Desde que Georges Méliès filmó la primera película del cine, el séptimo arte se enfrenta a un dilema. Ser original. O al menos, tener la capacidad de contar historias que, sin ser del todo desconocidas o sorprendentes, sean capaces de cautivar. Lo que a lo largo de un siglo de existencia o más, se ha hecho cada vez más complicado, cuando no, directamente imposible. La razón es bastante obvia: con el correr del tiempo, parece que todos los grandes relatos se han contado y más de una vez.
Por lo que el mundo cinematográfico optó por una idea curiosa: revientar sus argumentos más populares. O lo que es lo mismo: segundas partes para explorar, continuar o simplemente mostrar nuevas dimensiones de un mismo relato. Una decisión que no esperó demasiado para tomar. Se considera que la primera secuela de un largometraje en la historia del cine fue The Fall of a Nation, estrenada en 1916 como continuación de El nacimiento de una nación (1915). Dirigida por Thomas Dixon Jr., narra una invasión ficticia a Norteamérica por parte del Ejército Confederado Europeo, encabezado por Alemania y que triunfa tras la falta de preparación militar del país.
Para sorpresa de nadie, semejante argumento no gustó al público y, de hecho, la película se considera uno de los grandes fracasos financieros y comerciales de la naciente industria. Tanto, que en la actualidad, se considera una película perdida. Pero además de la sorpresa que causó, dejó a su paso una lección: una secuela es un riesgo del que pocas veces se sale airoso. Para explorar en ese punto, te dejamos siete de las peores secuelas del cine contemporáneo. De la continuación de un éxito convertido en ícono de la cultura pop a la siguiente película de una saga de culto de terror que provocó bostezos. Todo para los amantes del cine y de las rarezas del mundo del espectáculo.
La máscara 2 (El hijo de la máscara)

En 1994, Chuck Russell dirigió La máscara y convirtió a la película en una de las más populares del cine. Con el entonces desconocido Jim Carrey mostrando toda su capacidad para hacer reír y con Cameron Diaz deslumbrando al mundo entero, la cinta obsesionó al público. No solo por su tono absurdo, humorístico y exagerado, sino por ser una interesante combinación entre surrealismo y sátira.
Once años después, Lawrence Guterman intentó tomar el testigo en la secuela tardía La máscara 2 (El hijo de la máscara) y fracasó. Sin Jim Carrey, Cameron Diaz o cualquiera de los elementos que hicieron triunfar a la original, la película se conformó con ser divertida. O lo intentó, sin lograrlo en ningún punto. Con efectos especiales de tercera, un guion pésimo, absurdo y soporífero, es universalmente considerada una de las peores secuelas de la historia.
Los inmortales II: El desafío

En 1986, Russell Mulcahy dirigió un clásico de culto que conmovió por su rarísima combinación de fantasía, aventura y épica. Por supuesto, la historia de Connor MacLeod (Christopher Lambert), un hombre inmortal que recorre el mundo en solitario, asombró. Pero además, la cinta combina esa premisa con una exploración sincera sobre el paso del tiempo y la identidad. Todo con una banda sonora de escándalo, a cargo de Queen y con Sean Connery como coprotagonista.
Siete años después, el realizador Russell Mulcahy intentó revivir la fórmula, pero ahora agregó un giro distópico que no convenció a nadie. El ahora anciano Connor debe salvar al mundo sin capa de ozono, a través de un escudo protector que evitará que el sol achicharre la superficie del planeta.
Y si todo eso te parece disparatado, se pone peor. El guion a cargo de Peter Bellwood revela el asombroso dato de que los inmortales son exiliados alienígenas del planeta Zeist. Por lo que MacLeod debe enfrentar a muerte al cruel dictador del planeta, en busca de los subversivos. No hace falta decir que la película fue unánimemente odiada por fanáticos y público generalista.
Terminator 3: La rebelión de las máquinas

Segundas partes casi nunca son buenas, ¿y qué tal las terceras? La irregular y cada vez más extraña saga de Terminator parece crear sus propias reglas al respecto. Porque mientras la original de 1984 fue un éxito, Terminator 2: el juicio final de 1991 fue aún mejor y marcó un hito en el mundo del cine. Todo, gracias a su brillante combinación entre distopía, tecnología y grandes actuaciones.
Pero la franquicia, que no deja de sorprender (y a veces para mal), demostró que hay secuelas que, simplemente, no deberían filmarse. Como es el caso de Terminator 3: La rebelión de las máquinas de 2003. Esta vez de Jonathan Mostow, la cinta retoma una idea descartada de James Cameron de un androide mujer. Pero en lugar de una presencia potente como la Sarah Connor de Linda Hamilton, se decanta por T-X (Kristanna Loken), con más aspecto de supermodelo que de heroína futurista.
Para colmo de males, la cinta toma todo lo que había hecho espléndida a la película anterior y lo retuerce. Por lo que, otra vez, T-800 (Arnold Schwarzenegger) regresa, pero hace el ridículo en varias escenas que intentan ser humorísticas y solo provocan vergüenza ajena. Para el olimpo de las muy malas terceras partes.
El mundo perdido: Jurassic Park

En 1993, Steven Spielberg cambió la historia del cine al combinar en el mismo escenario ciencia ficción de alta factura, bioética y los mejores efectos especiales hasta la fecha. El resultado es una brillante travesía a través del escenario improbable de un parque de diversiones de contacto con dinosaurios. Una premisa que en manos menos hábiles que las del Spielberg habría resultado ridícula, pero que el director convierte en un trayecto emocionante y hasta macabro.
Convertida en éxito taquillero, a nadie le quedó duda de que habría secuela. Y llegó en 1997 con El mundo perdido: Jurassic Park. De nuevo dirigida por Steven Spielberg y con Jeff Goldblum de regreso, parecía que sería un capítulo digno de su exitosa primera parte. Solo que no lo fue: larga, tediosa, por momentos absurda y sin el menor sentido de la épica de su predecesora, decepcionó a la crítica, aunque no en taquilla. Algo que daría paso a una franquicia que en la actualidad sigue regresando periódicamente a la isla para… hacer cosas muy similares a las de la primera película.
Zoolander 2

En 2001, Ben Stiller llevó al cine la Blue Steel y el mundo del cine cambió para siempre. La historia del torpe, bien intencionado y estúpido supermodelo convertido en asesino (también interpretado por Stiller), sorprendió y cautivó. Eso, porque logró ser tanto metarreferencial como una lección de humor disparatado que se burló de todos. Todo con un desfile de estrellas y hasta un memorable cameo de David Bowie para la historia.
No obstante, su secuela de 2016 no llegó ni a lo mínimo de esa premisa. Eso, a pesar de que Ben Stiller repitió en la dirección y logró que Will Ferrell volviera para encarar al icónico Mugatu. Además, claro, de volver a rodearse de estrellas y burlarse de todos. Pero la fórmula resultó gastada, ridícula y ofensiva. Una combinación que la transformó en un fracaso total.
El libro de las sombras: Blair Witch 2

En 1999, El proyecto de la bruja de Blair se estrenó en Sundance y envió a multitudes al invierno de Utah aterrorizados por el efecto inmersivo y realista de la película. En adelante, todo se convirtió en un fenómeno: la película creó el género del found footage, abrió la puerta a un nuevo tipo de terror experimental y recaudó 1000 veces su costo.
Lo que aseguró, por supuesto, una secuela, a mayor gloria de semejante revolución terrorífica. Solo que la continuación de la historia no solo no resultó interesante, sino que destrozó en seco todo lo que había hecho asombrosa la película original. Dejando a un lado el formato de found footage, el director Joe Berlinger se decantó por una película de terror convencional sin chiste, gracia o interés. Algo que terminó por sepultar la naciente saga por unas décadas.
Independence Day: Contraataque

En 1996, Roland Emmerich llevó su estilo de cine de desastres al siguiente nivel con Independence Day, una patriótica, edulcorada y entretenidísima visión de una invasión extraterrestre. A pesar de sus excesos, a la película no le faltó un solo detalle para ser un espectáculo. De efectos especiales que hicieron historia, Will Smith como un esforzado y heroico piloto, Bill Pullman como presidente, hasta teorías conspirativas. La cinta se transformó en una síntesis de la acción palomitera.
Por lo que se lamenta que su secuela, estrenada en 2016, sea tan ridícula, sin sentido, caótica y, lo peor, sin el sentido del entretenimiento que volvió icónica a la original. Tomándose demasiado en serio, el guion cuenta una segunda invasión, solo para repetir la trama de la primera sin sus estrellas, encanto y desparpajo. Una pieza menor en el cine de ciencia ficción que los fanáticos de la primera parte prefieren olvidar se rodó alguna vez.

