La comida pasó de ser una necesidad a un inmenso placer —por lo menos en cualquier país que no sea tercermundista—, pasando de un cavernícola quemando una enorme pata de pollo, o lo que sea que hicieran, a graduados de Academia que dedican cálculos arquitectónicos a construcciones destinadas a unos cinco minutos de duración.

Para ser sincero, mi especialidad siempre fue la mantequilla de maní y jalea, pero al dejar de tener acceso a productos refinados por diferentes situaciones adversas, tuve que experimentar. Una montaña de utensilios sin lavar, mi manga llena de aceite y una tostadora que dejó de funcionar movieron mis primeras creaciones, inspirándome en ciertas películas para conseguir el resultado.

Nunca pasé de las dos rodajas de pan semi-tostadas con un huevo hervido —era demasiado inepto para saber que se hervían en agua y no aceite—, así que decidí acudir al mayor referente culinario que conozco: mi abuelo.

El arte, todo se trata de eso

Observando mis venas supe que esa sangre debió haber heredado aunque sea un mínimo de aquel talento que llegó a servirme exquisitos manjares, por lo que pregunté apresuradamente por teléfono alguna receta que hiciera explotar esos genes. Después de varios intentos finalmente atendió, respondiendo somnoliento una frase extraña sobre el arte para después colgar.

Quizás ese abuelo a quien desperté de su siesta estaba hablando de otra cosa, pero me inspiré y eventualmente concebí un plato más complejo: la famosa sopa instantánea condimentada con queso rallado. Comprendí que sin ese arte, la cualidad creativa de la cocina desaparece, y al parecer una persona se lo tomó literal.

Daniele Barresi es un italiano que a la edad de siete años decidió masacrar la comida más cercana para encontrar la belleza del acto. Ahora, casi veinte años después, es todo un maestro en lo que hace. A continuación mostramos el maravilloso resultado de esculpir intrincadas esculturas de comida.