Aunque hay unas personas más propensas que otras a ponerse rojas, todos nos hemos sonrojado alguna vez. Suele ocurrir cuando algo nos da vergüenza o nos hace sentir cohibidos y es más común cuando somos jóvenes. Las mujeres tienden a sonrojarse más que los hombres y en las pieles blancas se nota más cuando se ponen rojas. Ahora bien, más allá de eso, ¿por qué nos sonrojamos? ¿Hay alguna utilidad en ponernos rojos cuando sentimos timidez?
Según el artículo que acaban de publicar en The Conversation las profesoras de anatomía de la Universidad James Cook Amanda Meyer y Monika Zimanyi, sí que hay una explicación evolutiva al hecho de ponernos rojos. Según ella, es una utilidad social que indica honestidad, ya que podemos fingir timidez, pero nunca podemos fingir el sonrojo.
Dado que los humanos somos animales sociales, esa capacidad para sonrojarnos cuando pedimos una disculpa sincera o cuando un halago nos cala hondo nos resulta de gran utilidad. Y no solo a nosotros. Otros animales también son capaces de sonrojarse bajo determinadas circunstancias, aunque esa es otra historia.
¿Por qué nos ponemos rojos cuando algo nos da vergüenza?
Generalmente no sentimos vergüenza cuando estamos en peligro. Al contrario. Podemos incluso sentirla cuando alguien nos hace un halago. Sin embargo, nuestro cerebro sí que la detecta como una posible amenaza. Hay algo que nos incomoda y puede que tengamos que salir corriendo. Por eso, se pone en marcha el mecanismo de lucha o huida. El mismo que se pone en marcha cuando estamos cruzando un paso de cebra y vemos un coche que corre hacia nosotros sin frenar. El mismo que se activa cuando sentimos ansiedad.
Con este mecanismo, los músculos se tensan y preparan para luchar o salir corriendo, el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria aumentan para abastecerlos de oxígeno… Incluso se retira energía de funciones que en ese momento parecen secundarias, como la digestión. Todo va dirigido a luchar o huir. Hay muchas sustancias involucradas, pero destaca sobre todo la adrenalina. Cuando esta se libera, muchos de estos mecanismos se ponen en marcha. Los vasos sanguíneos de casi todo el cuerpo se contraen; pero, curiosamente, los de la cara se dilatan. Eso provoca que se acumulen más sangre en esa zona y, por lo tanto, la piel se vea más roja.

Además del cambio de color, cuando nos ponemos rojos también aparece en la cara una gran sensación de calor. Esta nos hace darnos cuenta de que nos hemos sonrojado, de modo que nos da aún más vergüenza y seguimos poniéndonos rojos. Es una reacción en cadena.
¿Cuál es la función?
Según las profesoras de la Universidad James Cook, cuando nos ponemos rojos estamos demostrando a quien nos rodea que somos honestos. No fingimos una falsa modestia ni arrepentimiento. Si de verdad nos arrepentimos de algo que hemos hecho, posiblemente al mencionárnoslo nos sonrojemos, demostrando a quién está con nosotros que nos hemos arrepentido de verdad. Es una ventaja que nos ayuda a vivir en sociedad.

Ocurre lo mismo con los piropos. Hay estudios que demuestran que la mayoría de niños se sonrojan cuando alguien les dice halagos exagerados. En el caso de los niños con rasgos narcisistas ocurre algo curioso. Con los halagos exagerados no se ponen colorados, pero sí lo hacen con los intermedios, ya que en realidad se trata más bien de la incomodidad por sentir que no les están diciendo lo que se merecen. Es algo distinto. Pero, en general, la realidad es esa. Cuando somos pequeños la mayoría de nosotros nos ponemos rojos si nos dicen un halago o si creemos que hemos hecho el ridículo. También cuando nos hacen darnos cuenta de algo que hemos hecho mal. En general, hacerlo es un rasgo de que todo funciona bien en nuestro sistema nervioso. Aunque, por muy bien que funcione, parece que a medida que nos hacemos mayores, nos ponemos colorados con mucha menos frecuencia. Empieza a darnos un poco más igual lo que piensen de nosotros.
