Quizás no sea la fotografía más famosa de Miles Davis, pero creo que es uno de los mejores retratos que hizo Irving Penn, el mayor de los fotógrafos retratistas justo un peldaño por debajo de Richard Avedon. Con esta fotografía enseñó nuevos caminos para retratar.

Irving Penn

En 1986 Miles Davis era leyenda. Su vida era la historia del jazz. Había pasado todo tipo de infiernos, desde las drogas hasta la soledad, pero era capaz de hacer llorar a las piedras. Quién no haya escuchado todavía Kind of blue, que grabó en 1959, no sabe qué es la música ni el sentimiento. Era un genio.

Irving Penn es uno de los más grandes fotógrafos de la historia. Nació en 1917 y murió, sin demasiado ruido, en 2009. Jamás fue tan conocido como su compañero Richard Avedon, uno de los referentes de los años dorados de la moda en Nueva York. La historia de ambos, puede ser como la de Mozart y Salieri, popularizada por la película de Milos Forman, o la de Miguel Indurain con Tony Rominger… Ambos eran buenos, pero uno siempre destacaba por encima del otro. Lo que pasa que Irving Penn no tenía ninguna necesidad de competir. Fue un fotógrafo minucioso, que trabajó para algunos de los medios más famosos de aquella época dorada, como Vogue o Harper´s Bazzar. De hecho, fue el gran Alexey Brodovitch quien le contrató como becario, sin pagarle, durante un verano. En cuanto comprendió su grandeza le tuvo bajo su brazo hasta que nuestro fotógrafo decidió crear su propio estudio en 1953. Desde entonces hasta su muerte fue fiel a su estilo.

Fue uno de los primeros que huyó de los fondos abigarrados y barrocos tan comunes en la fotografía. Hoy nos parece normal y estereotipado poner a los modelos en un decorado neutro, blanco o negro. Él, junto con Richard Avedon, fue el primero que se dio cuenta que los personajes tenían tanta fuerza por sí solos que no necesitaban ningún complemento en el fondo. Una buena iluminación, un mucho de psicología y un poco de técnica bastaban para conseguir los retratos que a todos los que queremos ser fotógrafos nos hace inclinarnos con sumo respeto y devoción.

La única diferencia entre Avedon y Penn, hermano por cierto del gran cineasta Arthur Penn, es que este último nunca abandonó el estudio, ni siquiera cuando salía a recorrer el mundo para fotografiar a los personajes más dispares y exóticos que unos occidentales podían imaginar. Iba siempre con una especie de tienda de campaña en la que replicaba las luces dirigidas y controladas de un estudio. Y tampoco dejaba en casa su cámara de formato medio. Los grandes negativos que sacaba le permitían hacer fuertes reencuadres como podemos observar en su famoso retrato de Picasso.

Pero volvamos a la fotografía que abre estas líneas. Forma parte de una sesión para ilustrar el disco de Miles Davis Tutu, de 1986, en homenaje al primer arzobispo anglicano negro de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. No es uno de los mejores discos del gran trompetista, pero el trabajo gráfico permanece como uno de los mejores de todos los tiempos. En la portada del disco sale de la penumbra el fuerte rostro de un genio consumido. Y en el interior, vemos la mano de Miles, tocando su instrumento invisible con una precisión que parece que se escapa una nota del papel. Qué bueno cuando se cuidaban tanto las portadas de los discos.

Esas manos que han tocado junto a Charlie Parker, John Coltrane, Bill Evans o Herbie Hancock; que han sido las que le inyectaron las drogas que le hundían en la miseria y le hacían resurgir interpretando Round Midnight; esas manos que le protegieron durante los ataques que recibía de los racistas… son las manos que hizo posar Irving Penn, frente a un fondo neutro inspirado por el pintor zaragozano Francisco de Goya, para sacar toda la esencia del personaje Miles Davis. No hace falta ver el rostro de alguien para saber cómo es. A veces unas manos sacando notas al aire bastan. Esa es su lección. Y lo que tenemos que aprender.