La exposición de Virxilio Vieitez qeu estos días podemos ver en el Espacio Telefónica es una de las mejores cosas que podemos hacer si queremos ser fotógrafos. Es la prueba más evidente que existe de que el buen fotógrafo nace. Los demás nos tenemos que hacer alrededor de ellos.

Virxilio Vieitez

Virxilio Vieirez (1930-2008) fue un fotógrafo gallego de encargo. Es decir, que sólo disparaba si le pagaban. Esta aparente falta de amor al oficio (se jubiló aburrido) no es más que una visión comercial llevada al extremo en una época y lugar poco dado al idealismo. Ante todo era un profesional muy valorado en su mundo, y un maestro para muchos cuando empezamos a ver sus fotos en 1998. Jamás salió de su pueblo cuando se estableció como fotógrafo. En su juventud estuvo en Cataluña, donde aprendió la profesión, pero toda su labor se desarrolló en Soutelo de Montes y alrededores. Fue capaz de crear un universo propio a partir de un pequeño pueblo. El mundo de Virxilio.

Era una época donde el fotógrafo tenía el mismo prestigio que el farmacéutico, y estaba presente en los acontecimientos más importantes de las familias. Desde los nacimientos hasta los entierros. Los pueblos y las aldeas rebosaban de movimiento, de idas y venidas. Obtenían la ayuda de todos los emigrantes del lugar. El propio Virxilio estaba seguro que los países latinoamericanos están llenos de su obra, pues era costumbre muy arraigada enviar imágenes para demostrar cómo se aprovechaba el dinero que recibían los que se habían quedado en casa.

Y existía otro motivo más triste, el mundo de las herencias. Era necesario certificar de alguna manera el fallecimiento, antes de tener que venirse del otro lado del Atlántico o para aprobar la lectura del testamento. La fotografía de muertos era entonces necesaria y se veía con naturalidad. En otras regiones de España era de lo más normal tener una fotografía del muerto en su ataúd o en actitud cotidiana en el álbum de la familia.

Hacerse fotos era un acto social y contratabas al fotógrafo del pueblo, no podías confiar en el sobrino que tenía una cámara muy buena porque era imposible. Virxilio debía ser muy autoritario, y sabia imponerse a la gente para que mirara y posara como él sabía que podía quedar bien la imagen. Nunca fallaba. Es impresionante descubrir que su famosa frase:

Yo estudiaba la papeleta y cuando apretaba el disparador eso era el tiro seguro

es cierta. Nunca perdió un disparo o hizo uno de más. Incluso los niños, grandes rebeldes a la hora de posar, no pestañeaban delante de sus cámaras. Y en la exposición hay testimonios que lo certifican. Todas sus imágenes tenían su sello, su estilo, sin saber nada más que los rudimentos básicos de exposición, pero con un don para mirar que no deja indiferente. Nunca había oído hablar de Avedon, de Penn, o de Cartier Bresson, al que conoció personalmente en París. El francés, como le llamaba Virxilio, eligió una de sus fotografías para su libro Mis fotografías favoritas. Sin embargo, a nuestro ilustre gallego no es que le gustara mucho la obra de sus colega… no era nítido y se quedaba corto de luz…

Pero vamos a descubrir dos de los motivos por los que Virxilio Vieitez, un fotógrafo de pueblo, fuera de los circuitos del arte, se ha convertido en uno de los más importantes de España, de Europa y del mundo:

  • Decidió romper con la tradición y sacó el estudio a la calle, donde estaba el mundo real. En vez de hacer retratos entre cuatro paredes siempre iguales, sacó todos los ornamentos a la acera para que la gente se sintiera bien con su entorno. Valía cualquier cosa, desde un tiesto a una radio, unas berzas o el avión de juguete. La frescura, sinceridad y frontalidad de estas imágenes desarma a cualquiera. La primera vez que las vemos pueden parecer una broma, pero no hay propuesta estética más interesante y mejor realizada en el panorama de la época. Hoy son además auténticos documentos de una época. Sus fotografías remiten a otros fotógrafos con el don de retratar el lugar donde viven.

  • Los retratos del documento nacional de identidad son de una fuerza impresionante. Pongámonos en situación. En los años 60 es obligatorio en España poner una foto en el documento de identificación y en los libros de familia. Así que Virxilio recorre toda la comarca con una tela blanca para que los habitantes cumplan con la ley. Esos retratos, que parecen inspirados por Richard Avedon, los podemos ver en la exposición como si se cruzaran ante nosotros. Una sensación muy bien conseguida. Y el acierto de positivar el negativo completo, se lo debemos a la acertada decisión de Keta, la hija.

Virxilio Vieitez II

No puedo más que recomendar la visita al Espacio Telefónica (un centro de exposiciones impresionante, lo mires por dónde lo mires) y descubrir la historia y obra de un fotógrafo que gracias al esfuerzo de su hija, que expuso unas pocas obras en el pueblo en 1997 para dar a conocer su trabajo, llega hasta nosotros con una fuerza inusitada. Y sólo podemos ver 300 fotografías de más de 55000 catalogadas.