La Virgen de la Tosquera no es una película de terror convencional. Al menos, no una que cumpla la fórmula habitual de Hollywood de un único villano al acecho o un evento sobrenatural que defina la premisa. Antes que eso, la directora Laura Casabé construye una atmósfera inquietante basándose en una premisa sencilla. La temperatura de un verano interminable que se vuelve enloquecedora. Puede parecer sencillo —y ese es el gran truco de la película— hasta que la trama lo convierte en un escenario de pequeños horrores.
De hecho, en una decisión brillante, el guion de Benjamín Naishtat (que adapta un cuento de la escritora Mariana Enríquez) convierte la incomodidad en una condición psicológica. Todo parece ralentizado, pegajoso, torpe. Y, por supuesto, con cierta dimensión tenebrosa que no tarda en mostrarse. Para eso, la premisa se enfoca en un aparente dilema juvenil. En los suburbios polvorientos de Buenos Aires vive Natalia (Dolores Olivero), una adolescente que convive con su abuela Rita (Luisa Merelas) tras la ausencia prolongada de su madre. Está enamorada de Diego (Agustín Sosa), un chico mayor, atractivo y misterioso que se convierte en su obsesión.
Pero no es la única que se siente atraída por Diego. También lo están Josefina (Isabel Bracamonte) y Mariela (Candela Flores), amigas y rivales simultáneas. El argumento utiliza el clima caldeado —en lo político y climático— del país para indagar sobre la oscuridad interior de sus jovencísimas protagonistas.
Mucho más, en hasta dónde puede llegar cualquiera de ellas para satisfacer el deseo y el amor no correspondido. Mientras el país se aproxima al colapso, estos personajes ensayan sus propias formas de dominación y resistencia. Pero cuando llega una nueva amenaza, una de ellas rompe el delicado equilibrio y da un paso hacia un terreno tenebroso: usar la brujería para enfrentar la rivalidad. Algo que, por supuesto, los llevará a todos a un terreno siniestro y corrompido.
Brujas, miedo y terror a principios de siglo

La historia da un giro definitivamente siniestro cuando Silvia (Fernanda Echeverría) entra en escena. Mayor, relajada, con historias de viajes y vínculos con la escena musical, Silvia encarna una amenaza involuntaria. Pero todo se vuelve retorcido cuando el inalcanzable Diego reacciona de inmediato y termina por enamorarse de la chica. Pronto, la cinta avanza hacia la idea de que el rencor y la envidia, son en sí mismos, una forma de poder. En particular cuando Natalia, con ayuda de su abuela Rita, transforma el despecho y el dolor en algo más elaborado, temible y violento.
Resistiendo la tentación de ser excesivamente explícita o en cualquier caso evidente, La Virgen de la Tosquera basa su efectividad en analizar la naturaleza de la magia y la brujería con sutileza. De la misma manera que los cuentos de Mariana Enríquez en que se basa, mucho del impacto de la película está en su capacidad de mezclar lo cotidiano con lo sobrenatural. Mucho más, de convertir un juvenil deseo de venganza en la puerta hacia algo más tenebroso.
Un punto de vista poco convencional del terror

Especialmente, al indagar en ese aspecto macabro desde un retrato de un mundo más sencillo y social que el actual. Uno de los puntos más interesantes de La Virgen de la Tosquera, es la forma en que el argumento reconstruye los códigos sociales de principios de siglo. No hay teléfonos inteligentes ni redes omnipresentes. El coqueteo sucede en cibercafés mal iluminados, frente a pantallas compartidas, en salas de chat en las que, por supuesto, no hay privacidad. Escuchar música implica intercambiar CDs. La directora evita el guiño nostálgico fácil y se concentra en la lógica interna de esos rituales.
Todos, convertidos en un escenario cada vez más complicado de todos los intentos de Natalia por complacer su vanidad herida. Parte del éxito de la premisa de La Virgen de la Tosquera está en mezclar la furia juvenil con lo que parece el lado más salvaje de la naturaleza humana. Por lo que, cuando la magia llega —y se convierte en arma—, la idea no parece del todo artificial o un truco de argumento. En conjunto, la película es una reflexión en clave siniestra y abrumadora acerca de hasta dónde puede llegar el impulso del deseo más retorcido.
Terror vanguardista para los amantes del género

La dirección de Laura Casabé articula dos procesos simultáneos: el tránsito a la adultez y la descomposición del entorno social. Ambos avanzan al mismo ritmo y convierten a La Virgen de la Tosquera en una reflexión de ambas cosas a la vez. Las humillaciones sentimentales, los cambios hormonales y la obsesión amorosa se exploran con sensibilidad, evitando el sentimentalismo. Al mismo tiempo, el mundo adulto aparece ausente o desbordado. Por lo que la cinta avanza hacia terrenos cada vez más siniestros, sin perder el aire casual y casi espontáneo que parece derrumbarse a medida que ocurren situaciones inexplicables.
Aunque se la clasifique como cine de terror, La Virgen de la Tosquera desafía fórmulas específicas. De modo que no hay sobresaltos gratuitos ni clímax estridentes. El miedo surge como un escenario en que lo sobrenatural y lo cotidiano coexisten en una mezcla afanosa. Por lo que exige paciencia y atención. A cambio, demuestra que el nuevo cine de terror latinoamericano, tiene mucho de experimental y también, de ser una forma de explorar las pulsiones del continente. Algo que La Virgen de la Tosquera demuestra con habilidad y buen gusto.

