Studio Ghibli se ha convertido en uno de los estudios más destacados e importantes del cine animado. Algo que, además, hace de varias de sus películas clásicos generacionales. Es el caso de La princesa Mononoke (1997), dirigida por Hayao Miyazaki. Sin duda, una de las grandes obras maestras de la animación mundial, que este año alcanza 29 años de su llegada al cine. Además, que puedes disfrutar a la distancia de un clic en el catálogo de Netflix. Un regalo para fanáticos de la casa productora y también para los amantes de las buenas historias.
La cinta, que todavía resulta relevante a pesar de las casi tres décadas de su estreno, rompe con los esquemas tradicionales de las historias infantiles. Ambientada en un Japón medieval fantástico durante el período Muromachi, la trama sigue al joven príncipe Ashitaka. Está en medio de una situación complicada, al verse obligado a abandonar su hogar tras ser maldito por un dios jabalí corrompido por el odio. En su viaje para encontrar una cura, Ashitaka se topa con un conflicto brutal y sangriento entre los humanos de la Ciudad del Hierro. Estos, liderados por la implacable pero caritativa Lady Eboshi. Una líder nata que, junto a los dioses antiguos del bosque, lucha desesperadamente por proteger su territorio de la destrucción industrial de la humanidad.
Es en este escenario hostil donde conoce a San, una joven humana criada por la diosa loba Moro. Una figura misteriosa conocida por los hombres como la princesa Mononoke (la princesa de los espíritus vengativos). Por lo que el conflicto en tierra devastada, se hace más complicado y duro. Eso gracias a que, a diferencia de las narrativas occidentales clásicas, Miyazaki evita clasificar a sus personajes en héroes perfectos o villanos absolutos. En su lugar, presenta una compleja red de motivaciones donde cada bando defiende de manera legítima su derecho a la supervivencia en un mundo cambiante.
El dolor, la naturaleza y el poder en ‘La princesa Mononoke’. Puro Ghibli

Gracias a todo lo anterior, La princesa Mononoke narra la relación conflictiva y destructiva entre el progreso industrial humano y la preservación de la naturaleza salvaje de la mano de la estética Ghibli. Lady Eboshi no busca el mal por el mal. Por el contrario, su comportamiento representa el desarrollo tecnológico y la justicia social. Eso, al dar empleo, refugio y dignidad a las personas marginadas de la sociedad de la época, como leprosos y mujeres explotadas. Sin embargo, su visión de progreso depende por completo de la explotación indiscriminada de los recursos naturales y la tala de árboles del bosque sagrado. Por lo que desata la ira de las deidades animales de la naturaleza.
Los dioses del bosque, liderados por el Espíritu de la Noche (el Dios Ciervo), ven su entorno marchitarse ante las armas de fuego humanas. De modo que reaccionan con una furia destructiva impulsada por el rencor. Miyazaki utiliza este enfrentamiento masivo para demostrar que el avance tecnológico desmedido a menudo exige un costo ético y ambiental devastador. Algo que empuja a la naturaleza a rebelarse violentamente contra quienes rompen el equilibrio biológico que sostiene la vida en la Tierra.
Uno de los puntos más interesantes de esta película Ghibli es la forma como profundiza en sus personajes. En especial en San, la princesa Mononoke, encarnación de la furia de la naturaleza y el profundo rechazo hacia la humanidad destructora. Habiendo sido abandonada por sus padres biológicos en el bosque, San fue adoptada por el clan de los lobos gigantes. Así que se identifica plenamente como un animal, compartiendo el odio visceral de su familia adoptiva hacia la civilización de los hombres. Su vestimenta rústica, su máscara ceremonial de arcilla y sus marcas faciales rojas refuerzan su naturaleza salvaje, guerrera y feral. Algo que la aleja por completo del arquetipo pasivo o estilizado de la princesa tradicional de los cuentos de hadas.
Una guerrera para el recuerdo en un clásico animado

Pero además de sus virtudes como fábula ambientalista, La princesa Mononoke triunfa al tener por centro de su trama un poderoso personaje femenino. San lucha en la primera línea de batalla con una ferocidad implacable, dispuesta a sacrificar su propia vida para matar a Lady Eboshi. A la vez, intentar detener la expansión de la Ciudad del Hierro. Su conflicto interno se agrava cuando conoce a Ashitaka. Todo debido a que la compasión y el respeto que el joven muestra hacia el bosque la obligan a confrontar su propia naturaleza humana. Este, un lado de sí misma que ella desprecia activamente pero que no puede negar.
De hecho, el príncipe Ashitaka es el eje moral de toda la historia y el puente necesario entre los dos mundos en conflicto. Por lo que se vuelve un mediador neutral impulsado por la filosofía de ver con claridad y sin odio. Una postura sumamente difícil de mantener en medio de una guerra abierta donde el odio engendra monstruos reales y maldiciones físicas. Todo, mientras la maldición que infecta su brazo le otorga una fuerza física sobrehumana a cambio de consumir su fuerza vital. Una metáfora visual directa del impacto corrosivo que tiene la violencia en el alma humana y con la mano del Studio Ghibli solo mejora.
Visualmente y a pesar de las casi tres décadas transcurridas desde su producción, La princesa Mononoke asombra por su animación hecha a mano. También, por la riqueza del diseño de sus criaturas místicas y una profunda mitología sintoísta que impregna cada escena. Elementos memorables como los Kodamas, pequeños y misteriosos espíritus arbóreos que tintinean para denotar la salud del bosque, brindan una atmósfera mágica e inquietante. Toda una combinación estética que ayudó a consolidar a la producción como un hito del cine de animación. Y que, con casi 30 años de existencia, demuestra el valor de un tipo de cine cada vez más valioso y excepcional.

