Sin soberbia ni altanería: nunca hasta ahora había comprado lotería. Sólo me salpicaban los boletos familiares compartidos por solidaridad sanguínea, pero ni siquiera abonaba mi parte ni me acordaba de los números cuando se celebraba el sorteo. No sé nada de estadística como para argumentar con cifras mi decisión escudándome en probabilidades. No aludo al negocio que le supone al Estado mover los bombos cada 22 de diciembre. Y lamentablemente tampoco es porque "ya tengo dinero". No me siento mejor ni superior intelectualmente por ello, simplemente siempre pensé que a mí no me tocan esas cosas, y por lo tanto prefería quedarme con los veinte euros cada Navidad antes que, seguramente, perderlos. No había más.

Este diciembre, por primera vez a mis 26 años, he sucumbido a la presión colectiva. Tras tres felices Navidades fuera de la cola del paro y lejos de la universidad, en esta cuarta edición mis compañeros de oficina han llevado la presión psicológica hasta otro nivel, refugiándose principalmente en la envidia preventiva ("¡Imagina que nos toca a todos y a ti no!").

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La principal lección que he sacado, a tres días de que se celebre el sorteo: cuando compramos un boleto de lotería, no compramos tanto la posibilidad de que nos toque un premio, sino el tiempo que pasamos con la ilusión en la cabeza, los planes. Uno de los temas de conversación clásicos es qué haríamos si nos tocase la lotería. Durante unos días, pasa de ser una conversación a un chute de oxitocina constante en el cerebro: ya no es un hipotético, pasa a ser una posibilidad tan tangible como el boleto que tenemos en la mano.

Y compartimos ese sentimiento que toca hueso. Sacamos el tema con frecuencia, nos creamos croquis mentales con los destinos que daríamos a ese dinero. Estamos más generosos que de costumbre. Nos ilusionamos de forma legítima, ya no es una ilusión gratuita sino que sentimos que realmente puede ocurrir. Esa sensación, que en la inmensa mayoría de los casos se desvanece el 22 de diciembre a mediodía, es por la que pagamos. Cada año queremos tener el derecho a sentir por unos días que podemos ser ricos en breve, quitarnos de encima las deudas, dejar de vivir ahogados, dejar de empezar el fin de mes cada día 16, poder ser espléndidos con nuestros seres queridos y pagarnos los caprichos con los que el resto del año no podemos ni soñar.