La constelación del perro es una distopía (y una especialmente deprimente), pero podría solo ser un western. Eso, gracias a que buena parte de sus escenas transcurre entre paisajes interminables y una notoria sensación de desolación. Todo, mientras sus personajes intentan sobrevivir como pueden a una tragedia apocalíptica que ocurre fuera de cámara y que arrasó con el mundo por completo. Pero al contrario de la novela homónima de Peter Heller de 2012 en que se basa, el guion de Mark L. Smith no logra encontrar un punto de equilibrio entre sus temas. De modo que la primera hora de la película va de describir el mundo en que viven sus personajes a la nada absoluta. 

De hecho, la constelación del perro carece de verdadero vigor o, en cualquier caso, de una premisa que pueda sostener la escala de su apartado visual. El director Ridley Scott se esfuerza por mostrar este mundo devastado a través de una serie de instantáneas de considerable belleza. Por lo que la película pierde tiempo e interés en dejar claras tres cosas básicas. En primer lugar, que la epidemia de gripe que arrasó con casi toda la población en 2035 convirtió al mundo en un jardín desolado en decadencia. 

Lo siguiente, que los sobrevivientes a la catástrofe están tan aislados como para vivir recluidos en un aislamiento perpetuo. Que es precisamente lo que le ocurre a Hig (Jacob Elordi) y Bangley (Josh Brolin), compañeros improbables en medio de la devastación. Tanto el uno como el otro no son los típicos héroes de las historias de supervivencia, impulsados por un instinto común de mantenerse con vida. Antes que eso, hay una contemplativa, insípida y la mayoría deslucida asociación entre ambos, que deja claro que solo intentan que nada empeore a su alrededor. El guion es tan inepto que la mayoría del tiempo parece que ambos están vivos por casualidad. Por lo que los esfuerzos de Hig por mantenerlos con provisiones, y lo que parece su determinación por evitar solo fallecer por accidente, no tienen mucho sentido.

Una película contemplativa sin mucho que aportar al género

La constelación del perro basa buena parte de su premisa en la sensación de que, después del apocalipsis, los que aún viven no saben qué hacer con un milagro improbable. Por lo que las escenas de paisajes destruidos, ciudades bombardeadas y la vista de pájaro de Hig mientras vuela en su Cessna en busca de alimentos, saben a poco. Eso a pesar de los esfuerzos del guion por humanizar al personaje con su perro Jasper o sus duras visitas a Denver. La cinta se hunde progresivamente en largos y raros silencios, que afectan el tono y el ritmo de la historia. En particular, porque pocas veces toda esa perspectiva sobre el vacío de un mundo en escombros produce más aburrimiento que tristeza. Mucho peor, la mayoría de las escenas no tienen otro objetivo que subrayar algo obvio: el mundo como los personajes lo conocían dejó de existir. 

Por lo que Hig y Bangley persisten en seguir en lo que sea que quedó después. Así que la primera hora de La constelación del perro depende del carisma de ambos actores. O al menos, la química que comparten. Pero esa conexión también es tan desigual como para que las escenas entre ambos sean incapaces de mostrar los matices de una situación insostenible. Gradualmente, la trama se esfuerza por mostrar que Hig necesita alicientes para seguir y que Bangley es más o menos un lastre que llevar a cuestas.

Poco que ver en una película lenta y aburrida

Pero incluso esa complejidad sabe a poco y se diluye en la sensación monumental que enlaza con algo más raro, retorcido y que nunca termina de mostrarse del todo. En especial, cuando la película logra un buen golpe de efecto al mostrar desde el aire cómo es ese mundo sobreviviente, que quedó atrás. La forma en que las cenizas de la humanidad parecen un recuerdo nostálgico.

No obstante, el argumento pasea por toda esa idea de manera tan superficial, para que resulte trivial. Mucho peor, los personajes apenas parecen peones que van de un lado a otro para narrar una historia que no termina de mostrarse del todo. ¿Se trata de una rivalidad entre dos hombres exhaustos de mantener su vida a salvo a pesar de todo? ¿La búsqueda de la libertad o la redención? Nada está muy claro, mientras los protagonistas solo parecen estar cansados, fastidiados y hastiados. 

‘La constelación del perro’, una película que no sabe a dónde va

Jacob Elordi utiliza su encanto melancólico para sostener un personaje mal escrito sin profundidad. Simplemente es un hombre en perenne duelo (o eso parecen sugerir los flashbacks de una esposa muerta) que cumple una monótona rutina. Por el otro lado, Josh Brolin aporta mucha de la vitalidad de la película y los mejores momentos de La constelación del perro ocurren cuando los intérpretes son el centro de la acción. Pero en realidad, tanto guion como Ridley Scott solo desean narrar la sutileza de un mundo devastado y destruido. Hablar sobre cómo esas grandes épicas valerosas de hombres sosteniendo un mundo destruido no tiene nada que ver con la realidad de sobrevivir al horror. 

Nada mejora cuando la cinta finalmente tiene su primer gran giro de interés. Hig estrella su Cessna y termina en una granja, también con dos sobrevivientes que enfrentan el tedio existencial y la monotonía del día después a duras penas. El ranchero Jack (Guy Pearce) y su hija Cima (Margaret Qualley) no tienen nada que ofrecer al extraño visitante. Eso, más allá de lo que se supone, es una especie de anuncio de un romance sin mayor sustancia y tan accidental como todo lo demás. Lo que demuestra que el mayor problema de la cinta es su monotonía, lentitud y su aire melodramático casi ridículo sin conclusión. 

Y al final, un giro sin sentido

Lo más raro de La constelación del perro ocurre en su tercer tramo, cuando la película da un volantazo de tono y hasta forma de narrar su historia hacia lo exagerado. Pero la decisión de argumento no lleva a nada, en especial, porque llega muy tarde para sostener toda la premisa. Por lo que tiene más de ruptura exagerada con lo que la cinta había propuesto hasta entonces, que de cierre sorpresivo. 

La película falla no solo en unir ese fragmento inesperado con su tono de western crepuscular. En particular, porque añade humor y violencia, sin que quede claro el motivo. Y mucho menos cuando, hacia el final, Scott parece dirigir una película por completo distinta a la que mostró durante el resto del metraje. Para su final, La constelación del perro parece una colección de episodios mal armados y peor estructurados. Un puñado de escenas en las que la vida no parece valer lo suficiente para defenderla ni tampoco la posibilidad de morir es tan atractiva. Lo que hace a la cinta una especie de mezcla ridícula y por momentos soporífera de una historia artificial de vaqueros en un futuro supuestamente aterrador. Lo peor de la cinta. 


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