Seguro que alguna vez te ha pasado. Llegas a un hotel o a casa de un amigo que te ha invitado a pasar el fin de semana en su ciudad. La cama es grande, cómoda y mullida, pero cuando te dispones a dormir eres incapaz de conciliar el sueño. Te pasas la noche dando vueltas y apenas descansas. Hay quien dice que lo que pasa es que extrañas cama ajena. Pero en realidad el problema no está en que tu cuerpo esté hecho únicamente a una almohada o un colchón. La clave está en el hecho de dormir en un lugar desconocido.
Este fenómeno, que prácticamente todos hemos experimentado, se conoce como “efecto de la primera noche" y ha llamado la atención de los científicos durante mucho tiempo. Siempre se ha considerado que se debe a que nuestro cerebro nos mantiene alerta por si hubiese algún peligro desconocido en el entorno. Tenía mucho sentido para nuestros antepasados. No tanto para un Homo sapiens del siglo XXI durmiendo en un hotel. Pero ahí sigue.
Lo que ha sido un misterio todo este tiempo es el mecanismo cerebral que conduce a ese efecto de dormir en cama ajena. Ahora, gracias a la investigación de unos científicos de la Universidad de Nagoya, podríamos tener por fin una respuesta. Eso sí, el estudio se ha realizado CON RATONES, así que quedaría comprobar si dichos mecanismos son extrapolables a humanos.
¿Por qué nos cuesta dormir en un lugar desconocido?
Lo que se ha sospechado todo este tiempo es que, cuando dormimos en un lugar desconocido, el cerebro lucha por mantenerse consciente en todo momento. Dormimos a ratos; pero, dicho muy coloquialmente, con un ojo abierto. Al estar en cama ajena y no conocer el entorno, podría haber alguna amenaza oculta y debemos estar alerta. Por lo menos era así para nuestros antepasados.

Las neuronas activadas por una cama ajena
Los científicos de la Universidad de Nagoya quisieron comprobar cuáles son los mecanismos cerebrales que nos impiden dormir en un lugar desconocido durante la primera noche. Para comprobarlo de una manera más rápida y sencilla, recurrieron a los ratones, aunque esperan poder estudiarlo también en humanos.
Con los roedores, realizaron un experimento consistente en registrar su actividad cerebral cuando dormían en su jaula de siempre o en una desconocida. Así, vieron que al dormir en un lugar desconocido aumentaba mucho la actividad en su amígdala. Esta es una región que, en los mamíferos, controla procesos cognitivos relacionados con las emociones y el estrés. Más concretamente, se activaban unas neuronas de esta región conocidas como IPACL CRF. Estas se encargan de liberar neurotensina, un neurotransmisor que facilita el envío de todo tipo de señales. Está involucrado en funciones tan diferentes como la motilidad intestinal, el control del apetito o la modulación del dolor. En este caso, se vio que esa neurotensina actuaba sobre la sustancia negra, un área de los ganglios basales cerebrales involucrada en los sistemas de recompensa, el aprendizaje, el movimiento y la regulación del sueño, entre otras funciones.

La sospecha de estos científicos fue que, cuando los ratones estaban durmiendo en un lugar desconocido, se ponía en marcha la amígdala, liberando una buena cantidad de neurotensina, que provocaría un estado de alerta e inhibición del sueño. Pero era necesario comprobar si realmente estaba ocurriendo eso.
¿Cómo lo comprobaron?
Para comprobar esto, probaron a inhibir artificialmente la función de las neuronas IPACL CRF. Después, repitieron el proceso y vieron que, efectivamente, cuando los ratones entraban en la jaula desconocida, podían dormir a pierna suelta. Bueno, a pata suelta.
¿Y ahora qué? ¿Para qué sirve cómo nos afecta dormir en un lugar desconocido?
El objetivo de esta investigación no es solo responder al misterio de por qué nos cuesta tanto dormir en un lugar desconocido. También es proporcionar estrategias terapéuticas para personas con afecciones que dificultan el sueño, como el estrés postraumático o el estrés crónico. Para estos pacientes, el cerebro está siempre en alerta, como si cada noche durmiesen en un hotel diferente. Pero, de nuevo, debemos recordar que el estudio se ha realizado solo en ratones. Habrá que comprobar si en humanos ocurre lo mismo. Si es así, estaríamos en el camino de posibles tratamientos muy interesantes.
