Esta duda existencial me surgió el pasado domingo mientras recorría, cámara en mano, las calles del granadino barrio del Albaicín. Para ser sinceros la pregunta de marras no surgió de la nada, me fue impuesta por una señora y ahora os explicaré cómo y por qué.

Como os decía fue el pasado domingo, subíamos un canonista y un olympista (el que os escribe) por las tortuosas cuestas de la ciudad nazarí que llevan hasta el Mirador de San Nicolás, famoso porque el expresidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, tuvo a bien rendirse ante él reconociendo la majestuosidad de asistir a una puesta de Sol con la Alhambra en frente.

Una vez arriba pudimos comprobar, decepcionados, que la niebla se cernía sobre la ciudad haciendo inútil cualquier intento de obtener una buena panorámica o al menos una como la habíamos pensado así que decidimos volver tras nuestros pasos. Para el que no tenga el inmenso placer de conocer el Albaicín le explico que sus calles son estrechas y se extienden de manera anárquica, agarrándose al barrio como las raíces de un árbol a la tierra.

Fue en una de esas calles, camino de nuestras respectivas novias, cuando fuimos a parar a una plaza con un coqueto arco bajo el que tocaba un músico callejero, me agaché, empuñé la cámara y me dispuse a fotografiarlo con su permiso y en ese instante en el que estamos enfocando, componiendo la imagen y demás parafernalia fotográfica el destino quiso que una señora entrada en años se interpusiera entre el músico y mi cámara. Lejos de ser un encuentro fugaz e invisible la señora se pensó digna de mis megapixels y conforme caminaba refunfuñaba:

A mí no me saques… estos de otro planeta que lo retratan todo están locos

Me costó unos segundos olvidar a la señora, tantos como necesitó para que su errante caminar la sacase de mi encuadre. La señora buscó complicidad en la primera persona que encontró pero he ahí que nuevamente el destino quiso que esa persona fuese mi compañero de caminata, el canonista, quien no pudo más que contemplar incrédulo el suceso. El músico, mientras tanto, esperaba paciente a ser fotografiado.

Ya de vuelta, repasándolo todo y haciendo memoria caí en la cuenta de que aquella señora tenía parte de razón, los aficionados a la fotografía no somos normales. Paseamos con nuestra pareja, pero no cogidos de la mano porque ellas (las manos) solo tienen ojos para la cámara. Siempre vamos cargados con la mochila y todo el equipo en su interior, incluso si sabemos que no vamos a utilizarlo, escudriñamos calles, paredes, suelos…lo que sea en busca de algo que fotografiar y cuando nos cruzamos con otro fotógrafo las miradas de ambos se dirigen hacia las cámaras para, si son de la misma firma, sonreir mutuamente en un comportamiento que me recuerda al que se da en la carretera cuando dos camioneros se encuentran y tocan el claxon o encienden las luces de sus camiones a modo de saludo secreto.

Pues sí, somos diferentes y a mucha honra pero… ¿seremos de otro planeta como dice mi señora?