La polémica del World Press Photo 2013 es la imagen ganadora de Paul Hansen, y ya está en boca de todos. Que si tiene mucho retoque, que si rompe los pilares del fotoperiodismo… Muchos ataques para una fotografía de la que hemos podido ver el RAW original.

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Ya hemos hablado de dicha imagen en ALTFoto. Refleja la crudeza de los tiempos convulsos que no hemos dejado de vivir. La muerte y su esbirra la guerra, pasean tranquilamente por todo el mundo cebándose con los más débiles. En este caso en la ciudad de Gaza. Fue publicada el 20 de noviembre, seguramente al día siguiente de realizarse, o gracias a las tecnologías, horas después.

Paul Hansen es un buen fotógrafo sueco que ha trabajado en muchos de los conflictos actuales, en los países más castigados. Compone bastante bien, se acerca mucho gracias al uso de ópticas angulares. Al parecer, la foto ganadora está tomada con un 16 mm. Eso quiere decir que es un profesional serio e implicado. No permanece alejado y para conseguir la fotografía tiene que dejarse ver y hablar con los retratados. Eso por un lado. Pero si nos fijamos en sus trabajos en color, podemos ver que a Paul Hansen le gusta el revelado más que a un niño un caramelo. Ojo, he dicho revelado, no retoque. Y por aquí voy a seguir.

Paul Hansen se pasa muchas horas delante de la pantalla, para dar a sus trabajos una estética y estilo propios. Oscurece, aclara, da contraste, brillo y esplendor con las herramientas que tenemos hoy los fotógrafos. Pero no elimina ni añade nada que no estuviera en el archivo original. A lo sumo, puede que recorte para centrar más la atención. ¿Eso está mal? ¿No se puede hacer en un documento periodístico? ¿Está bien hacer atractivo el dolor humano? Todas estas preguntas pueden dar lugar a un apasionante debate en el que nunca llegaremos a un acuerdo, pero siempre podemos tener presentes las palabras de Susan Sontag en Ante el dolor de los demás:

Quienes insisten en la fuerza probatoria de las imágenes que toma la cámara han de soslayar la cuestión de la subjetividad del hacedor de esas imágenes. En la fotografía de atrocidades la gente quiere el peso del testimonio sin la mácula del arte, lo cual se iguala a insinceridad o mera estratagema. Las fotos de acontecimientos infernales parecen más auténticas cuando no tienen el aspecto que resulta de una iluminación y composición «adecuadas», bien porque el fotógrafo es un aficionado o bien porque —es igualmente útil— ha adoptado alguno de los diversos estilos antiartísticos consabidos. Al volar bajo, en sentido artístico, se cree que en tales fotos hay menos manipulación —casi todas las imágenes de sufrimiento que alcanzan gran difusión están en la actualidad bajo esa sospecha— y es menos probable que muevan a la compasión fácil o a la identificación.

La conciencia del sufrimiento que se acumula en un selecto conjunto de guerras sucedidas en otras partes es algo construido. Sobre todo por la forma en que lo registran las cámaras, resplandece, lo comparten muchas personas y desaparece de la vista. Al contrario de la crónica escrita —la cual, según la complejidad de la reflexión, de las referencias y el vocabulario, se ajusta a un conjunto más amplio o reducido de lectores—, una fotografía sólo tiene un lenguaje y está destinada en potencia a todos.

La fotografía está, entre otras muchas cosas, para denunciar situaciones injustas. Esa es la misión del fotoperiodista. La forma en la que lo consiga es asunto del propio fotógrafo, siempre y cuando no invente nada. Si al revelar la fotografía consigue mayor dramatismo y que la imagen comunique más, bienvenido sea. Y lo que hace Paul Hansen no es nuevo. Mucha gente se llevaría las manos a la cabeza si supieran que uno de los trabajos más famosos de Eugene Smith está manipulado. El trabajo de Deleitosa, para denunciar el régimen dictatorial de Franco, es un ensayo fotográfico en el que el autor no dudo en hacer repetir escenas a los habitantes del pueblo hasta conseguir el punto dramático que buscaba. Cuando se publicó, consiguió que la figura de Franco fuera denostada en los Estados Unidos. Él tenía una idea en la cabeza, y se sirvió de la subjetividad de la fotografía para hacerlo; o el famoso retrato de Picasso de Irving Penn está tremendamente recortado; o los positivos de Ansel Adams tan retocados…Saber estas cosas no hace que su obra pierda fuerza.

La fotografía de guerra siempre estará en entredicho, y siempre generará polémica, pero lo único cierto es que sin estas fotos nunca nos hubiésemos enterado o creído que el ser humano era capaz de generar tanto horror.