Wildwood: El bosque salvaje es un cuento de hadas brillante, conmovedor y con un guion lleno de sorpresas. Pero además, es una obra de arte artesanal, de paciencia y minucioso cuidado que deslumbra desde su primera escena. Heredera directa de Los mundos de Coraline, la obra más conocida del estudio Laika, la cinta la supera en ambición y profundidad. Pero también, al demostrar como ninguna otra cinta de la compañía la capacidad total y asombrosa del stop motion para ser arte cinematográfico. 

En especial, porque Wildwood: El bosque salvaje no es una película solo infantil o, al menos, por completo inocente. Esta vez, Laika se atreve no solo a lograr una combinación de capas siniestras de símbolos y de complejidad en la trama. También, convertir el elaboradísimo mundo visual de la película en un contexto que frecuentemente roza lo macabro. Por supuesto, ya lo había hecho en El alucinante mundo de Norman (2012) y en la magnífica Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016). Pero esta vez, la película no intenta ser complaciente o menos oscura. Por lo que gana en densidad, belleza y profundidad.

Más que cualquier otra obra de Laika, Wildwood: El bosque salvaje se esmera por ser una obra atemporal, atípica y no muy accesible. Y aunque pudiera parecer que eso subvierte la fórmula de la productora de películas para niños con un trasfondo adulto, en realidad lo enriquece. Mucho más porque, finalmente, el estudio da el salto a una obra madura, con tintes siniestros pero encantadora. También, con un trasfondo emotivo que hace que todo el cuidado contexto visual (que tardó un lustro en crearse) sea más significativo. Por lo que la cinta mezcla lo mejor del stop motion con una audaz propuesta de ser una premisa más densa de lo que podría suponerse. 

‘Wildwood: El bosque salvaje’, una historia sorprendente

Para eso, el director Travis Knight convierte el guion de Chris Butler (que adapta la novela de Colin Meloy) en una historia en dos universos. Por un lado, todo lo que acontece en la muy mundana Portland, Oregón. Ahí, el guion sigue a Prue McKeel (Peyton Elizabeth Lee), una chica llena de energía, y a su hermano pequeño Mac (Arthur Knight). 

La trama hace un magnífico trabajo en explorar en sus personajes como niños corrientes, avispados y entrañables. Por lo que, cuando una bandada de cuervos secuestre a Mac, la película avanza rápidamente a otra dimensión de su premisa. Pronto, Prue se embarca junto a su amigo Curtis (Jacob Tremblay) a perseguirlo o al menos intentar darles alcance. De modo que todos terminan en un misterioso bosque habitado por animales parlantes y bandidos perversos. Pero sobre todo, bajo la influencia de una reina maléfica, que no tiene el menor reparo en hacer el mal. 

Wildwood: El bosque salvaje tiene el enorme mérito de convertir esta premisa de apariencia tradicional de crecimiento y aventura en algo más. Lo que logra, al convertir al bosque en un reino de pesadilla que no necesita ser directamente macabro para ser efectivo. De hecho, todo el trabajo del argumento está en mostrar los diversos grados de oscuridad y terror que habitan en el lugar. Todo mientras Prue y Curtis intentan rescatar a Mac y sobrevivir a lo que sea que ocurre en el enigmático territorio. Por lo que la película pronto deja atrás los notorios guiños a Narnia e historias semejantes, para volverse violenta e incluso cruel. Toda una osadía que mezcla con una historia adulta, complicada y siempre en expansión. 

‘Wildwood: El bosque salvaje’, una pieza de arte por donde se le mire

Uno de los puntos más interesantes de Wildwood: El bosque salvaje es el que toma riesgos que otras producciones parecidas evitan. Y que de hecho Laika siempre evitó tomar. Pero esta vez, no solo sus personajes corren peligro, sino que además, hay la clara sensación de que todo lo que ocurre podría terminar mal. En especial, porque el guion no escatima en ser gráfica con las escenas más violentas y crueles con un impactante apartado visual. Tampoco, en explorar de manera muy elaborada a sus personajes, permitiéndoles crecer de maneras novedosas y muy poco frecuentes en proyectos de esta naturaleza. 

Por supuesto, lo más destacado en la cinta es su apartado artesanal. El stop motion siempre ha sido la especialidad de Laika y, en esta ocasión, hay un salto de calidad asombroso. En especial, porque el movimiento, colorido, edición, diseño de personajes, elaboración de paisajes y decoración sorprenden por su variedad. También, por su minucioso detalle. En algunas escenas, el virtuosismo de los artesanos es tan destacado que el resultado es indistinguible de una obra digital. Pero aun así, Wildwood: El bosque salvaje conserva todo el vigor de la técnica de origen. 

Además, el director logra integrar los elementos distintivos del stop motion a la forma en que los personajes interactúan con el mundo y entre sí. Porque los diminutos y casi imperceptibles cambios de escena en escena profundizan la idea de la magia y el tiempo en el bosque, centro de la acción. Más interesante todavía, la trama logra incorporar los pocos errores al sistema mágico del argumento, por lo que cuando ocurren, parecen una dimensión sobrenatural. 

Por lo que gradualmente Wildwood: El bosque salvaje se hace más denso y su atmósfera más peculiar. Los animales antropomórficos conviven con personajes vinculados a prácticas mágicas. Todo, en medio de comunidades de aspecto insólito y figuras cuya autoridad parece depender tanto del miedo como de sus propias ambiciones. Este conjunto de cosas permite que el escenario profundice en una sociedad completa, con tensiones internas y formas particulares de organizar el poder. 

‘Laika’ en su punto más alto

Y, como suele ocurrir en las obras de Laika, ese contexto no solo es una forma de embellecer la acción. En esta ocasión, también es la puerta abierta a un universo con docenas de dimensiones distintas interconectadas entre sí. El mundo adquiere consistencia gracias a lo que vemos. La apariencia de sus habitantes, sus espacios de reunión, los objetos que utilizan y las diferencias entre los grupos que comparten ese territorio. 

Wildwood: El bosque salvaje transmite la sensación de que existen historias anteriores y posteriores a la aventura de Prue. Una cualidad fundamental para cualquier universo fantástico que aspire a resultar convincente. Por lo que la cinta logra el exacto equilibrio entre un relato que es capaz de conmover hasta las lágrimas y hasta asustar, con la curiosidad. Eso, mientras muestra la capacidad del stop motion para sorprender, incluso en una época seducida por lo digital y la inteligencia artificial como la nuestra. El mejor logro de esta obra cumbre de Laika. 


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