El pasajero nocturno podría ser una de las tantas películas sobre el miedo a las carreteras oscuras (y lo que puede pasar en ellas), a excepción de un detalle. No solo evita cualquier cliché, sino que además convierte la rarísima visión de su director, André Øvredal, en un punto esencial. Eso, al llevar una corriente road trip, se vuelve casi de inmediato una exploración sobre el mal, el miedo y la violencia. Más raro aún, en una historia de terror con sus propias reglas. 

De hecho, el director toma la extraña decisión de mezclar tres tropos distintos del terror en un mismo escenario. Por lo que la película explora en criaturas, criaturas, acoso sobrenatural y drama romántico. Todo mientras el guion de T.W. Burgess y Zachary Donohue transforma una situación de manual en una premisa cada vez más terrorífica. Para eso, sigue a dos amigos, Tyler (Jacob Scipio) y Maddie (Lou Llobell), que en medio de una parada en una carretera deben enfrentarse a lo desconocido. Peor todavía, a una amenaza que no está clara y que acecha entre los árboles. 

Sin embargo, el director evita salidas sencillas y convierte a El pasajero nocturno en algo más que un juego del gato y el ratón. Antes que eso, la cinta se acerca más a un estudio cuidadoso acerca de la naturaleza del horror en su dimensión más primitiva. Lo que Tyler y Maddie deben enfrentar es tanto un monstruo como lo peor de ellos mismos. Por lo que, en mitad de esta batalla por sobrevivir, ambos comprenderán que el peor enemigo es tanto el miedo como la confusión y el dolor. 

Cuando la furgoneta deja de ser hogar

Paso a paso, El pasajero nocturno responde a su propia lógica al evitar dar respuestas sencillas. Por lo que sus protagonistas deben batallar como pueden y de la manera que pueden contra el hecho de que, más allá de la furgoneta que protegen, hay un enemigo. La trama utiliza el tropo del road trip por carretera para transformar la travesía en sinónimo de desastre inminente. Eso, al explorar los habituales elementos del género en favor del terror. Por lo que esta vez, el vehículo que es a la vez casa y hogar se transforma en territorio de horrores. También, en un espacio de terror del que es imposible escapar. 

Y la estrategia funciona sobre todo gracias al montaje. Øvredal y el editor Martin Bernfeld construyen los sustos a partir de la capacidad de la cinta para sostener su atmósfera tenebrosa. Eso, sin ser especialmente explícita ni añadir sustos gratuitos. Por lo que el director dedica una buena cantidad de tiempo a profundizar en el miedo como una emoción primitiva. Las sombras, el espacio negativo, las transiciones abruptas: todo tiene un propósito al añadir peso a una situación terrófica.

Algo que beneficia a El pasajero nocturno de varias maneras distintas. Como toda película de terror minimalista que se precie, la cinta juega con la precaridad para contar una historia que puede parecer simple. Pero que, a medida que se desarrolla, esconde capas y capas de un tipo de visión sobre lo espeluznante totalmente novedoso. El director sostiene rápidamente la idea de que lo que persigue a Tyler y a Maddie no podrá detenerse. Y que al final, la posibilidad es una sola: que únicamente sobreviva uno de ellos o que mueran ambos de manera monstruosa. Un giro que hace de la película una agonía en su tramo final. 

Un uso inteligente del apartado visual para ‘El pasajero nocturno’

El pasajero nocturno también integra la tecnología contemporánea con inteligencia a su punto de vista del terror. Las cámaras exteriores de la furgoneta se convierten en herramienta narrativa y la trama les saca el jugo. Por lo que los monitores de marcha atrás, las proyecciones distorsionadas, las imágenes cambiantes del asfalto crean un paisaje confuso de 360 grados que resulta genuinamente escalofriante. 

Otro elemento interesante de la película es la forma en que profundiza en la cultura de los viajeros por carretera estadounidenses. Pero más que solo mostrarlo o utilizarlo como un subtexto, El pasajero nocturno lo convierte en reglas que delimitan el paisaje de la historia. Una subcultura fascinante que, a pesar de que El pasajero nocturno apenas araña, logra convertirse en una serie de señales que conducen a diferentes dimensiones de horror.

Paso a paso, la historia de El pasajero nocturno se convierte en un espacio casi liminal donde las reglas normales no aplican. Por lo que cualquier cosa puede ocurrir en el siguiente plano. Como los mejores viajes nocturnos, no necesita un destino claro para justificar el recorrido. La oscuridad, bien administrada, es suficiente entretenimiento. El mejor truco que la cinta utiliza con habilidad. 


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