajo y no se puede asegurar que esta vacuna contra la gripe vaya a ser útil en personas. Pero, de momento, parece un buen hilo del que tirar en la búsqueda de una vacuna universal. Ahora que la gripe aviar está empezando a dar más problemas de lo habitual, es un buen momento para avanzar con estas investigaciones.
