En la actualidad, si viéramos el suelo oscurecerse por la inmensa sombra de algo que vuela sobre nuestras cabezas, jamás pensaríamos en algo vivo. Lo más probable sería que se tratara de un avión o, como mucho, cualquier otro vehículo volador.

Sin embargo, cuando ni los seres humanos ni nuestros ancestros más lejanos caminábamos todavía sobre la Tierra, era común ver en el cielo el dibujo enorme y majestuoso de los pterosaurios. Existían varias especies de estos dinosaurios voladores, unas más grandes que otras. Los de mayor tamaño se conocen a día de hoy como azdárquidos y, si bien se encontraban por todo el mundo, eran especialmente frecuentes en Sudamérica, África, Asia y Europa del Este. No obstante, también se conocen unos pocos en otras zonas del planeta, como Francia o América del Norte. Entre estos últimos destaca Quetzalcoatlus, un dinosaurio volador gigante, cuyos restos se han encontrado principalmente en las inmediaciones de la actual Texas. Eso ha llevado a considerar que en su día, hace entre 74 y 76 millones de años, era la criatura voladora más grande que surcaba los cielos en dicha zona. Sin embargo, un nuevo estudio ha mostrado que algunos de los que se consideraban huesos de este pterosaurio pertenecen en realidad a otra especie, a la que sus descubridores han bautizado como Cryodrakon boreas (dragón frío de los vientos del norte).

Los dos reyes del cielo

Los restos de este nuevo dinosaurio fueron hallados hace treinta años, en Alberta, Canadá. En un principio se pensó que se trataba de otro ejemplar de Quetzalcoatlus, por lo que los responsables del hallazgo no le dieron mayor importancia.

Sin embargo, ahora un nuevo equipo de científicos, procedente de la Universidad Queen Mary, de Londres, han comprobado que en realidad los fósiles poseen una serie de características únicas, que lo convierten en un una nueva especie.

Los primeros restos analizados parecían pertenecer a un animal que alcanzó los 5 metros de envergadura, por lo que sería mucho más pequeño que Quetzalcoatlus, que alcanzaba los 10’5 metros. Pero no era el único. Cerca de ellos se habían encontrado otros fósiles, pertenecientes a ejemplares posiblemente más maduros, con un cuello más grande y una envergadura de aproximadamente 10 metros. Por lo tanto, el tamaño coincidía con el del otro azdárquido, pero tanto el animal mayor como el más joven contaban con rasgos comunes, que los diferenciaban del resto. Concretamente, un cuello más robusto y un agujero extra en sus vértebras. Por lo demás, no diferían mucho de lo que ya se conocía: cabeza de gran tamaño, que conducía a un cuello similar al de una jirafa a través de un cuello especialmente largo, y, por supuesto, alas y patas fuertes y grandes. Todo esto lo convertía en un animal un poco más robusto que Quetzalcoatlus, cuya masa rondaba los 250 kilogramos.

En definitiva, este estudio, publicado en Journal of Vertebrate Paleontology , concluye que el reinado de los cielos norteamericanos no fue solo para Quetzalcoatlus, sino que lo hizo en compañía de, al menos una especie más. ¿Quién sabe cuántas más podrían no haberse hallado todavía?