Juan Manuel Castro Prieto es uno de los fotógrafos españoles que mejor conoce la obra de sus colegas, pues es uno de los mejores positivadores de España. Su trabajo sobre Perú, y en concreto su obra Hacia Machu Picchu lo descubrió al mundo como un fotógrafo enorme.

Juan manuel castro prieto

Juan Manuel Castro Prieto es economista como Sebastiao Salgado, pero se dejó envenenar por la fotografía muy joven:

…es un asunto muy peligroso que rompió muchas carreras universitarias. Las ha destrozado entre comillas, claro, porque sobre lo roto creó una nueva vida.

Durante mucho tiempo sólo era conocido por positivar los trabajos de algunos de los autores más importantes del panorama nacional como Alberto García Alix, Cristina García Rodero o Chema Madoz. Y algunos han reconocido las broncas «cariñosas» que reciben del laborante cuando ve cómo son los negativos. Es un hombre que hace magia con los originales. El principal motivo es porque trata de entender el estilo de cada uno.

En 1990 partió a Perú con el encargo de copiar las mejores placas de uno de los grandes fotógrafos peruanos: Martín Chambi. Conseguía dos cosas: conocer a fondo la obra de uno de sus fotógrafos favoritos y tener la oportunidad de conocer a fondo uno de los países más fascinantes del planeta. Ese fue el primero de muchos viajes a Perú y, cómo no, como buen fotógrafo, no pudo dejar sus cámaras en casa.

Conforme iba positivando las placas de Chambi, iba viendo que sus propias fotografías cobraban vida propia, y cuando terminó su trabajo en el estudio del mítico fotógrafo, continuó con su gran proyecto Perú, viaje al sol:

Once años, nueve viajes, miles de kilómetros en auto, en caballo, en barca o a pie, 30000 negativos y muchas horas pensando en Perú y disfrutando. Todas han sido experiencias extraordinarias, incluso los momentos difíciles, y al final he terminado conociendo mejor y queriendo más a las gentes del Perú.

Es un trabajo monumental que cuando se expuso por primera vez, allá por 2001, dejó a todos los visitantes con la boca abierta, pues pocos sabían que ese maestro de los químicos era un genio con las luces. Sus fotografías son la prueba viviente de que con un dominio impecable de la técnica puedes dar vida a los sueños que pueblen tu cabeza. Lo más impresionante es que la mayor parte de las fotografías de la serie están hechas con una cámara de 20×25 cm, y parece, si no fuera por los juegos que realiza con ambos montantes para lograr esos desenfoques que remiten a un mundo onírico e imaginado.

Una de las fotografías que más se recuerda es la que abre este artículo, Hacia Machu Picchu. Es una de las más sencillas pero una de las más evocadoras. En ella vemos un camino, una curva y una figura humana, una señora que lo atraviesa. En ese momento hace muy mal tiempo. Está nublado y quizás llueve. Y un rayo de sol, que no vemos, ilumina el blanco camino, sumiendo el paisaje que lo rodea en la oscuridad. La fotografía se puede resumir en un trazo blanco sobre negro. La simplicidad en su máxima expresión.

Juan Manuel Castro Prieto sabe lo que tiene que hacer para conseguir un positivo de estas características. Conoce perfectamente su cámara. Y lo más importante, sabe cómo revelarla, cómo interpretarla para que en la memoria del espectador predomine lo que el autor quiso ver y no quedarse en un mero virtuosismo técnico, algo en lo que caen muchos informáticos, digo fotógrafos hoy, perdón. Él mismo reconoce que esta doble faceta es complicada:

Es un peso. La gente se confunde: unos me conocen por positivar y otros como fotógrafo. Y mezclan las cosas, hasta el punto de que muchas veces me siento incómodo. Por ejemplo, en las presentaciones de exposiciones o libros, cuando dicen: «hace los positivos de fulano y mengano. Y, además, es fotógrafo». El laboratorio es una forma de ganarme la vida que me quita tiempo para tomar fotos y que cerraría si pudiese. Además, insisto, da ocasión a que me echen para atrás con frases despectivas como «bueno, es un positivador». Si me preguntas con qué oficio me siento identificado, respondo que como fotógrafo.

Es muy significativo que con una sola exposición, Castro Prieto se convirtiera en un clásico. Luego han venido muchas más, como la dedicada a Etiopía, en la que siguió profundizando en las posibilidades de la fotografía como vehículo de expresión.