Stranger Things se distinguió desde sus primeros capítulos por ser una serie enfocada en sus personajes. De hecho, los hermanos Duffer siempre han privilegiado a sus queridos protagonistas sobre la trama, algo que al final terminó por ser un peso en el ala para la producción. Mucho de eso es el problema esencial del último capítulo de la serie, que, a pesar de su carácter épico, pareció arrastrar —y agravar— todos los problemas de la cuarta y la quinta temporada.
En especial, en especial, porque el episodio, que comienza directamente después de los anteriores, no aporta gran cosa a la narración y a la atmósfera. De inmediato, el guion —escrito para la ocasión por los Duffer— sigue a los héroes de Hawkins cumpliendo exactamente el plan de Steve (John Keery). A saber: irrumpir en el Mundo del Revés y permitir que el plan de Vecna (Jamie Campbell Bower) se lleve a cabo y aguardar que El abismo esté lo más cerca posible de nuestro mundo. Una vez allí, Eleven (Millie Bobby Brown), Kali (Linnea Berthelsen), ayudadas por Max (Sadie Sink), se enfrentarían al villano para matarlo.
Un plan semejante tiene todas las posibilidades de fracaso y, en algunas ocasiones, la trama juega como puede con esa idea. No obstante, la historia jamás parece urgente o un riesgo real para sus protagonistas. Antes que eso, toda la persecución insinúa la idea de la muerte de algunos de los personajes, solo para de nuevo demostrar que es un truco tramposo de atención. Buena parte de los baches y errores del último capítulo de la serie tienen relación con la decisión consciente de la producción de mantener con vida a su grupo de queridos héroes. Lo que termina por jugar en contra y afectar el desarrollo de personajes, escenas y tramas.
Todo muy fácil, conveniente y rápido

Esa incapacidad de Stranger Things para realmente atreverse a correr el riesgo de alguna decisión drástica se pone en evidencia a medida que avanza el plan central. Los héroes atraviesan el campo minado del Mundo del Revés, sin otra oposición que los disparos de los convenientes militares, que les siguen sin un plan práctico. El argumento parece haber olvidado que antes planteó que toda la tétrica dimensión intermedia —que después descubrimos que es materia exótica— estaba poblada de monstruos. De hecho, a medida que la lucha se hace más encarnizada entre los héroes, Vecna y Eleven, esa carencia de dificultades se vuelve casi ridícula.
Tampoco, nunca está claro el plan de Max al recorrer la memoria de Henry/Vecna. O, cómo logra encontrar la fisura del recuerdo preciso que les permite finalmente un encuentro cara a cara con el maligno monstruo. En una de las decisiones más caóticas del argumento, la historia se toma el tiempo para ir y venir, en explicaciones y pistas falsas. Algo que termina no solo por ralentizar de manera lamentable buena parte del capítulo sino restarle suficiente impacto.
Un guion caótico y sin sentido para el final de una serie épica

Para su tramo intermedio, el último capítulo de Stranger Things avanza en tres escenarios. Eleven, Kali y Max, en una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo contra Vecna, mientras además, intentan salvar a los niños. Al otro lado, Mike (Finn Wolfhard), Dustin (Gaten Matarazzo), Steve, Jonathan (Charlie Heaton), Robin (Maya Hawke), Nancy (Natalia Dyer), Joyce (Winona Ryder) y Will (Noah Schnapp) logran acceder al Abismo, para enfrentar a Vecna en su versión física. Por último, Murray (Brett Gelman) y Hopper (David Harbour) batallan contra los militares en el Mundo del Revés.
Pero ninguna de esas situaciones tiene verdadera lógica dentro del contexto que la propia Stranger Things planteó. Por lo que el guion recurre una y otra vez a múltiples deus ex machina para lograr que el argumento avance. Balas que tardan minutos enteros en ser disparadas, explosiones que ocurren en el momento necesario, conversaciones de considerable interés en medio de ataques épicos. Buena parte del episodio naufraga por su incapacidad para mantener alguna coherencia y lógica.
El arco de redención del villano

Como no podía ser de otra forma, la serie también indaga en el peor secreto de Henry Creel y, finalmente, muestra lo narrado en la obra de teatro Stranger Things: The First Shadow. Todo, cuando Henry intenta vencer su temor y se revela que fue poseído por el Azotamente para convertirse en su instrumento. Con la que es quizás una de las mejores escenas del episodio, el argumento detalla todo lo ocurrido e intenta mostrar que al final, Henry era una víctima tanto como Will.
Pero el paralelismo acaba allí y rápidamente, Henry deja claro sin mayor explicación que nunca se resistió al poder maligno de la criatura. La trama intenta entonces solventar el problema básico de la contradicción entre obra y serie. Que no es otra que el grado de implicación real de Henry en la existencia misma del Azotamentes. Sin embargo, a pesar de ser uno de los grandes misterios de temporada, la información se muestra de manera superficial y sin mucha exploración real.
La gran épica en otra dimensión

Tal y como habían prometido, los Duffer llevan la serie a su momento más monumental y ambicioso. El riesgo vale la pena y el enfrentamiento final contra el mal definitivo —que engloba a Henry con el ya conocido Azotamentes— se narra como una gran batalla fantástica. Pero de nuevo, el hecho obvio de que el guion no sacrificará a ninguno de sus personajes hace que simplemente sea una sucesión de proezas heroicas. Que son satisfactorias hasta cierto punto, pero sin mayor lógica y mucho menos, sentido real.
Lo que sí queda claro, es que la serie mantuvo hasta sus minutos finales, la celebración de su mensaje central de amor, amistad y solidaridad. También, que intentó dar protagonista real a sus personajes más olvidados y menospreciados. Por lo que, para su momento estelar, es Joyce la que recibe el encargo de cerrar la historia con un gesto brutal, que une los hilos de sufrimiento de cada uno de los protagonistas. Pero la escena está planteada de manera tan torpe y poco sólida que todo es mucho más un cierre emotivo que uno coherente con el resto del relato.
Mucho peor, el punto más duro y trágico que muestra el argumento (una durísima muerte), que la serie resuelve en un intento de acto heroico predecible y mal armado. Todavía más grave, es el papel de los supuestos invencibles militares comandados por la doctora Kay (Linda Hamilton), que termina por ser observadores de palo en un evento que les supera. Al final, toda la trama y su supuesto peligro —la de una camarilla del poder gubernamental capaz de arrasar todo a su paso— parece desperdiciada y deficiente.
Una muerte, un epílogo largo y un final decepcionante

La serie cierra con otro salto temporal que, además, alarga de manera innecesaria y casi tediosa el capítulo final. Stranger Things dedica casi cuarenta y cinco minutos a despedir a todos sus personajes, mostrándolos después de los eventos uno a uno. Pero de nuevo, los Duffer son tan descuidados y poco pulcros con los propios hilos de su historia, que nada parece orgánico o natural.
Finalmente, los últimos minutos guardan una última revelación sin mayor pie, más allá que dar un paso atrás con el único riesgo que corrió en toda la temporada. Por lo que la supuesta emotividad de la despedida parece suspendida en un intento de dar un final feliz casi inevitable a cada protagonista, no importa su contexto o heridas del pasado.
La serie culmina con una escena que deja claro hacia dónde se dirige el futuro spin-off, pero no resulta tan emocionante como parece. Al contrario, la escritura rudimentaria intenta explorar en el tema más por un trámite que cumplir que por algo realmente de interés. Por lo que, para sus últimos minutos, Stranger Things se dedica a mostrar —y casi de manera literal— que una puerta que se cierra, abre otra. Y en el peor de los sentidos posibles. Una conclusión irregular y sin mayor profundidad, que culmina una temporada de cierre sin mucho que ofrecer a sus devotos fanáticos.

