Madre emigrante de Dorothea Lange es la fotografía más famosa de la Gran Depresión americana de los años treinta, cuando los agricultores de los Estados Unidos se vieron afectados por una de las crisis más duras del siglo XX.

Dorothe Lange

Estados Unidos estaba empezando a despertar, y muy pronto se convertiría en el país más poderoso de la tierra. Pero en los años treinta, sus grandes extensiones agrícolas sufren una de las peores sequías de la historia. Este hecho, combinado con la tremenda crisis del 29, que parece similar a la actual, obliga a miles de agricultores a desplazarse en busca de trabajo y alimento. El presidente Roosevelt pone en marcha el New Deal, con el fin de ayudar a los más desfavorecidos. Para documentar la ayuda social emprendida durante esta época por Farm Security Administration, el gobierno contrató a los mejores fotógrafos para que los ciudadanos de las ciudades industriales conocieran las condiciones de la América rural y vieran los progresos del gobierno en política social, uno de los grandes éxitos de aquel período. Entre los contratados estaba Dorothea Lange y consiguió la foto más representativa con el retrato de Florence Thompson.

Aunque algunas fuentes dicen que la fotografía está hecha con una Leica, pero con toda seguridad, como podemos ver en la Biblioteca del Congreso las seis fotografías que hizo durante aquel encuentro se tomaron con una cámara de gran formato, lo que llama aún más la atención, por la dificultad de moverse con un aparato de 4×5 pulgadas por las zonas más deprimidas de aquel entonces. Eso explica la poca profundidad de campo que tiene la imagen y su impresionante calidad técnica. El organismo buscaba la más alta calidad para publicitar los esfuerzos del gobierno.

La fotografía está envuelta en la polémica, pues la autora contó lo siguiente:

Me acerqué a la madre hambrienta y desesperada, como atraída por un imán, no recuerdo cómo le expliqué mi presencia o de mi cámara, pero sí recuerdo que no me hizo ninguna pregunta, hice cinco exposiciones, fotografiando cada vez más cerca de ella, no le pregunté su nombre ni su historia, ella me dijo su edad, que tenía treinta y dos, que habían estado viviendo en los campos de verduras de los alrededores, que acababa de vender los neumáticos de su coche para comprar alimentos, estaba sentada en esa tienda con sus hijos acurrucados a su alrededor, parecía saber que mis fotos podrían ayudarla, y ella me ayudó. Había una especie de igualdad respecto.

Pero la mujer retratada, que se reconoció años más tarde en la fotografía, contó algo muy distinto:

Desearía que ella no hubiera tomado mi imagen. No puedo hacer ni un centavo de ella. No preguntó por mi nombre. Ella dijo que no vendería las fotos. Ella dijo que me enviaría una copia. Ella nunca lo hizo.

En estos casos no se sabe quién tiene razón. Las únicas que estaban allí eran ellas dos. Lo único que podemos saber los que contemplamos hoy la fotografía es que el rostro melancólico y duro de una madre rodeada por sus hijos, que están apoyados en su único sustento, y el bebé que duerme en sus brazos. Nos inspiran compasión. Y ese era el objetivo de la fotógrafa. Gracias a esta imagen, perfectamente compuesta, se recaudó muchísimo dinero para ayudar a las familias más desfavorecidas.

Otro tema, y muy importante en estos casos, es la ética del fotógrafo frente a una situación dada. ¿Está bien aprovecharse de la imagen de alguien para conseguir un determinado fin sin su consentimiento? ¿Debería haber actuado de otra manera nuestra fotógrafa? Son preguntas nada fáciles de responder. Muchos, como Susan Sontag, han intentado explicarlo, pero creo que aquí cuenta mucho la actitud y la forma de ser de cada uno.

Dorothea Lange sabía que estaba ante la oportunidad de su vida. Iba a cumplir con su contrato con creces. Y no pudo dejar de disparar. Lo mismo sucede con otras fotografías que han pasado a la historia, como la de Kevin Carter en África, los trabajos de Sebastiao Salgado o los de James Natchwey. Sus fotos pueden ayudar a cambiar las cosas a nivel general, pero a costa de aprovecharse a nivel particular de una situación. Creo que es un tema de discusión apasionante. ¿Qué pensáis?