Todos hemos experimentado alguna vez esa desgana a la hora de realizar una tarea que sabemos que nos resultará estresante o problemática. Puede ser llamar a una compañía telefónica para discutir con un montón de máquinas hasta que alguien te solucione una incidencia. O quizás hablar con tu jefe sobre ese aumento que sabes que mereces pero que aún no te ha ofrecido. La recomendación general es no pensarlo y quitar la tirita de golpe, pero es lógico que nos cueste. Nuestro cerebro valora el esfuerzo de la tarea y, al comprobar que podría ser muy estresante, disminuye la motivación.
Este es un proceso natural, pero a veces llega a extremos que pueden incluso afectar a nuestro día a día. Por eso, un equipo de científicos de la Universidad de Kioto ha estado buscando cómo encender la motivación en el cerebro incluso cuando sabemos que la tarea en cuestión será un foco de estrés.
En un estudio realizado en macacos, han descubierto cuál es la conexión cerebral que impulsa esa falta de motivación. Además, han encontrado una forma de eliminar ese freno. Sería una gran ventaja, sobre todo si se comprueba que puede extrapolarse a humanos. Sin embargo, los autores del estudio advierten que levantar demasiado el pie del freno a veces puede ser muy perjudicial. Antes de encender el interruptor de la motivación, debemos saber buscar el punto justo de activación.
¿Cómo estudiaron la motivación en macacos?
Para comprobar si los macacos tienen también ese problema de motivación ante tareas estresantes, estos científicos realizaron un sencillo experimento.
Los primates debían llevar a cabo dos tareas. Si completaban la primera, recibían una recompensa en forma de agua. Si finalizaban también la segunda, recibían más agua; pero, además, un incómodo soplido de aire en la cara.
La ideal, a nivel de recompensa, sería completar las dos tareas. Doble ración de agua. El soplido de agua es incómodo, pero no perjudicial. Debería valerles la pena. Sin embargo, a la hora de decidir si realizaban cada tarea, con la primera no solían tener problema, pero con la segunda se quedaban paralizados. Ni siquiera lo intentaban.

Les pasa lo mismo que a nosotros. Después de la llamada con la compañía telefónica es posible que te solucionen un problema molesto. Tras la reunión con tu jefe quizás tengas un ascenso. Sin embargo, la posibilidad de tener que discutir o pasar un momento incómodo te frena.
¿Qué pasa mientras tanto en el cerebro?
Mientras los macacos decían si llevaban a cabo las tareas, se sometieron a pruebas de resonancia magnética. Así, los científicos podían observar los cambios generados en su actividad cerebral.
Esto les permitió comprobar que, ante las reticencias a empezar tareas demandantes, aumenta la actividad en una zona de conexión entre el estriado ventral (VS) y el pálido ventral (VP). La primera es una región involucrada en la recompensa, la motivación y el aprendizaje. Por su parte, la segunda se encarga justamente de recibir señales de la primera y llevarlas a otras partes del cuerpo.
Los autores de este estudio pensaron que, quizás, al comprobar que el esfuerzo sería estresante, el SV enviaría al PV una señal para bloquear la motivación. Por eso, se les ocurrió buscar una forma de frenar esa señal.
¿Cómo lo hicieron?
Tras pensar en distintos mecanismos, concluyeron que la mejor opción disponible sería a través de un mecanismo conocido como quimiogenética. Este consiste en introducir en el ADN de un individuo un receptor que se activa con una sustancia química determinada y, cuando lo hace, interfiere en una vía de señalización concreta. Es un proceso que se usa bastante en neurociencias porque, al introducir la sustancia química seleccionada, se pueden encender y apagar determinadas vías neuronales, entendiendo así mucho mejor su funcionamiento.
Cuando hicieron esto, comprobaron que no había cambios en la predisposición de los macacos a llevar a cabo la tarea sencilla. En cambio, sí que se observó mucha más motivación a la hora de emprender la tarea más estresante.

Cuidado: aumentar mucho la motivación puede ser peligroso
Cuando se convierte en algo extremo, la falta de motivación ante tareas estresantes se conoce como avolición y se relaciona con enfermedades como la depresión o el párkinson. Por eso, y porque cuando ocurre puntualmente también puede ser molesta, sería interesante que los humanos pudiésemos usar ese interruptor. Sin embargo, este mecanismo cerebral tiene su propia ventaja evolutiva. Nos ayuda a no comenzar tareas que realmente pueden suponernos un gran riesgo. Si perdemos esa capacidad de pensárnoslo dos veces, podríamos exponernos a tareas peligrosas en las que sí tendríamos mucho que perder. Por eso, si se llega a implementar algo así en un futuro, no debería hacerse a la ligera.
