En la actualidad son varios los nombres que se unen a la lista de intrépidos que han cruzado el Atlántico, ya sea en balsas, a remo, ya sea en grupo o en solitario. Cada vez que se realiza esta proeza es sorprendente, aunque en esta ocasión hablaremos de un pionero en esta clase de retos. Quien, además, hacía estos viajes (porque hizo varios) con fines científicos: Santiago Genovés.

Durante su adolescencia, Santiago y su familia tuvieron que exiliarse en México al finalizar la Guerra Civil Española. Más tarde se graduó en antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia; realizó, además, un doctorado en antropología por la Universidad de Cambridge en Reino Unido.

Es considerado como uno de los antropólogos más destacados de su tiempo y un investigador social que llevó más allá de los límites sus experimentos. De hecho él fue su propio sujeto de estudio en sus proyectos más destacados: los famosos RA 1, RA 2 y Acali.

Acali, "la balsa del amor"

En 1973, desde el puerto de Las Palmas, España, una tripulación de once personas (incluido Santiago Genovés) se embarcaba en una balsa llamada "Acali" con la intensión de atravesar el Atlántico y aprovechar el trayecto para hacer una serie de experimentos y análisis sobre el comportamiento y relaciones humanas.

A decir verdad fueron los medios y no Genovés los que llamaron "la balsa del amor" a Acali, seguramente con la intención de vender la historia haciendo uso del morbo que provocaba que cinco hombres y seis mujeres se embarcaran por 100 días. Si bien los resultados fueron pobres en las cuestiones sexuales, Acali fue una experiencia fundamental para Genovés y un experimento social muy destacado.

Ahora sólo en Solo

Ruta de Acali

Santiago Genovés amaba el mar. En sus obras como investigador y en sus cuentos siempre afloraba el profundo amor que sentía por la vida en el mar y no perdía ocasión para expresar lo mucho que se podía aprender de y en él.

El 23 de abril de 1977 Santiago se encontraba de nueva cuenta en Canarias con la intención de atravesar el Atlántico, esta vez en solitario. De ahí se deriva el nombre de su balsa: "Solo". La proeza de Genovés está narrada en su libro, Solo: un hombre en el mar.

Este viaje por el Atlántico tuvo intenciones menos científicas y mucho más personales que ningún otro de los viajes de Santiago Genovés. No sólo porque viajó sin compañía, sino porque su testimonio se queda en el terreno de la experiencia, de la reflexión filosófica y personal sobre la vida, el amor, el sexo y otros profundos temas, dejando de lado el análisis científico o estadístico.

Eso sí, sus reflexiones son poderosas y cautivadoras. Nos habla de la soledad, un estado que parece extinto en estos tiempos de hiperconectividad (¿Qué opinaría Genovés del uso de las redes sociales?). Nos habla de cosas tan sencillas como el hambre, el agua, y también sobre la envidia, el egocentrismo, la vida en las ciudades y el desapego de la naturaleza que provoca la vida moderna. Lo anterior sin un ápice de lecciones morales o regaños, Santiago, ante todo era un científico y una persona muy sensible. El relato que hace sobre su impresionante viaje en solitario por el Atlántico se disfruta desde las primeras páginas.

Solo era una pequeña balsa para una sola persona con un fondo de transparente que le permitía a su tripulante admirar lo que le rodeaba. Tal como Genovés decía: "La balsa en el mar será una especie de pecera en la que yo soy el pez".

La travesía en Solo le tomó poco más de 90 días y durante este tiempo fue escribiendo los apuntes que conforman el libro, en donde abunda el tono de un diario o la bitácora de un ser sui géneris como fue Genovés.

Casi contra su voluntad, Santiago llegó al otro lado del Atlántico desde su punto de partida. Los medios y admiradores de todo el mundo querían saber qué siente y qué piensa un hombre sólo en el mar en una travesía como la que hizo. Su relato es entrañable y las reflexiones que nos deja como lectores son muchas.

Aunque Santiago Genovés no volvió a realizar otro viaje como los RA, Acali o Solo, dejó un gran legado a los investigadores y aventureros del mundo. Dejó, además, la constancia de que ese viaje (atravesar el Atlántico) no sólo es posible, sino que es quizá necesario para recordar lo más básico de la naturaleza humana y lo más importante en la vida misma. Por otro lado, ha servido como precedente para muchos otros intrépidos que se han lanzado al mar con otros equipos y otros objetivos personales.