Las guerreras del K-Pop y la discreta Elio de Pixar son las grandes favoritas del Oscar 2026 en el rubro de animación. Pero lo cierto es que ambas tendrán que competir con un fenómeno que ya causó sensación en el prestigioso Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy 2025. Se trata de Arco de Ugo Bienvenu; la película mezcla ciencia ficción, crecimiento personal y amor al cine desde un punto de vista tan fresco y conmovedor que ha sorprendido al público y a la crítica. Eso, gracias a que su premisa no se parece a nada del circuito comercial ni del independiente: es extraña, luminosa y profundamente humana.
De hecho, uno de los puntos fuertes de Arco es alejarse de temas comunes en el mundo de los animados, para concentrarse en otros más complicados. En especial, porque su director analiza la idea del amor a la familia, la búsqueda de la identidad y el temor al futuro a través de tópicos clásicos de la ciencia ficción. Pero sin ser tan obvia como Elio, ni buscar directamente conmover. Al contrario, la cinta es una conmovedora combinación entre el asombro, cierto aire subversivo y la búsqueda de identidad.
Un punto que Arco muestra casi de inmediato. La historia comienza en un futuro impreciso, marcado por un desastre ambiental conocido como el Gran Barbecho. Tras ese evento, la humanidad se replegó a viviendas elevadas sobre la superficie, estructuras que flotan entre el cielo y la nostalgia de la tierra perdida. Allí conocemos a Arco (Juliano Valdi), un niño curioso que crece en una sociedad capaz de viajar en el tiempo. Los viajeros usan capas iridiscentes, surcan el aire y dejan estelas de color mientras visitan otras eras. Pero mucho más, tienen plena conciencia de que hasta la pequeña decisión puede cambiar el futuro.
Una película que va de menos a más

Sus padres (América Ferrera y Roeg Sutherland) y su hermana mayor (Zoya Bogomolova) exploran épocas pasadas con normalidad casi burocrática; incluso regresan de un viaje jurásico con una planta como souvenir. Arco, con solo diez años, observa desde abajo: la ley exige doce para saltar en el tiempo, y la espera se le hace eterna. Y, por supuesto, es la impaciencia por llevar a cabo la que imagina la gran aventura de su vida, la que desencadena el embrollo que vendrá después.
Una noche cualquiera, Arco toma prestada la capa de su hermana y activa un viaje torpe, impulsivo, propio de la infancia. El resultado lo deposita en el año 2075, pasado para él, pero que es un futuro distópico para cualquiera de nosotros. Allí conoce a Iris (Romy Fay), una chica que lo esconde y lo cuida sin demasiadas preguntas. Los padres de Iris (Natalie Portman y Mark Ruffalo) están ausentes por trabajo, y la casa funciona gracias a Mikki, un robot doméstico cuya voz mezcla la de ambos adultos.

Este 2075 está saturado de tecnología cotidiana: robots para todo, ciudades protegidas por burbujas y tormentas eléctricas que arrasan el exterior con frecuencia inquietante. Cuando el traje de Arco se daña y pierde una pieza esencial, la misión se vuelve clara: encontrar la forma de enviarlo de regreso a casa, antes de que tres hermanos cazadores de extraterrestres, interpretados por Will Ferrell, Andy Samberg y Flea, conviertan el error en un espectáculo salvaje.
Una gran aventura inolvidable

Con apenas 88 minutos, Arco despliega un abanico de conceptos que otras películas estirarían durante horas. Bienvenu y el coguionista Félix de Givry optan por la síntesis inteligente. La película explica lo justo y confía en la inteligencia de su espectador. El funcionamiento del viaje temporal, la organización social del futuro lejano y la rutina del 2075 se entienden a través de escenas breves, casi casuales. Uno de los grandes méritos de la ciencia es evitar perderse en su propio mundo. Por lo que se enfoca directamente en sus personajes.
Por lo que, aunque el viaje en el tiempo es el motor del relato, Arco se interesa más por el apartado emocional de su historia. Bienvenu utiliza la ciencia ficción como marco para hablar de adaptación, afecto y responsabilidad colectiva frente a un entorno cada vez más complicado. El mensaje ecológico está ahí, pero nunca se vuelve sermón. Por lo que la cinta evita el recurso en ocasiones molesto de subrayar cualquier mensaje para hacerlo digerible.

Arco también juega con la nostalgia. La relación entre Iris y Arco recuerda a esos clásicos ochenteros donde la amistad infantil cruzaba fronteras imposibles, con E.T. como referencia inevitable. Ambos personajes se descubren mutuamente mientras comparten juegos, miedos y silencios. La película se toma el tiempo necesario para que ese lazo crezca, y lo hace con ternura, sin ironía excesiva. El resultado es una experiencia absorbente que apuesta por la empatía como eje central. Uno termina cuidando a estos personajes casi sin darse cuenta.
Un apartado visual para el Oscar

Arco depende por completo de su apartado visual para narrar, por lo que todo el énfasis de la producción se encuentra en mostrar un universo rico y colorido. De modo que su estilo se encuentra en un territorio intermedio entre la sensibilidad de Hayao Miyazaki y el conocido amor al detalle de Daniel Clowes.
Una combinación improbable que funciona mejor de lo esperado. Hay cielos atravesados por colores imposibles y paisajes terrestres que transmiten calor, desgaste y amenaza. La animación puede ser juguetona y exagerada en un momento, y sombría en el siguiente. Esa flexibilidad visual acompaña el tono emocional del relato.
Uno de los grandes méritos de Arco nunca pretende ser un manifiesto ecológico a costa de la profundidad de su historia. Por lo que, para su final (que hará llorar a los sensibles), la apuesta de su premisa es muy concreta. Mostrar cómo, en cualquier momento de la historia humana, la solidaridad es un elemento capaz de cambiar el futuro. Un mensaje complejo que Arco narrar con sencillez. Su mayor mérito.

