Como hemos visto en el anterior artículo, un  retrato nunca hay que afrontarlo de manera precipitada, sin tener ideas previas de cómo hacerlo. Una buena idea es fijarse siempre en todos los retratos que veamos en las revistas y en los libros, una fuente de inspiración inagotable para los momentos en los que estamos en blanco.

Camas-y-mesas

Una de las aspectos que más desarrollan los libros dedicados a este tema es cómo situar al sujeto según la fisonomía de sus rostros, cosas como si tiene el rostro redondo situarle de tres cuartos, o si tiene entradas, colocar la cámara en una posición baja. Sinceramente, estás directrices sólo tratan de camuflar realidades, ¿por qué un rostro redondo es feo?, ¿por qué hay que ocultar la calvicie? Cuando una persona sale relajada y expresiva siempre se lo agradecerá al fotógrafo que ha sabido mirar dentro y no se ha centrado en los estereotipos.

La luz siempre hay que tenerla en cuenta. Nunca coloquemos el rostro del modelo en sol y sombra -o sí, lo bueno de las reglas fotográficas es que hay que saltárselas-. O siempre tendemos a colocar al modelo frente al sol, desfigurando su expresión. Las sombras siempre tienen su lado positivo en este mundo de la imagen.

Hay dos formas de enfrentarse a un retrato. O bien integramos a la persona en su entorno, o la aislamos totalmente. Pero siempre tenemos que conseguir que sea el protagonista absoluto de la imagen.

Aislar a la persona

  • A la hora de componer, es mucho más fácil quitar toda distracción. El modelo siempre va a ser el centro de atención. Como tal, hay que conseguir que su rostro atraiga, y no sólo a nosotros porque le conocemos, también a cualquier persona que contemple la fotografía. Para conseguirlo tenemos que prestar especial atención a  su expresión, a su mirada (realmente lo más difícil de esta especialidad).
  • Contra un fondo neutro, ya sea blanco, negro o si nos volvemos locos, rojo, y con una luz lo más simple posible, como puede ser la luz en una sombra, o un foco cenital a 45º grados del sujeto, dispararemos al modelo en los momentos que veamos que podemos conseguir una gran foto (si lo supiera, vendería el secreto y me haría millonario), dirigiéndolo siempre según la idea que tengamos. La improvisación funciona sólo cuando estamos preparado.
  • El retrato siempre funciona mejor (hay menos espacios vacíos) en formato vertical o cuadrado, una vez recortada la fotografía para emular los formatos clásicos de 6×6. Y situarle respecto al encuadre, según convenga. Si optamos por el centro, la imagen va a resultar más reposada, y según la actitud del modelo, más estática. Por eso, para dar vida, puede interesar desplazar al modelo hacia uno de los lados del encuadre.

Integrar en el entorno

  • Otro tipo de retrato bien distinto es aquel que fusiona al retratado con el entorno, con el que compite muchas veces en importancia. La pericia del fotógrafo está en conseguir que esto no ocurra, y que el entorno sea un complemento, un adjetivo del sujeto.
  • Así tendremos más información del modelo, pues además de su personalidad, podemos ver cómo se desenvuelve en un espacio, que muchas veces es parte de su vida. Puede ser su ciudad, su casa o su pueblo. Y sin duda, se sentirá mucho más cómodo al estar en su mundo.
  • En estos casos la composición nos obliga a situar al fotografiado en un punto de interés, que puede estar determinado por las reglas de composición, o por la luz, o según el objetivo que utilicemos – un angular puede dar más información, pero provoca más problemas precisamente por eso -.

Tenemos muchas más cosas de las que estar pendientes. No podemos decir ponte ahí y disparar sin más. No hay una fórmula mágica, pero podemos seguir cuatro pasos:

  1. Los dos implicados tienen que estar cómodos.
  2. El fondo de la fotografía no debe sobrepasar en importancia al modelo.
  3. Situar al modelo en un punto clave de la imagen.
  4. Mira todos los trabajos de los más grandes: Avedon, Cartier Bresson, Irving Penn, García Alix…

Foto: Fernando Sánchez Fernández