El mundo de los wearables está aún en fase beta. Todas las grandes compañías de la industria tecnológica están volcándose con estos productos y apuestan por este nicho de mercado, pero no hacen más que tantear y explorar diversas posibilidades. Ninguna ha encontrado aún el camino perfecto a seguir con los wearables.

Como parte de esa experimentación, Samsung presentó el Samsung Gear S, un nuevo smartwatch con Tizen cuya principal característica es la inclusión de conectividad 3G, algo que habíamos visto en wearables de algunas startups pero no en ninguna de las grandes del sector. Y es que todas las compañías están asumiendo que los wearables deben funcionar de forma conjunta a nuestro smartphone y no de forma independiente, de ahí que desprecien la conectividad 3G. Pero, ¿y si están equivocadas?

Con los wearables actuales, una de las críticas más repetidas es “no aportan nada especial que no haga ya mi smartphone, el cual vive en mi bolsillo”. Y es cierto, los wearables, a día de hoy, son totalmente prescindibles, pues son, simplemente, una segunda pantalla de nuestro smartphone. ¿Recibimos un mail? Lo contestamos desde el reloj en lugar de sacar el móvil y hacerlo desde él. ¿Queremos cambiar de canción? Lo hacemos desde el reloj en lugar de sacar el móvil y hacerlo desde él. Y así con todo. ¿Por qué hacerlo desde el reloj cuando el smartphone está en nuestro bolsillo?

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Pero, ¿y si en lugar de ser una segunda pantalla fueran dispositivos independientes? Es decir, poder dejar nuestro smartphone en casa en determinados momentos y hacerlo todo desde nuestro reloj/wearable. Un ejemplo: sería maravilloso poder dejar nuestro smartphone en casa (para evitar cargar con él y, además, posibles daños) y salir a correr solo con nuestro smartwatch, en el cual tendríamos acceso a Spotify, recibiríamos notificaciones de nuestro correo, llamadas importantes, mensajes… En esa situación, por ejemplo, es mucho más cómodo y práctico llevar un simple smartwatch que un smartphone (que además, teniendo en cuenta el aumento de tamaño de los mismos, cada vez resulta más incómodo de llevar con nosotros).

Hace algunos años, los smartphones irrumpieron el mercado y acabaron sustituyendo a los ordenadores en una gran cantidad de tareas. Sí, existían limitaciones –sobre todo a la hora de trabajar–, pero muchas de ellas se han ido solventando con el paso del tiempo y el perfeccionamiento del concepto. En este caso, ocurriría lo mismo: los smartwatches, en lugar de ser una segunda pantalla de nuestro móvil, reemplazarían de forma independiente a los smartphones en una gran cantidad de situaciones –en las cuales, serían más útiles y prácticos que los smartphones gracias a su form-factor–, como la anteriormente citada.

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Es cierto que también existirían situaciones en las que, debido a las limitaciones de los smartwatches, no tendríamos más remedio que recurrir a nuestro smartphone; pero, ¿acaso no hacemos ahora exactamente lo mismo con nuestros móviles y ordenadores (existen situaciones en las que no tenemos más remedio recurrir al ordenador por las limitaciones de los smartphones)? Y es que el eje central de este asunto no es “qué puede hacer un wearable que no haga un smartphone”; el eje central es “en qué situaciones me resultaría más útil un wearable (por su form-factor) que un smartphone”. Si partimos de esa premisa, queda claro que un smartwatch independiente de nuestro smartphone puede ser mucho más útil y práctico en una gran cantidad de situaciones.

Pero para llegar a esa situación, debemos dotar primero de independencia a los smartwatches. Y para ello, la conexión de datos (ya sea 3G o 4G), es algo esencial. Así pues, quizá Samsung no esté tan equivocada como muchos pensábamos (entre los que me incluyo) y dotar de conexión de datos a los wearables sea una buena decisión para el futuro de los smartwatches. Eso sí, las operadoras también tendrán que colaborar con la causa ofreciendo duplicados de SIMs gratuitos (para tener en smartphones y en el smartwatch) o creando tarifas adaptadas a estos nuevos gadgets.