Aquí os traigo un artículo autocrítico y por encima de todo con aires de sermón porque vamos a hablar de la importancia de trabajar las localizaciones, punto fundamental de un buen trabajo fotográfico y que me atrevería a asegurar que pocos o muy pocos ponemos en práctica. Confieso, arrepentido, que me incluyo entre los que no trabajan la localización.

¿Habéis jugado alguna vez a la lotería o cualquier juego de azar? La respuesta será afirmativa en general, sabed que eso es precisamente lo que hacemos cuando nos disponemos a hacer una sesión de fotos con modelos si antes no hemos trabajado la localización.

Trabajar una localización no simplemente consiste en, la noche de antes de la sesión, pensar a qué lugar te gustaría llevar al modelo de turno a hacer las fotos, es más, no tiene absolutamente nada que ver con ello. Lo primero que tendríamos que tener en cuenta a la hora de elegir el lugar es a quién vamos a fotografiar y qué vamos a fotografiar, proceso que abarca desde conocer los gustos personales del modelo para intentar buscar y preparar una localización en la que pueda sentirse más cómodo y participativo hasta conocer al detalle tanto el vestuario como el maquillaje que se usará. ¿Os imagináis fotografías de estilo gótico en un parque infantil? A menos que busquemos un contraste duro y chocante no será un acierto.

Tener todas estas cosas en consideración es vital para un resultado óptimo de nuestra sesión pero no excluye el más importante: visitar la localización y fotografiarla como si ese fuese nuestro fin para después en casa revelar los negativos digitales. Pensaréis que es mucho trabajo (por eso no debe hacerse el día anterior a la sesión) pues es tanto como fotografiar dos sesiones, una sin modelo y otra con modelo, pero debe ser así. Incluso aunque tengáis fe ciega en vuestro trabajado y experimentado ojo fotográfico hay escenas e ideas que se nos pueden escapar sobre el terreno para volver a aparecer al ver fotografías.

Os pongo un ejemplo personal con las fotografías que ilustran el artículo. Paseando, cámara en mano, por una especie de pueblo fantasma un día frío y lluvioso me paré a fotografiar el puente de entrada que parecía desangelado y lúgubre aunque con algo que lo hacía muy llamativo, el caso es que en su versión en color la fotografía no decía prácticamente nada así que la desnudé de color y fue entonces cuando empecé a ver en ella grandes posibilidades para unas bonitas fotografías. Vi, por ejemplo, en la primera farola a la izquierda una señorita apoyada sobre la estructura del puente con un vestido blanco cuyos bajos llegasen hasta cubrir media carretera y luego pensé también en que la fotografía podría incluir a un chico, vestido con traje oscuro a la derecha de la imagen pero en un primer plano, más cerca de la cámara.

Nada de esto se me ocurrió estando allí, plantado frente al puente, ni aun cuando vi la fotografía en color, tan solo surgió, como ventana que se abre de par en par, al verla en blanco y negro. Fue entonces cuando fluyó todo un río de imaginación e ideas y esa es la prueba más grande de que cuando planteemos una sesión fotográfica debemos, días antes, salir a fotografiar la localización pensada y jugar con las fotografías porque seguro que veremos cosas que no vimos al fotografiarlas. Ahora, salid y fotografiad.