Desde su estreno, The Pitt ha dado mucho que hablar. En especial, por tomar el drama médico y explorarlo desde una dimensión realista que terminó por cautivar al público. También, a la difícil audiencia de los profesionales de la salud, que la consideran el enfoque más exacto y genuino sobre el mundo de la medicina. Pero también trajo otro efecto: el de reverdecer el interés sobre la perspectiva de diferentes premisas sobre el trabajo de curar y el ambiente en hospitales. Algo que Mentes brillantes, cuyas dos temporadas ya puedes ver en Movistar+, hace de manera entretenida, sensible y bien planteada. 

Emitida originalmente por NBC, la serie está basada en obra clínica del fallecido Oliver Sacks, por lo que dedica su interés y la mayor parte de sus tramas, a la neurología. Pero quizás debido a que Sacks revolucionó el campo médico de la investigación del cerebro y sus funciones, el creador Michael Grassi y combina el drama médico con vocación humanista.

Por lo que la serie no es solo una descripción incesante de procesos médicos (como ocurre de vez en cuando con The Pitt), sino algo más profundo y meditado. Para eso, sigue al doctor Oliver Wolf (Zachary Quinto), neurólogo de talento extraordinario y disciplina cuestionable. También un personaje carismático que recuerda en cierta manera al Gregory House de Hugh Laurie, pero menos amargo y mucho más optimista. 

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Sensibilidad y conocimientos

Así que, desde la primera secuencia, la serie opta por retomar el formato de caso por caso, que se extiende a la vez de la temporada. Y también, la del médico incontrolable, brillante y subversivo que no obedece órdenes al momento de curar. Algo que la serie muestra desde el inicio, con Wolf irrumpiendo en la rutina de un paciente con Alzheimer, para llevarlo en motocicleta a la boda de su nieta. Por supuesto, exagerado como suena (lo es), Mentes brillantes se esfuerza por mostrar que incluso este genio absoluto, capaz del diagnóstico más exacto en minutos, es humano. Uno además, dispuesto a arriesgarlo todo por sus pacientes. Un giro que establece la premisa central: la empatía radical de Wolf tiene consecuencias laborales. 

Como tantos otros antes que él, Zachary Quinto decide interpretar a Wolf como médico carismático, seguro en apariencia y vulnerable cuando la cámara se acerca. Pero sin cometer el error de convertirlo en una especie de arquetipo confuso sobre la habilidad médica mezclada con la rebeldía. En lugar de eso, Mentes brillantes, que obviamente sabe que debe competir con toda una tradición médica de programas similares, se va por una solución intermedia. La de mostrar que la ciencia tiene corazón y que, a la vez, el médico más emotivo debe concentrarse en sus conocimientos al momento de diagnosticar.

Un hombre complicado para 'Mentes brillantes'

Por lo que el guion sugiere que la necesidad de Wolf de intervenir más allá de lo permitido nace de una convicción ética. Pero también de una inquietud personal que apenas se insinúa en los primeros episodios. Ayuda a ese planteamiento, que Mentes brillantes siga el modelo clásico de caso semanal.

Cada paciente introduce un enigma neurológico que debe resolverse antes del cierre. Sin embargo, el interés no reside solo en el diagnóstico, sino en la forma en que Wolf altera el entorno hospitalario. Sus métodos generan admiración y resistencia. La serie plantea una pregunta constante: ¿hasta dónde puede llegar la intuición cuando se enfrenta a una institución que privilegia el orden?

El retrato de Wolf se completa con detalles domésticos que amplían su perfil a más allá de ser una eminencia. Vive en City Island, en una casa amplia repleta de libros, cintas VHS y equipo de ejercicio. Prefiere lo analógico, evita la tecnología innecesaria y cultiva una rutina casi monástica. Además, padece prosopagnosia, condición que le impide reconocer rostros con facilidad. Este rasgo añade una dimensión interesante a su práctica médica. Mucho más, en una profesión en la que el contacto humano es esencial. De modo que Wolf debe memorizar datos específicos para identificar a colegas y pacientes. Mentes brillantes utiliza esta característica para explicar su aparente distancia social.

Secundarios de lujo para ‘Mentes brillantes’

La vida de este genio complicado cambia por una decisión en apariencia esencialmente profesional. Eso, cuando la doctora Carol Pierce (Tamberla Perry), amiga cercana y colega de confianza, le ofrece un nuevo puesto en el Hospital General del Bronx. La propuesta implica regresar a un entorno exigente, con recursos limitados y alta rotación de personal. Wolf acepta, impulsado por la posibilidad de ejercer la medicina con mayor libertad. No obstante, su llegada despierta tensiones internas.

En particular, porque el hospital dista mucho del orden artificial de dramas médicos de larga data como Anatomía de Grey y se acerca más a la estética realista de The Pitt. Por lo que la serie toma la curiosa decisión, de mostrar los pasillos saturados, la escasez presupuestaria y el cansancio acumulado como parte del trabajo de Wolf. Un punto intrigante, cuando se indaga en que el genio médico tiene escasa o ninguna capacidad para analizar temas sencillos o de simple organización. 

Conflicto en los pasillos de un hospital

Algo que provoca que el jefe de neurocirugía, Josh Nichols (Teddy Sears), observe a Wolf con desconfianza. La dinámica entre ambos se convierte en uno de los motores dramáticos de la temporada (en especial, la primera). Pero brinda algo de equilibrio a la premisa corriente del genio incomprendido. Así que la serie apuesta por mostrar el hospital como espacio de fricción constante. 

Uno, además, en el que Wolf no busca integrarse con discreción. De hecho y como es previsible, este genio rebelde e incomprendido, prefiere cuestionar cada procedimiento que considera ineficiente. Esa actitud genera entusiasmo en algunos y rechazo en otros. El resultado es un entorno narrativo donde el conflicto institucional resulta tan relevante como los casos clínicos.

Residentes al borde del vértigo

Como en toda producción médica que se precie, el inevitable equipo de residentes aporta energía y perspectiva generacional. Lo que evita que la trama sea demasiado plana. El doctor Van Markus (Alex MacNicoll), la doctora Ericka Kinney (Ashleigh LaThrop), el doctor Jacob Nash (Spence Moore II) y la doctora Dana Dash (Aury Krebs) son un grupo variopinto. 

Y, como es de suponer, encuentran en Wolf un mentor imprevisible. Al principio lo idealizan, pero pronto descubren que seguirle el ritmo implica aceptar decisiones arriesgadas y jornadas emocionalmente extenuantes. De modo que Mentes brillantes, construye su aprendizaje a partir de errores compartidos y pequeñas victorias.

Un buen entretenimiento para los amantes del drama médico

Claro está, y con apenas dos temporadas, Mentes brillantes todavía intenta encontrar el equilibrio entre drama médico y exploración psicológica; todavía se encuentra en proceso. Algunos diálogos explican demasiado, mientras que ciertas resoluciones llegan con rapidez conveniente . Sin embargo, cuando la serie permite que el silencio y la duda sean razonables, todo se vuelve más interesante.

En especial, porque el doctor Wolf y su equipo, logran transmitir la fragilidad inherente al trabajo neurológico. No se trata solo de encontrar la lesión correcta, sino de comprender cómo cada alteración transforma la vida del paciente. Una lección que la serie parece haber aprendido del éxito de The Pitt y que construye con su propia identidad. 

¿Un dato curioso y conmovedor? En el noveno capítulo de la segunda temporada, el recientemente fallecido Eric Dane, tuvo un cameo. En el drama, interpretó a Matthew, un heroico bombero que lucha por ocultar su diagnóstico de ELA a su familia. Por lo que busca ayuda del doctor Wolf.


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