A lo largo de más de cien años de existencia, el cine se transformó de un mero espectáculo de feria en un lenguaje artístico complejo. E incluso, un poderoso reflejo social. Un proceso largo y complejo que todavía sorprende por su extensión. Después de todo, en sus inicios, las películas eran vistas como curiosidades mecánicas destinadas a capturar el movimiento de forma literal. Con el tiempo, cineastas pioneros descubrieron que el montaje y la fragmentación de escenas permitían construir narrativas profundas y manipular el tiempo.
Hoy, el concepto de cine trasciende las salas tradicionales para convertirse en una forma de arte. Esta evolución lo hizo, además, una herramienta de análisis psicológico, político y filosófico que ya no solo documenta la realidad. También la cuestiona y la reinventa constantemente. Claro está, en el ámbito técnico, la evolución se define por saltos tecnológicos revolucionarios que alteraron la producción y el consumo. De la transición del cine mudo al sonoro a finales de la década de 1920 hasta la llegada del color, que transformó por completo la puesta en escena. Lo cierto es que el séptimo arte no ha hecho más que crecer.
Décadas más tarde, la transición del celuloide analógico al formato digital democratizó el acceso a la creación audiovisual y abarató los costos de distribución. En la actualidad, el uso de efectos visuales computarizados (CGI), la captura de movimiento y las herramientas de inteligencia artificial permiten materializar universos inimaginables. Pero en medio de semejante evolución, muchas de las producciones más emblemáticas del cine han perdido la capacidad de mantenerse relevantes o contemporáneas. O incluso, se han vuelto directamente incómodas. Como las siguientes que te dejamos a continuación.
Birth of a Nation

Estrenado en 1915, el largometraje de D. W. Griffith es un pilar fundamental en la historia técnica del lenguaje cinematográfico. Pero su contenido ideológico es uno de los más controversiales del cine. La película muestra una visión distorsionada de la Guerra de Secesión y la Reconstrucción estadounidense. Por lo que retrata a los hombres negros como salvajes agresores e incluso retrata al Ku Klux Klan como una fuerza heroica y caballerosa que salva a la civilización blanca.
Pero los problemas no terminan ahí. El uso masivo de blackface y la abierta glorificación del supremacismo blanco son apenas partes de sus elementos polémicos. Todo, que hace que hoy sea una obra imposible de ver fuera de un estricto contexto académico. Aunque innovó en el montaje y el uso de planos, su legado está permanentemente manchado por ser una poderosa herramienta de propaganda racista que revivió al Klan en la vida real.
Desayuno con diamantes

Este clásico indiscutible del romance y la moda de 1961 es recordado con cariño por la sofisticada actuación de Audrey Hepburn. Sin embargo, la película comete un error garrafal que arruina la experiencia para las audiencias modernas. La interpretación de Mickey Rooney como el señor Yunioshi.
Rooney, un actor blanco, utiliza un maquillaje grotesco, prótesis dentales exageradas y un acento fingido insoportable para retratar al vecino japonés de Holly Golightly. Esta representación no solo es un ejemplo ofensivo de yellowface, sino que reduce a la comunidad asiática a un chiste xenófobo de mal gusto. Lo que provocó que el clásico envejeciera especialmente mal.
Dieciséis velas

John Hughes fue el rey del cine adolescente de los años ochenta. Sin embargo, muchas de sus películas tienen giros que hoy resultan delictivos o profundamente machistas. El caso más grave de esta cinta ocurre cuando el protagonista, Jake (Michael Schoeffling), básicamente insinúa sexo no consentido. Eso, cuando le entrega a su novia borracha e inconsciente a un estudiante de primer año llamado The Geek.
Además, sugiriendo implícitamente que puede aprovecharse de ella sexualmente porque él ya no está interesado. La película normaliza la cultura de la violación y la falta de consentimiento como si fuera un chiste juvenil inofensivo. A esto se suma el personaje de Long Duk Dong (Gedde Watanabe), un estudiante de intercambio asiático que sirve exclusivamente como un estereotipo viviente. Eso, además, acompañado por el sonido de un gong cada vez que aparece en pantalla para subrayar su supuesta rareza.
La revancha de los novatos

Esta comedia, que en los años ochenta se vendió como una divertida victoria de los nerds contra los atletas populares de la universidad, hoy resulta terrorífica. En especial, por contener lo que parece una crónica de abusos sexuales y violaciones a la privacidad. Para ganar su disputa, los protagonistas instalan cámaras ocultas en el baño de la fraternidad femenina para espiarlas desnudas. Para después vender las fotografías y obtener beneficios económicos.
El acto más criminal lo comete el líder del grupo, Lewis (Robert Carradine), quien se disfraza con la máscara del novio de una de las chicas para tener relaciones sexuales con ella. Todo, mediante el engaño absoluto. En lugar de ser castigados por estos crímenes, la película celebra sus acciones como ingeniosas y triunfales. Hoy en día, la pornografía de venganza, el espionaje no consentido y la violación por fraude son delitos graves condenados con severidad social y legal.
¿De qué color me quieres?

La premisa de esta comedia de los ochenta es tan audaz como lamentable para los estándares actuales. La historia sigue a un joven blanco adinerado (C. Thomas Howell) que decide tomar pastillas para broncear su piel de manera extrema. Todo, fingir que es afroamericano, con el único objetivo de calificar para una beca universitaria reservada exclusivamente para minorías étnicas en la prestigiosa Universidad de Harvard.
Toda la película se apoya en el humor derivado del blackface y en la trivialización de las verdaderas luchas raciales de la época. Por lo que asume que el racismo es algo que se puede quitar y poner como si fuera un disfraz de fin de semana. Aunque la película intenta torpemente ofrecer una moraleja sobre la discriminación, su ejecución resulta tan insensible, paternalista y ofensiva que hoy resulta imposible de comercializar.
Ace Ventura, un detective diferente

Jim Carrey saltó al estrellato mundial gracias a su innegable carisma y su comedia física. Pero el clímax de su primera gran película es un despliegue masivo de transfobia y crueldad hacia la comunidad LGBT+. El gran giro de la trama revela que la villana, la teniente Lois Einhorn (Sean Young), es una mujer transgénero cuyo deadname es Ray Finkle. Cuando Ace Ventura descubre esto, su reacción inmediata es de un asco extremo. Se cepilla los dientes con desesperación, vomita en el inodoro y se quema la ropa.
En la escena final, Ventura expone a Einhorn desnudándola por la fuerza frente a todo un escuadrón de la policía. Uno además, que vomita colectivamente al descubrir su anatomía. Esta humillación pública y la patologización de la identidad trans como algo intrínsecamente repugnante y criminal chocan de frente con los derechos humanos actuales. Además de ser un acto de violencia inaceptable en la actualidad.
Amor ciego

En 2001, los hermanos Farrelly intentaron crear una comedia romántica con un mensaje bienintencionado sobre la belleza interior. Pero terminaron firmando una de las películas más gordofóbicas del inicio del milenio. El protagonista (Jack Black) es hipnotizado para ver solo la belleza espiritual de las personas. Algo que hace que vea a Rosemary (Gwyneth Paltrow usando un polémico traje de gorda) como una mujer delgada y escultural.
El humor de la película no nace de la supuesta lección de amor, sino de los chistes visuales recurrentes. Todos enfocados en el peso de Rosemary, como romper sillas, hacer saltar coches o comer cantidades colosales de comida de forma grotesca. El filme refuerza la idea de que los cuerpos grandes son inherentemente graciosos, indeseables o una anomalía que debe ser corregida por la mirada masculina.
Dos rubias de pelo en pecho

Esta comedia de los hermanos Wayans se ha convertido en un fenómeno de memes y nostalgia en internet. Pero su estructura interna ha envejecido de forma muy problemática en varios frentes. La premisa de dos agentes negros del FBI que se disfrazan de mujeres blancas adineradas mediante prótesis e instrumentan el whiteface es solo la superficie. El verdadero problema radica en la representación de las mujeres de la alta sociedad, retratadas como seres superficiales, histéricos y obsesionados con la delgadez extrema.
Además, la película incluye bromas recurrentes sobre el acoso sexual y el engaño físico que hoy resultan incómodas. El personaje de Latrell Spencer (Terry Crews) acosa de manera obsesiva y agresiva a una de las falsas gemelas. Lo que lleva a que cruce constantemente los límites del consentimiento, lo cual se presenta como un chiste recurrente. Por lo que, a pesar de su categoría de cinta de culto por su humor, la falta de sensibilidad hacia el acoso la hace problemática.
De boda en boda

Esta película es imprescindible para comprender el tono de la comedia de clasificación R de mediados de los 2000. Todo al mostrar a dos hombres adultos que mienten descaradamente para infiltrarse en bodas de desconocidos. Eso, con el único propósito de acostarse con mujeres vulnerables y emocionadas por el evento. Visto desde la óptica moderna, el comportamiento de los protagonistas no es pícaro ni encantador, sino profundamente manipulador, depredador y mitómano.
El momento más oscuro ocurre cuando el personaje de Vince Vaughn es atado a una cama por una mujer ninfómana. Por lo que, más tarde, otro personaje masculino lo agrede sexualmente por la noche en una escena que se maneja puramente como un chiste slapstick. La minimización de la agresión sexual hacia los hombres, además, sumada a la cosificación sistemática de las mujeres de la historia, desconcierta. Lo que hace que esta comedia romántica se sienta como un manual de comportamiento tóxico inquietante.
Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

Ben Stiller dirigió en 2008 esta sátira del ego de Hollywood y las películas de guerra que marcó un hito. Pero dos de sus elementos centrales siguen generando intensos debates en la actualidad. El mayor problema es el personaje de Robert Downey Jr., Kirk Lazarus, un actor del método blanco que se somete a una cirugía estética. Pero no cualquiera, sino una alteración de pigmento para interpretar a un sargento negro, utilizando el blackface durante toda la película.
Aunque la intención explícita del guion era burlarse de la pretenciosidad de los actores de Hollywood y no de la comunidad afroamericana, la imagen es chocante. Además, la película incluye al personaje de Simple Jack y el uso repetitivo y despectivo de la palabra “retardado” (retard) para referirse a personas con discapacidades intelectuales. Aunque se defienda como una sátira corporativa e intelectual, el uso de estos recursos resulta hiriente y problemático en nuestra época.

