Pedro Almodóvar ha vuelto a los cines un año más con el estreno de Amarga Navidad. El director manchego continúa su evolución estilística de esta última década con un filme que tiene como protagonistas a Bárbara Lennie, Aitana Sánchez-Gijón, Leonardo Sbaraglia, Patrick Criado, Victoria Luengo y Milena Smit. En este caso, lo que propone es una historia en dos tiempos o, mejor dicho, en dos realidades. Un ejercicio de ficción dentro de la ficción que promete ser uno de los grandes estrenos del cine español de este año.
En Amarga Navidad, Elsa es una directora de publicidad cuya madre muere durante un largo puente del mes de diciembre de 2004. Encuentra refugio en el trabajo, aunque es más bien una huida hacia adelante. Trabaja sin parar y, sin darse cuenta, no se concede el tiempo necesario para guardar el duelo por la ausencia materna. Hasta que una crisis de pánico la obliga a detenerse e imponerse un descanso. Su pareja, Bonifacio, es su tabla de salvación en esos momentos de crisis. Un día, Elsa decide viajar a la isla de Lanzarote acompañada por su amiga Patricia, que también necesita alejarse de Madrid, mientras que Bonifacio se queda en la ciudad.
Pero, a su vez, la historia de estos personajes, y algunos más, se narran paralelamente a la del guionista y director de cine Raúl Durán en 2025. En realidad, toda la historia de Elsa no es más que el guion de la nueva película que Raúl trata de escribir. Entremezclando ficción y realidad, Amarga Navidad busca reflexionar sobre asuntos como los límites de la autoficción y la inspiración artística.

Un drama muy reflexivo
Con Amarga Navidad, Pedro Almodóvar regresa una vez más al drama reflexivo, género en el que se ha asentado en las últimas décadas de su carrera. El cineasta muestra en cada nuevo estreno algunas de las obsesiones que le ocupan su prodigiosa mente. Y en este caso, pretende hablarnos de dos cosas muy diferentes. Por un lado, con la historia de Elsa, el manchego indaga en el duelo.
No sorprende esta decisión, pues en esta etapa de su filmografía ya había reflexionado sobre la enfermedad (Dolor y Gloria), la herida y el trauma (Madres paralelas) y la muerte (La habitación de al lado). Abordar el duelo en Amarga Navidad era el paso lógico, y el cineasta lo ejecuta con acierto, con algunos momentos muy potentes. Aunque quizás el exceso de melodrama contemplativo diluye esa chispa que le caracteriza y que reluce en secuencias determinadas de gran calado.
Por otro lado, Amarga Navidad ofrece una mucho más interesante reflexión sobre la inspiración y la autoficción. Aquí Almodóvar sí se muestra afiladísimo, con diálogos punzantes y certeros que demuestran que incluso él mismo necesitaba liberar todos sus pensamientos y contradicciones sobre la forma en la que crea su arte. Trazando un paralelismo sobre otro entre las dos historias que componen el filme, el director logra uno de los ejercicios cinematográficos más ricos e inspirados de su última década.

El sello Almodóvar
A nivel técnico, Amarga Navidad vuelve a demostrar por enésima vez que el gusto estético de Pedro Almodóvar es ya patrimonio nacional. Un sello de calidad autoral único en el mundo. Cada plano es de una composición magnífica, y el cineasta coloca siempre la cámara en el lugar preciso para transmitir las emociones que busca en su máxima expresión. Su tempo para el drama está perfectamente pulido y regala secuencias que son inolvidables al ritmo de Chavela Vargas.
Por ejemplo, cuenta con una breve pero espectacular aparición de la cantante Amaia, que sigue creciendo como artista. La ganadora de Operación Triunfo 2017 tiene el privilegio de protagonizar una de las mejores escenas de toda la película, en la que le canta casi a capella a una enferma Elsa una versión de Las simples cosas, de la propia Chavela. Un instante hipnótico en el que el magnetismo y la pureza de Amaia se combinan con la sensibilidad de Almodóvar para crear magia.
Como esta, hay varias escenas más en las que se demuestra que Pedro Almodóvar ha recuperado su garra al dirigir, más refinada que nunca. También logra exprimir lo mejor de su reparto, con Bárbara Lennie, Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia en estado de gracia. También hay que destacar a Patrick Criado, que sorprende quizás con el mejor papel de su carrera, desbordando un compromiso brutal.
Un final glorioso
Con todo, la historia doble de la película juguetea constantemente con el filo de la navaja. Por momentos, brilla con una lucidez despampanante, pero en otros casos se muestra demasiado tediosa, plana y teatral (incluso dentro del cine de Almodóvar). Pero, justo al final, como un destello, llega un desenlace que pone todo patas arriba y que encumbra a Amarga Navidad como la mejor película de Pedro Almodóvar desde Dolor y Gloria.
Se trata de un final en el que el cineasta se abre en canal y le muestra al espectador todas esas contradicciones sobre la autoficción y la libertad creativa de las que hablábamos antes. Lo que antes era sutil, de pronto se convierte en una acalorada conversación muy explícita entre los espectadores, Almodóvar y él mismo. Un tira y afloja interpretado con brillantez supina por Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia que, por sí solo, es fácilmente uno de los mejores finales de toda la carrera del director.

Él mismo se reconoce que a esta historia, sin ser algo terrible, le faltaba algo. Se expone sin buscar excusas para poder encontrar respuestas. Con ese último acto, lo hace, cerrando el filme de manera sobresaliente, como solo pueden hacerlo los genios en sus momentos más creativos. Un desenlace que zarandea a toda la película y que justifica la propia existencia de Amarga Navidad.

