el pacto david victori belén rueda
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Belén Rueda: “Me gusta que en el cine haya una explicación real a lo que parece extraordinario”

- Ago 20, 2018 - 16:59 (CET)

Ficha del entrevistado

David Victori

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Filmografía:
Reacción (2008), La culpa (2010), Zero (2015) y El pacto (2018).

Belén Rueda

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Filmografía selecta:
Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), No tengas miedo (Montxo Armendáriz, 2011), El cuerpo (Oriol Paulo, 2012), Perfectos desconocidos (Álex de la Iglesia, 2017).

Mireia Oriol

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Filmografía:
Lina (Nur Casadevall, 2016), Waste (Alejo Levis y Laura Sisteró, 2016), Amo (Álex Gardot, 2016), Sol creixent (Guillem Manzanares, 2017) y El pacto (David Victori, 2018).

Hemos entrevistado al director David Victori y a las actrices Belén Rueda y Mireia Oriol sobre su nueva película, el misterio sobrenatural de El pacto.

El realizador barcelonés David Victori ha estrenado su primer largometraje, un diabólico thriller sobrenatural con el título de El pacto, tras haber dirigido cortometrajes como La culpa, ganador del Your Film Festival que organizaba YouTube y Emirates con la Bienal de Venecia y Scott Free Productions, y varios episodios de la serie televisiva Pulsaciones (Emilio Aragón, Carmen Ortiz y Francisco Roncal, 2016-2017). Y ha contado con el protagonismo de la madrileña Belén Rueda (Mar adentro, El orfanato), el argentino Darío Grandinetti (Relatos salvajes) y la principiante catalana Mireia Oriol, un buen trío de intérpretes.

DAVID VICTORI

Has dirigido tres cortometrajes, episodios de una serie de televisión y, ahora, un largometraje. ¿Te sientes cómodo en los tres formatos o prefieres uno más que otro?

La verdad es que me he sentido muy cómodo en el largo y, a pesar de que la televisión es un formato que está cambiando mucho últimamente —en la forma de producción sobre todo y, como consecuencia, en el resultado final—, yo diría que, como soy un director de proceso lento y cierto tipo de televisión hace incompatible trabajar de esta manera, con un proceso de reflexión que a veces me falta. Pero sí que es verdad que hay otro tipo de televisión que se está empezando a hacer en el que los tiempos han cambiado y cuyo proceso de producción permite un proceso más largo de reflexión y, por lo tanto, podría encajar. Pero, a este nivel, poder hacer esta película con un desarrollo de bastante tiempo, lo he disfrutado mucho y me ha ayudado también a poder ir al detalle y cuidar cada uno de los elementos de la película.

Entonces, ¿te gustaría centrarte más en el largometraje hoy por hoy?

Hoy por hoy, sí, lo que pasa es que, al final, cada proyecto es único: yo no sé si mañana me puede salir un proyecto de televisión en el que, una que vez que te cuentan los planes, como cuánto tiempo tendrás para rodar cada capítulo o cuánto durará cada uno —en España, se están haciendo episodios muy largos para las series dramáticas, mucho más que en Estados Unidos, donde tienen más días para rodar menos tiempo—, me convenga. Entonces, creo que cada proyecto es diferente y será cuestión de ir eligiendo uno por uno. Lo que sé es que, como digo, a mí me gusta mucho cuidar el detalle y soy un tipo que trabaja más o menos lento, conque los proyectos tienen que encajar con eso, porque sé que, si me pongo en otra dinámica, es probable que no me sienta tan cómodo.

¿Es muy complicado conseguir una atmósfera cargada y tensa como la de El pacto?

Sí que es complicado. Creo que tienes que convertirte un poco en un neurótico porque, a cierto nivel, cuando haces un trabajo de atmósfera, todo cuenta, cada detalle cuenta, y todo viaja a un nivel inconsciente para el espectador. Entonces, el trabajo de dirección de arte, de luz y de cámara tenía que ser muy cuidado y, a veces, ese cuidado se puede convertir en una obsesión en cierto momento: tú sabes las cosas que no valen y, claro, si estás rodando en una localización real y, de pronto, ves que hay ciertas cosas que están cortando esa textura que estás tratando de conseguir, para el equipo puede parecer una locura pedir, por ejemplo, que te pinten una farola, o que te quiten una señal de tráfico o que te aparten cuatro coches que están aparcados porque son de colores que no están dentro de la paleta de la película. Sí es complejo porque tienes que ser estricto, así que nosotros, dentro de nuestras posibilidades, hemos tratado de ser muy fieles a la propuesta que hicimos con Patrick Salvador, el director de arte, y su equipo para la película.

BELÉN RUEDA

Cerca de la mitad de los largos que has rodado son thrillers de misterio, sobrenatural o no. ¿Tienes un interés especial por este tipo de proyectos o las razones para elegirlos son otras.

Son otras. A mí, cuando me llegan los guiones —y he de confesar que me lo leo todo, lo que hago al final y lo que no hago, todo lo que me llega; porque me gusta leerlo—, no me pone: “Género”, sólo pone el título: El orfanato [Juan Antonio Bayona, 2007], Los ojos de Julia [Guillem Morales, 2010], El cuarpo [Oriol Paulo, 2012]... Entonces, a mí me encanta esa primera lectura porque, tal como están descritos, son personas, no son personajes; y es una historia realista, con un componente extraordinario, lógicamente, porque es ficción y tiene que ser interesante. Lo que me atrapa cuando lo leo es la historia, y me gusta el género que tiene una explicación real por alguno de los personajes: el mío suele ser el que tiene sus fantasmas en la cabeza, pero siempre hay otro que es el que cuenta una realidad más terrenal. Me gusta que haya una explicación real a lo que parece extraordinario.

¿Cómo fue tu trabajo para construir un personaje como Mónica?

Mónica es una abogada de oficio y, desde el principio, cuando presentamos al personaje, se ve que le llegan casos que no elige ella sino que incluso en principio está moralmente en contra de lo que representa el cliente al que tiene que defender, pero es una gran profesional. Y estamos viendo que, alrededor de ella existe la idea de justicia y, sin embargo, el espectador está juzgando las decisiones que toma; y a mí me gusta mucho de esta película lo contundente que es el título: El pacto. “¿Y qué es lo que tengo que hacer para cumplir el pacto?”. Pero no hay ningún momento en que alguien se siente delante de ella y le diga: “Tienes que hacer esto”. Hay un gran recorrido hasta que debe cumplirlo, en el que ella está confusa porque no cree, porque es una mujer bastante terrenal.

Entonces, cuando estaba preparando el personaje de Mónica, vi que siempre tenía algo que esconder incluso a ella misma: “No puede ser verdad lo que ha pasado. Y, si ha pasado, ¿qué es lo que tengo que hacer?”. Y te das cuenta a lo largo de toda la historia de que casi todos los personajes tienen algo que esconder pero, al mismo tiempo, tienen una relación afectiva muy grande. Y, cuando preparas a un personaje, a veces es un poco complicado porque tus palabras están diciendo una cosa y tu mirada tiene que estar diciendo otra, y eso hemos podido hacerlo gracias a que hemos ensayado antes y ha habido una gran complicidad entre todos nosotros.

Aparte de eso, esa situación de pérdida... Hablas con gente que la ha sufrido, te informas acerca de la diabetes y cómo puede llegar hasta ese extremo... Y, bueno, la pérdida es algo que yo también he vivido en mis carnes [Su hija María falleció siendo un bebé de once meses], con lo cual es algo que le he prestado a mi personaje.

Hablemos del gran ausente: ¿qué tal fue trabajar con Darío Grandinetti?

Maravilloso. Y creo que Darío ha hecho un trabajo curioso en El pacto, porque no tiene nada de acento, y es muy difícil quitárselo o ponérselo. Por otra parte, creo que hacemos una pareja bastante compensada: yo soy puro nervio [Ríe] —subo, bajo, entro, salgo— y él es la calma, la pausa... Y también tenemos un par de secuencias en la película muy importantes porque la definen: una está al final, y la otra, en un momento muy delicado en el que mi personaje está escondiendo muchas cosas y el de Darío me está preguntando porque sabe que estoy escondiendo algo; y ambas han sido con él un paseo: sabes que lo importante está a veces más en cómo miras y en lo que no dices que en lo que sí verbalizas, y él resume al final lo que es la vida y me parece que lo hace maravillosamente bien. La vida y la muerte.

David Victori asegura que te involucras mucho en los proyectos que llevas a cabo, que estás pendiente de todo lo que sucede a tu alrededor... Y ha dejado caer que, con tu experiencia, quizá deberías dirigir una película algún día. ¿Te lo has planteado alguna vez?

Me gusta estar pendiente de todo porque hay formas y formas de no salirte del personaje y, aunque parezca que estar pendiente de todo sea salirte de él porque da la sensación de que no estás en lo que significa esa persona en la película, sí que lo estás cuando colaboras con el equipo en todos los sentidos. No soy de aislarme en el camerino cuando no estoy rodando, a no ser que tenga una secuencia un poco especial y, más que irme al camerino, necesito un lugar un poco aislado y de silencio para afrontar el dramatismo porque necesito conectar con determinada parte de mis emociones. Pero, si no, me gusta vivir lo que está ocurriendo en ese momento del rodaje, porque lo que sucede en plató forma parte también de la película y, de alguna manera, te mimetizas con ello.

Y es que me he vuelto muy mandona [Ríe], aunque me aguanto porque la película es de David. Pero sí que me permitía estar en determinados sitios u observar las decisiones que él tomaba sobre ciertas cosas. Dirigir tiene su aquél. A la dirección de actores sí que me lanzaría y me atrevería más, pero la parte técnica es bastante complicada y me quedaría mucho por aprender... No obstante, ¿por qué no?

Necesitamos más directoras en este país.

Eso es verdad.

MIREIA ORIOL

¿Cómo te preparaste el papel de Clara?

La verdad es que, cuando leí la parte de Clara en el guion, ya tuve una intuición muy fuerte de que estábamos conectadas en una cosa muy particular y contra la que yo siempre he luchado: la fragilidad. Es algo que siempre me han atribuido desde pequeña: “Es que es muy frágil, es muy delicada”, y lo odiaba. Y, de repente, cuando vi cómo era clara y leí sus líneas, me di cuenta de que podía utilizar esto como una fuerza de distancia, de magia casi. Y, aunque somos muy diferentes —yo me considero una persona muy vitalista y con mucha energía y creo que Clara precisamente vital no es mucho—, tuve que trabajar esa parte más sutil y más transparente; y David y yo trabajamos mucho llegar a conectar con esa esencia desde una calma máxima, dejando que las cosas fluyeran porque, simplemente, estaban pasando de forma natural.

Además, yo estaba viviendo en Londres, me estaba preparando el casting allí y lo estaba viviendo con mucha intensidad; y a mí me encanta currármelo mucho, y los personajes, cuanto más complicados y cuanto más pueda aprender de ellos, mejores son para mí. Y hablé con muchas asociaciones de diabéticos y, a través de la historia de estas personas, fui construyendo a Clara biográficamente. Y también me fui a un cementerio muchas veces cuando estaba en Londres en máxima tensión porque quería el papel, a ver cómo conseguía esa atmósfera precisa. Porque Clara es casi de filtro, y quería transmitir eso sin hacer casi nada, ya que es un personaje que no habla mucho, que guarda todo dentro de ella.

Además, en Londres hay cementerios con una atmósfera gótica maravillosa.

Sí, y siempre lloviendo en invierno. Era de terror [Ríe]. “Tráete la niebla de Londres para la película, por favor”, me decía luego David.