Hace tiempo recomendé en esta página la lectura del libro El club del bang bang, así como ver la película. Ambas son muy difíciles de encontrar, por no decir imposible. La película, traducida como Imágenes del alma, es una buena adaptación de la historia, pero está bastante edulcorada, y eso que es muy dura. Sobre todo la figura de Kevin Carter y la famosa fotografía que terminó por destrozar su vida.

Kevin-Carter

Después de releer el libro en cuestión, me he vuelto a plantear las dudas que me asaltan acerca de los reporteros que cubren las guerras, los atentados y todos aquellos hechos que convierten al mundo en una parada al infierno. James Natchwey tituló uno de sus libros precisamente Inferno. Y aquél que sea capaz de verlo sin pestañear o sin cerrarlo en algunos momentos, no tiene sangre en la venas.

Sé que yo no sirvo para estas cosas. He estado en algunos sitios y en algunos momentos en los que he sido incapaz de llevarme la cámara a los ojos, o que lo he conseguido después de retirarme a respirar durante unos minutos para poder volver y enfrentarme. Fueron experiencias que me marcaron. Una fue en África, y la otra fue durante el mayor atentado en Europa.

Por eso he llegado a entender que los que trabajan y consiguen las fotografías que a todos nos hacen reflexionar son personas hechas de otra madera. Todos tienen una forma de mirar especial. No sé si como la mirada de los soldados que vuelven de una guerra. Y aunque conozco a fotógrafos que han estado en zonas de conflicto, ninguno me ha confesado lo que sienten por la noche. Y desde luego, no tienen obligación de contárselo a nadie. Es algo muy privado.

Por eso me llama mucho la atención en las escuelas y en los foros donde muchos estudiantes de fotografía confiesan su debilidad por la fotografía de guerra y que sueño es ir de corresponsal a cubrir una. Y lo dicen como si fuera ir a la vuelta de la esquina a comprar pan. La gran mayoría de los que conozco se ahogarían nada más llegar porque les falta algo muy importante: la experiencia. Para ir a una guerra o una zona de conflicto, como fotógrafo, hay que tener mucha personalidad, haber conocido las situaciones más duras de tu ciudad, y ser capaz de desenvolverte perfectamente con las autoridades y con los olvidados de la tierra. Y tener la cabeza en su sitio.

Kevin Carter se hizo mundialmente famoso con la fotografía de una niña acechada por un buitre. Todo el mundo la publicó, todo el mundo la comentó y cuando recibió uno de los premios más prestigiosos del fotoperiodismo, el Pulitzer, empezó a ser criticado. No se sabía si ayudó o no a la niña, si espantó al buitre, o si se limitó a hacer una fotografía que sabía que iba a hacerle famoso.

Es muy esclarecedor la opinión de la directora fotográfica del Times, periódico donde apareció por primera vez la fotografía de Carter:

Recuerdo que tanto Nancy Buirski como yo estábamos incómodas. Si estaban tan cerca del puesto de auxilio y la pequeña estaba en el suelo, entonces, una vez tomada la fotografía -que creo que era una cosa importante-, ¿por qué no había ido a buscar ayuda? ¿Qué se hace en casos como ese? ¿Cuál es la obligación de los profesionales de las noticias que se encuentran con la tragedia frente a ellos? No lo sé; tengo la impresión de que lo humano es inseparable de lo profesional. Si está a punto de suceder algo terrible y puedes evitarlo, si puedes hacer algo por ayudar una vez que has acabado tu trabajo, ¿por qué no hacerlo? Aquello me preocupaba como persona. Lo podría haber hecho, no le habría costado nada…

Eso es lo que pensamos todos. Pero no estábamos ahí. Es imposible saber cuántas personas había alrededor. La fotografía se distingue precisamente por ser totalmente subjetiva, al encuadrar las cosas como queremos que se vean. A lo mejor esa niña estaba rodeada por el personal del banco de alimentos al que se dirigía. A lo mejor el buitre estaba mirando a un animal muerto -algo más probable-… pero Kevin Carter fue capaz de dar ese punto de vista que conmocionó al mundo.

Kevin Carter se suicidó, dicen que por el complejo de culpa de no haber ayudado a la niña. Pero aquí es donde quería llegar.  Llevaba tiempo deprimido, sumergido en un infierno de drogas y alcohol, y con una vida personal destrozada por su personalidad inestable. Las dudas sobre su comportamiento fue la gota que colmó el vaso. Un fotógrafo de guerra tiene que ser como una roca. Alguien que pueda desconectar cuando las cosas están más tranquilas. Y eso es algo que no todo el mundo puede aguantar. Para ser fotógrafo de guerra, médico, cooperante, enfermera…hay que ser especial. Y como siempre que hablo de estas cosas, os remito a la película Fotógrafo de guerra y a leer todo, absolutamente todo, lo que escribe Gervasio Sánchez, además de contemplar sus fotografías, y desear que los políticos las vean con los ojos bien abiertos.