La lente de la cámara se enfocó, mi dedo se puso a disparar. "Sonríe", grité. Y se transformó. Su rostro irradiaba calor, sus ojos brillaban con un humor que había omitido por completo. Hasta su postura se suavizó. Sabía entonces cuál sería mi próximo proyecto

Una mirada directa, negocio ajeno o simplemente la presencia del sujeto. Cada vez que un extraño se nos acerca ocurren dos señales de alarma: desconfianza y miedo o nerviosismo por una apariencia demasiado divina para ser mortal.

Claro que en mi contexto mucho podría ser considerado una excepción —vivo en "la ciudad más violenta del mundo" para variar— pero de igual forma, siempre tendremos miedo a lo que se nos hace ajeno.

Aunque ese rostro angelical nunca se nos hará ajeno

Mientras trataba de dormir en el tráfico, una camioneta de carga pasó de lado con ciertas pasajeras haciendo espacio en el fondo. Nada muy insólito, hasta que ambas me sonreían con cierta picardía para alejarse dedicándome un extraño símbolo de la paz con sus dedos. Sentí un tono tan familiar en esos pequeños segundos y comprendí aquello que nos conectaba con tanta inmediatez: no eran sus gestos progresistas sino aquella sonrisa, esas inolvidables sonrisas.

El fotógrafo Jay Weinstein comentó más arriba su descubrimiento de la fuerza demoledora de las sonrisas, y en un trabajo fotográfico correctamente titulado: "Entonces les pedí que sonrieran", sigue en un inspirador viaje a India las personalidades ocultas que sólo pueden revelar esas gloriosas contorsiones de la cara.

Quizás toda esa gente que nos cruzamos día a día es justo igual que nosotros. Gente confundida y vulnerable que comparte la totalidad de su vida en una simple y universal expresión facial.