Clayface es una película de terror a toda regla. Y una, que hace un especial buen uso del body horror en los momentos correctos. No obstante, poco o nada tiene que ver con el Universo DC en construcción y ese es su gran problema. De hecho, esta película (basada en el clásico personaje con guion de Mike Flanagan) fácilmente podría ser solo una pequeña obra de autor del género. No en vano, su director, James Watkins, crea algunas secuencias escalofriantes y ciertamente deslumbrantes, que combinan efectos prácticos con digitales. A la vez, trabaja en una atmósfera cuidadosa y bien lograda, que profundiza en la oscura psicología de su personaje.

Pero el problema radica en que Clayface no se parece ni en tono ni en forma al resto del universo al que pertenece. Por lo que, a pesar de ser inquietante, repugnante y, a grandes rasgos, terrorífica, peca de genérica. Y lo es, porque el Tom Haggen de Tom Rhys Harries podría ser cualquier personaje atormentado de la reciente ola de terror gore. Mucho más, analizar los rigores del fracaso, el dolor y el miedo desde la popular perspectiva del terror elevado. Solo que la película se queda a medias en integrar todas esas evidentes bondades en la historia de origen de un villano comiquero. Uno además, cuyo enemigo tradicional es Batman.

Pero de esa conexión, hay poco o nada en toda la trama. Mientras Matt Hagen se convierte lentamente en un monstruo, en escenas a mayor gloria de Cronenberg, la cinta pierde la personalidad. En específico, porque la trama parece carecer de objetivo al narrar este relato tortuoso de caída a los infiernos, a la que parece faltarle una pieza. Más preocupante todavía, toda la película parece desvinculada, sin la menor línea de unión con Superman, o en cualquier caso, The Batman. Incluso, parece desligada por completo de la terrenal Linternas, con la que podría compartir tono y subtexto tétrico. Pero tampoco lo hace. 

‘Clayface’, un villano trágico

El punto más alto de la cinta es, sin duda, el propio Matt Hagen. En particular, porque el personaje es interpretado con el tono de un villano cada vez más retorcido por Tom Rhys Harries. El actor logra captar la caída en desgracia de la maligna figura, sin exagerar ni llegar a la caricaturización. Más interesante todavía, logra hacer creíble su desplome. De ser una estrella naciente que sobrevive al mítico The Narrows de Gotham City, Matt se transforma progresivamente en una criatura fatídica. Y la cinta sigue esa transformación paso a paso, recreándose en la forma como el rostro y el cuerpo del personaje se convierten en territorio de pesadilla. 

Lo más desconcertante de la cinta es que el contraste entre el antes y el después de Matt ocurre casi de manera súbita. Durante los primeros 15 minutos de la película, el personaje triunfa y se convierte en una luminaria. Solo para terminar siendo destrozado por el mafioso Markus Szabo (David Dencik), en un ajuste de cuentas motivado por celos. La película no se esfuerza en mostrar esa ruptura, sino que directamente Matt encuentra la tragedia en una escena sin mayor trascendencia. Y es parte de esa incapacidad para profundizar lo que juega en contra de Clayface como premisa. 

En específico, porque no logra que la tragedia que envuelve a Matt resulte de verdadero interés. Todo por el simple motivo de que el guion no indaga en su personaje como para que resulte interesante o al menos cercano. En lugar de eso, la rápida transición entre ser estrella reconocida a figura desfigurada en una cama sabe a poco e importa menos. Mucho más, cuando la película utilizará todo el tiempo restante en construir una historia de horror a través del dolor de Matt. Pero no emocional. Tampoco en la forma astuta en que la sustancia jugó con el miedo a envejecer de sus personajes para hacer el terror incómodo. 

En lugar de eso, Clayface pasa demasiado tiempo indagando en la maldad inherente al ser humano, sin otro motivo que el horror de Matt al perderlo todo. El guion muestra la degradación rápida del villano en una serie de pasos hacia el horror de la humillación. Matt pierde el empleo, termina en una habitación repleta de cucarachas, pero no hace lo mismo por su psiquis. Por lo que pasa muy por encima de lo que puede hacer semejante situación en la mente de cualquiera. Un error que le costará caro a la película cuando exija entender cada decisión cuando Matt intente recuperar lo perdido como sea. 

Un error que costará caro a un villano de Gotham

Todo se vuelve peor cuando Matt parece dar con la solución a sus dilemas. Lo que implica ponerse en manos de la doctora Catelyn Corr (Naomi Ackie) y su cuestionable terapia celular. La película resuelve mal y de manera simple la decisión de Corr de ayudar y, de inmediato, Matt parece recuperar su rostro. Solo que, en realidad, la fórmula de la doctora termina por tener un efecto atroz. Uno que convierte el rostro de Matt en una máscara que se derrite y se deforma de manera aleatoria. Mucho peor, transforma su cuerpo en una sustancia maleable que cambia según sus emociones y, en última instancia, su horror. 

Hasta este punto, Clayface logra sostener todo su vigor en la sensación de que todo lo que rodea a Matt empeorará a no tardar. ¿Qué es exactamente lo que ocurre cuando el personaje decide comenzar una travesía de venganza? Cada vez más repugnante, asquerosa y arriesgada, Clayface parece encontrar su punto más alto pronto. La de mostrar todas las habilidades de Matt, todo lo que su cuerpo retorcido y su rostro terrorífico es capaz de hacer. Mucho más, la promesa de que este monstruo furioso llegará pronto a un punto de no retorno que arrasará con Gotham por completo.

Pero en realidad, no ocurre nada de eso. Salvo tres o cuatro escenas realmente espectaculares, la cinta peca de genérica y de depender demasiado del impacto frontal. De resto, la batalla por la venganza se vuelve confusa porque la cinta nunca aclara del todo si Matt, en medio de su orgía de sangre, enloqueció. O que en realidad, toda su furia es una metáfora latente del mal en toda su extensión. Por lo que el argumento carece de toda profundidad, flota en mitad de escenas impactantes y, al final, naufraga en intrascendencia. 

Dos películas en una en ‘Clayface’

Para su último tramo, Clayface parece dos películas en una. Por un lado, una mezcla audaz, pero deficiente y menor de La Mosca, La sustancia e incluso la saga Saw. De esta última, hereda su tono sucio, truculento y cada vez más sangriento. Por el otro, la historia de origen de uno de los exóticos personajes de Gotham, prácticamente la única referencia de la cinta al universo de Batman.

Ese lado caricaturesco y un poco menos retorcido es justamente el lado más flojo de la cinta. Sobre todo porque, al no haber conexiones con el universo DC, pareciera que la relación es solo incidental. Clayface pudiera ser la historia del archienemigo de Batman o solo la de un hombre cualquiera aterrorizado por su destino. Y esa falta de impulso, objetivo e identidad es justamente el elemento más genérico y poco atractivo de la película. Un giro lamentable para una película que más de una vez muestra todo lo que podía dar y se queda a medias. 


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