Es fácil observar los efectos materiales de una guerra: familias diezmadas, edificaciones convertidas en ruinas, países desaparecidos, el sueño de prosperidad económica pulverizado, etc.

Los daños psicológicos son más difíciles de ubicar. Yacen en las profundidades más recónditas de la mente humana. Al igual que un tumor, si se les ignora van creciendo hasta que se vuelve imposible revertir los daños.

La enfermedad más común de la que padecen los veteranos de guerra es el trastorno de estrés post-traumático. Pesadillas, ansiedad devastadora, ataques de pánico, recuerdos vívidos del suceso que motivó la enfermedad, etc. Todos estos síntomas afectan a la gran mayoría de veteranos.

Por lo menos son considerados cool por el mundo entero.

Joseph Robertson formó parte de la infantería estadounidense durante la Batalla de las Ardenas. Una ofensiva brutal de parte del ejército alemán que se llevó a cabo en los tupidos bosques de Bélgica en pleno invierno. Los nazis buscaban desequilibrar el frente Oeste con un ataque masivo que rompiera las líneas británicas y estadounidenses, dejando a los aliados en una posición bastante problemática.

Fue una de las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial. Diecinueve mil estadounidenses perdieron la vida durante el combate. Alemania apostaba todo a la Batalla de las Ardenas, enviando sus últimas reservas con la esperanza de lograr una victoria abrumadora, lo que, por suerte, no ocurrió. Se podría decir que terminó en empate. La cuestión es que los aliados se lo podían permitir; en cambio para los alemanes fue un golpe letal que puso otro clavo en el ataúd del tercer Reich.

En el siguiente video, Robertson cuenta con detalle el evento que cambió su vida para siempre. Décadas después, no ha logrado sacarse de la cabeza al joven alemán que asesinó en pleno combate. Su relato nos recuerda que en las guerras no hay buenos ni malos, solo ganadores y perdedores. Nada de monstruos contra héroes, solo humanos contra humanos.

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