Sandokan, es, y por partida doble, una apuesta arriesgada de Netflix. Por un lado, la serie se estrena en una época especialmente prolífica para el drama histórico de calidad. Por lo que tendrá que medirse con la vara de Shogun y también la violenta El último samurái en pie, ambas producciones de enorme calidad. Pero al otro, la nueva serie de la plataforma de la N mayúscula, encara otro reto: superar a la versión de 1970 de la misma historia, convertida en ícono televisivo. 

Pero lo cierto es que Sandokan logra ambas cosas con soltura. El proyecto, producido por Lux Vide, la misma casa detrás de Medici y Leonardo, adapta la obra de Emilio Salgari desde una perspectiva contemporánea. Por lo que la conocida historia sobre un pirata malayo y su recorrido por la Europa del siglo XIX es tan sofisticada como entretenida. Ambientada en el sudeste asiático de la época, la historia enfrenta a un grupo de rebeldes con el poder británico, usando el clasicismo como trampolín. Pero eso, sin basar el peso de su historia en solo su comentario histórico. 

Dirigida por Jan Maria Michelini y Nicola Abbatangelo, la serie recupera buena parte de la saga literaria y la explora de manera distinta a la icónica versión de 1976. Para eso, incorpora el elemento político de etapa como un subtexto a tener en cuenta, además de una ambientación detallada y visualmente vistosa. El resultado es un relato que va desde el preciosismo de la puesta en escena de época a una aventura a toda regla. 

De mito televisivo a algoritmo global

De la misma manera que la obra original, la serie comienza en Borneo en 1845, un territorio marcado por la violencia colonial británica. El pueblo Dayak vive bajo un dominio brutal, y la esperanza toma forma en una resistencia irregular encabezada por Sandokan (Can Yaman). Su apodo, El Tigre de Malasia, es toda una declaración política: fuerza, astucia y una identidad que no se deja domesticar. 

Can Yaman interpreta al capitán pirata, alejándose un poco de la imponente visión del actor original Kabir Bedi. Por lo que, en lugar de ser solo una presencia casi terrorífica, es también un líder audaz al frente de una rebelión que avanza con precisión. Así que todo el conflicto central pasa por un acto de valor. Sandokan planea robar al Consulado Británico adoptando una identidad falsa y acercándose a Lady Marianna (Alanah Bloor), hija del cónsul. Otra novedad es que ella no es solo interés romántico, sino engranaje narrativo. La información que maneja mueve la trama. El triángulo se completa con Lord James Brooke (Ed Westwick), cazador de piratas y cuya obsesión con Marianna y sospecha constante elevan la tensión.

Sandokan entiende el valor del espectáculo clásico, pero no se conforma con solo ser una producción de época. En lugar de eso, explora de maneras ingeniosas en su propio contexto y lo convierte en un escenario de sucesos complicados. El Imperio Británico se vuelve entonces una maquinaria opresiva, más que un decorado exótico. 

Pero es la dinámica entre Sandokan y Lord James Brooke lo que define el ritmo. Ambos representan modelos de poder opuestos: uno basado en la resistencia y la comunidad; el otro en la autoridad imperial y el deseo de control. Lady Marianna (Bloor) se mueve entre esos mundos, no como premio, sino como agente que toma decisiones. Esa nueva dinámica entre el trío de protagonistas, es suficiente para llevar la historia a una dimensión contemporánea. Eso, sin perder su conocida identidad. 

Un clásico para amantes del drama histórico

El fantasma de Shogun sobrevuela cualquier drama de época ambicioso ambientado en Asia. La serie de FX marcó un estándar casi inalcanzable, y su segunda temporada no llegará hasta, como pronto, finales de 2027. Ese vacío genera ansiedad entre los espectadores que disfrutan de producciones históricas de alto nivel. Netflix lo sabe. Sandokan aparece en el momento exacto para ocupar ese espacio emocional.

Las comparaciones son inevitables, pero no injustas. Ambas series trabajan con relatos pseudohistóricos, despliegan vestuarios elaborados y sitúan a personajes británicos en territorios asiáticos cargados de conflicto. La diferencia está en el tono. Shogun apuesta por la densidad política y el choque cultural introspectivo. Sandokan privilegia el movimiento, la aventura y el espíritu rebelde. Por lo que ambas producciones exploran complicados períodos históricos con similar habilidad y profundidad.

También hay ecos de Black Sails, la serie de Starz que redefinió el drama pirata para la televisión moderna. Quienes disfrutaron de esa mezcla de violencia, política y personajes moralmente ambiguos encontrarán aquí un placer similar. Espadas chocando, alianzas frágiles y horizontes siempre en disputa. El género sigue vivo porque sabe adaptarse.

La clave del éxito de Sandokan está en no presentarse como el reemplazo oficial de nada. Funciona por méritos propios. Su identidad italiana (país en el que el libro original es un clásico todavía popular), lejos de ser un obstáculo, aporta una sensibilidad distinta al panorama anglosajón dominante. Hay un gusto por el melodrama bien llevado, por la épica directa, por el héroe larger than life que no pide permiso para existir. Por lo que, mientras la segunda temporada de Shogun afila su posproducción en Vancouver, Sandokan navega con viento a favor. No promete cambiar la historia de la televisión. Promete entretener con inteligencia. Y cumple.


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