Las fobias suelen ser un elemento habitual en el género de terror. It (Eso) de Andrés Muschietti tomó la coulrofobia de la novela original y la convirtió en un símbolo del mal. Pero mucho más, en una criatura tan desagradable y en ocasiones repulsivas, como para despertar horror en los que incluso no temían a los payasos. Lo que se convirtió en secreto del éxito de la cinta. Mucho más, lo que convirtió la revulsión por su figura central en algo más visceral e incluso, primitivo. Un fenómeno semejante ocurre con Vermin: La plaga, del debutante director francés Sébastien Vaniček.
La película construye un escenario creíble a través de un ataque de arañas venenosas. Pero en lugar de exagerar, hacerlas criaturas violentas o incluso humanizarlas, hace a los insectos en una fuerza de la naturaleza. El guion, que escribe el propio realizador junto con Florent Bernard, muestra a las oleadas de arácnidos que atacan una zona residencial, como una circunstancia violenta. En realidad, se trata del peor temor a ser herido o infectado, en la forma de miles de criaturas, de variados tamaños y todas peligrosas, que la cinta muestra con cuidado.

Vermin: La plaga
La película de Sébastien Vaniček utiliza el miedo a las arañas como telón de fondo de una película de body horror. Pero en lugar de limitarse a mostrar los ataques de los insectos, los convierte en una fuerza imparable de la naturaleza. La película conserva su ingenio para mostrar el ataque arácnido, hasta que intenta incluir un comentario social y cultural, que no termina por concluir. Su punto tedioso.
Mucho más, la fotografía de Alexandre Jamin, logra extrapolar la idea de la oscuridad y las sombras como espacios terroríficos, con la mera existencia de las arañas. En esta ocasión, los efectos digitales son mínimos y buena parte de lo que se ve en pantalla, son insectos de invernaderos en combinación con efectos prácticos. Lo que crea una atmósfera creíble que se hace cada vez más irrespirable. En particular, porque la amenaza de las criaturas — en todas las formas imaginables y también, las más exageradas — es creíble.
Miedo con ocho patas en pantalla grande

El largometraje ofrece, en los primeros minutos, toda la información necesaria para brindar contexto a su historia. A saber: que una especie de araña cuyo veneno es capaz de matar en minutos, viaja de un punto desértico a una tienda de mascotas francesas. Puede parecer un comienzo trillado, a no ser porque la premisa va de un escenario sangriento a otro. El director juega con el asco mediante escenas gráficas de decapitación y también, de extremo sufrimiento físico. Lo que permite a la película establecer su tono y su ritmo muy rápido.
Muy lejos de otros argumentos acerca de insectos peligrosos, Vermin: La plaga, se concentra en su capacidad visual y narrativa para causar repulsión, antes que sobresalto. Lo que le evita comparaciones con la inocente Aracnofobia de Frank Marshall (con la que podría comparársele), para acercarse a La nube de Just Philippot. En esta última, el horror de la voracidad natural de animales y otras criaturas, se traslada al escenario del terror como presencia invisible. Una especie de posesión que se sustenta en seres vivos.

En Vermin: La plaga, Vaniček logra que el asco y lo transforma en una forma de narrar que roza lo vomitivo. Esta es una trama que apela a las reacciones biológicas, por lo que hay muchos primeros planos de las arañas, trepando en cuerpos y rostros. Pero lo realmente interesante de la película, es como integra esa característica, a su guion tenso y que se vuelve intolerable por momentos. En especial, cuando Kaleb (Théo Christine), el joven ladrón que termina por perder el control del insecto que compra, comprende su error. Pronto, lo que comienza como un acto de buena voluntad — el personaje quiere tener un zoológico de animales curiosos — se transforma en un evento mayor. En específico, en una invasión que no tiene forma de ser calculada, detenida o evitada.
Repulsión para crear el miedo

La cinta tiene algunos comentarios sociales y políticos, en medio del ataque de las arañas. El director y guionista, logra que mientras los personajes que sobreviven a su ataque huyen, mostrar la decadencia del edificio en que viven. Incluso, relacionar la idea de la plaga entera, como una forma de descuido gubernamental. Pero la cinta falla en llevar adelante un argumento semejante. Para su segundo tramo, el interés es salvar la vida de las picaduras y el implacable veneno. Lo que hace que su parte más simbólica desaparezca en medio de gritos y muertes violentas.
Con grandes ideas que lleva a cabo en su mayoría, Vermir: La plaga, es una propuesta de terror interesante y bien desarrollada. No obstante, es más ambiciosa de lo que puede ofrecer, por lo que su tramo final, termina por ser una repetición de lo obvio. Hay que huir de las arañas, pero a la vez, comprender que su existencia (y reproducción violenta) es un error humano. Una moraleja mal lograda que es el punto más bajo de la película.

