Evoca tus primeras memorias sobre el fútbol. El televisor o el estadio, el período de prueba universal en el que cada niño juega con un balón para determinar sus habilidades, los gritos de los fanáticos, tus propios gritos, las lágrimas y todo el esplendor.

Lo ames o lo odies, lo necesites o no lo soportes, un deporte como ningún otro ha sido el protagonista en tantas historias pasionales que es difícil subestimarlo como la causa de todos tus males.

Para ser sincero, lo he odiado desde el primer momento en que lo vi. Solía seguir los pasos de mi hermano al imitar su afición por él, después terminaba burlándome con el insoportable argumento «Hombres grandes convirtiéndose en estrellas por tratar de meter un balón en un arco, hasta dónde ha llegado nuestra sociedad» y luego de discutirlo con un amigo, siempre recibía las mismas palabras: el fútbol se trata de la pasión.

Quizás todo siempre se debió a mi terrible habilidad y rencor en Fifa.

Sus méritos han brillado después de que, como todo acto de hipocresía, celebrara cada victoria o llorara cada derrota involucrándome de la mayor manera posible. Estoy seguro de que esas fotografías que me tienen vestido completamente de un color en alguna final, nunca se borrarán —sin importar cuanto trate—.

Entre tanto alboroto, el clamor de mi sangre latina y el eventual reencuentro con el deporte, apareció Didier Drogba.

El hombre al que básicamente odié por sacar a Barcelona de la Champions con la celebración más cool de todos los tiempos, y esa criatura despampanante con un talento considerable para meter pelotas en los arcos y mediar una guerra civil en su propio país.

Proveniente de Costa de Marfil, su presencia en el país es descrita en el Telegraph cuando se narra que "Casi cada esquina almacenaba un enorme cartel donde el goleador del Chealsea publicitaba desde barras de chocolate hasta teléfonos móviles". Y la ocasión que acompañaba al país africano dejaría una enorme impresión frente a Drogba, y probablemente todas esas publicidades de chocolate.

Aunque nadie nunca pudo alterar a este cacao.

El país atravesaba una situación sin precedentes, la primera vez que entraban en un Mundial, y algo que tenía que ver con la primera guerra civil en su historia que ya llevaba tres años y más de 4.000 muertos.

Por lo que los ciudadanos de la república africana decidieron bajar las armas para presenciar el evento más importante de los dos anteriores. En octubre de 2005, Costa de Marfil derrotaba a Sudán (3-1) clasificando directamente a su primera Copa del Mundo y con el bullicio de las calles la televisora nacional decidió transmitir las declaraciones del equipo vencedor.

Cuando el sur, dominado por el gobierno y el norte, dominado por las fuerzas rebeldes, decidieron prestar muchísima atención a las palabras del mítico capitán en el vestuario, se encontraron con otra escena sin precedentes.

Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, les pedimos de rodillas que se perdonen los unos a los otros. Perdonen. Perdonen. Perdonen. Un gran país como el nuestro no puede rendirse al caos. Dejen sus armas y organicen unas elecciones libres".

Una declaración con el suficiente poder emocional para darnos escalofríos, estamos viendo palabras históricas en todas las nuevas situaciones que experimentaba el país. Si el poder del fútbol puede unir a ciudadanos de todas partes ¿por qué el acto de un futbolista no podría hacer lo mismo?

Apenas una semana después de las declaraciones muchos de los fusiles se largaban y ambos bandos se empezaban a divertir, firmando un cese al fuego que daba inicio al fin de una sangrienta guerra civil.

Drogba se sintió tan comprometido a la causa pacifista que un año después, cuando el problema todavía no se había disipado del todo, decidió traer uno de sus últimos logros a la ciudad Bouaké, ocupada por fuerzas rebeldes opositoras.

—No sé si sea el trofeo o Drogba, pero toda esta situación me está poniendo cachondo hacia la paz en la nación.

Ganando el premio al Mejor Futbolista Africano del Año, reclamó por más paz en la controvertida ciudad. Para finalmente organizar un evento mucho más contundente el año siguiente, donde trataría de unir ambos bandos de una vez por todas organizando un partido de la selección en la misma ciudad.

Con el estadio a más no poder y los líderes de ambos bandos cubiertos de escoltas, el himno nacional se cantaba en conjunto para demostrar la unidad entre los dos. Y con la victoria de Costa de Marfil contra Madagascar 5-0, los diarios locales imprimirían la gran noticia «Cinco goles para borrar cinco años de guerra».

Mientras la ONU lo nombraba Embajador de Buena Voluntad y el Times lo incluía en su lista de las 100 personas más influyentes del mundo, nosotros sólo podemos recordar las míticas palabras de Didier Drogba "Perdonen. Perdonen. Perdonen".