Steven Spielberg es el director que demostró que el entretenimiento en estado puro no está reñido con las ganancias en taquilla. Pero además, que la ciencia ficción podía ser una obra de autor. Algo que volvió a indagar este año en El día revelación, su más reciente película y quizás la más divisiva de todas. No en vano, el realizador ha dedicado buena parte de su carrera a indagar sobre la vida en otros planetas y la posibilidad del primer contacto. Pero en realidad, la amplia filmografía del cineasta tiene otra obra más interesante sobre el tema. Y una que ya puedes ver en Netflix (si estás en España) y en Apple TV (si estás en Latinoamérica).

Se trata de la superproducción de ciencia ficción La guerra de los mundos, estrenada en 2005. La cinta causó furor en su estreno y razones no faltan. Por un lado, reinventa con maestría y un realismo aterrador el clásico literario homónimo escrito por H.G. Wells en 1898. Por el otro, utiliza el terror y la angustia paranoica de la, en ese momento, cercana tragedia de las Torres Gemelas para plantear su escenario. La de un evento cataclísmico de proporciones incalculables, para el que nuestro mundo no está preparado. La combinación logra indagar en la idea del miedo, la búsqueda de la seguridad colectiva y hasta la empatía a través de una historia angustiosa. 

Pero más interesante todavía, La guerra de los mundos permite a Steven Spielberg indagar en uno de sus temas favoritos. El intento de entender al ser humano enfrentado a una situación imposible e inexplicable. Protagonizada por Tom Cruise, no busca glorificar las tradicionales epopeyas de resistencia militar o heroísmo patriótico frente a una invasión alienígena. Más bien, opta por un enfoque íntimo, visceral y profundamente humano. Por lo que la trama sigue el desesperado viaje de supervivencia de un ciudadano común y corriente a través de un paisaje estadounidense devastado. Mucho peor, enfrentado a dispositivos alienígenas que emergen desde las entrañas de la Tierra, destruyendo todo rastro de civilización a su paso. 

Un viaje a través de los horrores de una invasión para Steven Spielberg

Pero La guerra de los mundos es mucho más que solo una cinta que narra una invasión alienígena. A la vez, se toma el tiempo para indagar en el miedo colectivo, la caída del orden social y hasta la violencia callejera. Todo, con un ritmo vertiginoso y una atmósfera asfixiante. Steven Spielberg utiliza el cine comercial como una herramienta implacable para proyectar los temores y las ansiedades masivas. Mucho más, la fractura de una sociedad que se siente repentinamente vulnerable e indefensa ante una amenaza externa que no logra comprender ni combatir.

Para todo lo anterior, la trama sigue a Ray Ferrier (Cruise), un estibador portuario divorciado, inmaduro y notablemente distanciado de sus hijos. El rebelde adolescente Robbie (Justin Chatwin) y la pequeña e hipervigilante Rachel. Esta última, encarnada de manera brillante por una jovencísima Dakota Fanning. La llegada de la brutal invasión extraterrestre interrumpe abruptamente un tenso fin de semana de custodia familiar. Lo que obliga a este padre emocionalmente inepto a transformarse, a marchas forzadas y bajo condiciones extremas, en el protector absoluto de sus hijos. Eso en medio del caos global. 

A través de este viaje forzado de redención, el guion explora la fragilidad de los lazos familiares tradicionales. En especial, cuando son sometidos a la máxima presión psicológica y física. Lo que termina por demostrar que la verdadera lucha de Ray no consiste en salvar al planeta o liderar una contraofensiva militar. Más bien, mantener con vida la humanidad de su familia y conservar el amor y respeto de sus hijos. Eso, mientras el mundo conocido se derrumba por completo a su alrededor. Un tema que ha obsesionado a Steven Spielberg a lo largo de toda su filmografía. 

Un ataque total que devasta el mundo a su paso de la mano de Steven Spielberg.

El verdadero núcleo del terror a la manera de Steven Spielberg radica en su decisión deliberada de restringir la perspectiva visual de los acontecimientos. Por lo que se enfoca en la experiencia inmediata, confusa y fragmentada de sus protagonistas. A diferencia de otras producciones de temática similar de la época que saturan la pantalla con explicaciones científicas, el director escoge otro camino. Por lo que el guion solo sabe y ve lo que Ray y sus hijos experimentan en su huida. 

Esta perspectiva en primera persona amplifica exponencialmente la sensación de desamparo e incertidumbre. También, transformando cada secuencia de acción en una experiencia inmersiva y claustrofóbica. Las imponentes máquinas alienígenas, con ensordecedores lamentos mecánicos, no son presentadas como enemigos tradicionales. En lugar de eso, son una fuerza de la naturaleza devastadora, ciega e inevitable que desintegra los cuerpos humanos en cenizas en un parpadeo. Además, procesa la biomasa de los sobrevivientes de manera sistemática e industrial.

Por lo que el desenlace de la película, fiel al libro de H.G. Wells, ofrece una profunda lección de humildad existencial para la especie humana. Eso, al revelar que la derrota definitiva de los invasores no fue obra del ingenio militar ni de las armas atómicas creadas por el hombre. En realidad, se trató de la obra de los microbios y bacterias que habitan el planeta. De esta manera, la cinta de Steven Spielberg trasciende la espectacularidad visual para transformarse en una poderosa meditación sobre la voluntad. También, la inevitable fragilidad de las civilizaciones arrogantes y la capacidad del ser humano para hallar esperanza, compasión y reconciliación familiar. Incluso en medio de la oscuridad más absoluta y la destrucción total del mundo tal y como lo conoce. 


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