Secuestros: Elizabeth Smart, el nuevo true crime de Netflix, toca terreno delicado. En especial, porque debe profundizar en un caso que conmovió a la opinión pública estadounidense y hasta cierto punto, la obsesionó, desde un territorio particular. El hecho de contar lo ocurrido, tomando en cuenta que la víctima sobrevivió y en la actualidad es una destacada activista contra la violencia contra las mujeres. Una combinación de factores, que hacen del documental una pieza de especial importancia y relevancia.
Pero más allá de relatar la aterradora historia de Elizabeth Smart —secuestrada de su habitación y sometida a torturas por ocho meses—, la producción hace algo más complejo. Y es también, reflejar la cultura mediática estadounidense de principios de los 2000 y en especial, su forma de enfocar la traumática ola de crímenes contra menores. Casos como los de Jaycee Dugard, JonBenét Ramsey, Polly Klaas o Caylee Anthony fueron repetidos hasta el cansancio, convertidos en noticias sensacionalistas de alcance nacional que mezclaban duelo real con consumo televisivo.
Por lo que el true crime también alude a un fenómeno propio de la década de principios de siglo. La manera de narrar los crímenes contra menores a la manera de sucesos encadenados por un patrón: familias blancas, hogares acomodados, imágenes que encajaban con la idea de inocencia perdida. Mientras tanto, desapariciones y asesinatos de niños pertenecientes a minorías quedaban fuera del encuadre, invisibles en medio de los diversos escándalos mediáticos. Una circunstancia compleja que Secuestros: Elizabeth Smart analiza con cuidado y desde un ángulo incómodo. Eso, sin perder el foco del centro de su argumento.
Un suceso terrorífico que replanteó la seguridad doméstica

El caso de Elizabeth Smart fue uno de los más difundidos de su tiempo y por sobradas razones. El 5 de junio de 2002, la joven fue secuestrada de su habitación en la casa de sus padres en Salt Lake City. Brian David Mitchell, un vagabundo que había llevado a cabo algunos trabajos menores para la familia, irrumpió en el domicilio y, amenazando a la adolescente de 14 años con un cuchillo, la obligó a salir. Después de allí la llevó a su casa en las afueras de la ciudad e insistió en que ambos habían contraído matrimonio según el rito mormón.
Por ocho meses, Elizabeth fue víctima de torturas y violaciones, bajo la complicidad de Wanda Barzee, esposa de su agresor. Finalmente, en marzo de 2003, un transeúnte la reconoció en la calle y logró avisar a la policía, por lo que Elizabeth fue rescatada. Pero el caso dejaba a su paso especulaciones, críticas contra la actuación de la policía y hasta un debate sobre la religión mormona. En especial, cuando Mitchell insistió en que era un profeta y que todo lo que había hecho, se debió a órdenes divinas.

Como es de suponer, el caso se volvió una obsesión nacional. De libros, especiales, reconstrucciones televisivas como Bringing Elizabeth Home o I Am Elizabeth Smart prepararon el terreno mucho antes de que Netflix entrara en escena. Algo que el director Benedict Sanderson entiende de inmediato y que le permite brindar a Secuestros: Elizabeth Smart, su tono respetuoso y original.
El documental se apoya en entrevistas actuales con Elizabeth, con su hermana menor Mary Katherine Smart y con su padre Ed Smart. Incluso, la ausencia de Lois Smart, la madre, es mencionada sin dramatización, como un dato que deja claro que el trasfondo del caso aún es complicado. Por lo que Sanderson no huye del impacto emocional, sino que explora en un escenario complejo con sensibilidad. Un punto esencial para comprender la importancia de la producción.
Una reconstrucción paso a paso

Un punto de interés en Secuestros: Elizabeth Smart es quien brinda una nueva visión sobre un crimen que fue comidilla de los medios por años. Por lo que vuelve al origen para reconstruir datos de contexto hasta ahora desconocidos. Los Smart eran miembros devotos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Vivían en Federal Heights, un barrio acomodado de Salt Lake City, uno de los de menor tasa delictiva en Norteamérica. Por lo que el secuestro de Elizabeth en su propia casa desconcertó y aterrorizó a la ciudad entera.
El suceso se cuenta a través de Mary Katherine, testigo de lo ocurrido. La descripción que hace la hermana menor es simple y devastadora. Se encontraba en la misma habitación de Elizabeth y no pudo impedir lo que ocurría. Desde ahí, la historia se transforma en una cacería pública. Vecinos movilizados, medios nacionales instalados, miles de pistas acumuladas.
La maquinaria se activa con rapidez, pero también con sospecha. Como ocurre tantas veces, la atención se dirige hacia el interior de la familia. Ed Smart recuerda el peso de ser padre y sospechoso al mismo tiempo. Su voz, todavía tensa, comunica una mezcla de incredulidad y cansancio que el documental no cuestiona ni santifica.
Una investigación compleja

La investigación inicial avanzó entre conjeturas, intuiciones y errores. Mary Katherine insistía en que reconocía la voz del secuestrador, lo que reforzó la idea de que el culpable podría ser alguien cercano. Una reportera local, Nicea DeGering, admitió frente a cámara que desconfiaba de los Smart. Esa duda, amplificada por los medios, se convierte en sospecha colectiva. Richard Ricci , un trabajador con antecedentes violentos que había realizado tareas ocasionales en la casa, se convierte en el principal señalado.
Sin embargo, hay una fisura que el documental subraya con paciencia: la voz que Mary Katherine escuchó no coincidía con la de Ricci. Esa insistencia infantil, ignorada durante meses, resulta clave. Finalmente, el documental muestra la forma en que el verdadero culpable fue identificado. También, el rescate de Elizabeth. El documental no recrea el abuso con morbo, pero tampoco lo esquiva. Un punto que permite a la producción ahondar en el crimen con especial delicadeza y respeto por la víctima.

Casi a la mitad del metraje, el documental decide retroceder. Eso, pero para permitir a Elizabeth Smart contar su historia. La decisión no solo brinda voz a la víctima —convertida en activista contra la violencia de las mujeres—, sino que humaniza la idea de un crimen semejante. Uno de los puntos más interesantes y conmovedores del documental, que renuncia al morbo en favor de la responsabilidad al contar un suceso semejante.
Una conclusión incómoda para ‘Secuestros: Elizabeth Smart’
En su tramo final, Secuestros: Elizabeth Smart analiza el presente. Por lo que se permite indagar acerca de las consecuencias a largo plazo de un crimen atroz. En especial, al enfocarse en Elizabeth como madre, esposa y activista. Su discurso no es grandilocuente. De hecho, el documental la presenta como una sobreviviente que decidió ocupar el espacio público sin convertirse en símbolo vacío.
El documental no intenta cerrar el trauma con moralejas fáciles. Deja claro que la recuperación no es lineal ni estética. Al mismo tiempo, evita el tono solemne excesivo. Un giro respetuoso que brinda a Secuestros: Elizabeth Smart una especial dimensión en su manera de profundizar en un crimen terrorífico que todavía causa conmoción.

