No estamos acostumbrados a las imágenes de muerte, no hablo de aquellas que nos endurecen el músculo de empatía y que comúnmente llegan en los medios de comunicación. Muertes llenas de sufrimiento y que a menudo están de la mano de desastres naturales, guerras y violencia. Esas fotografías no son de muerte sino de todo aquello que las genera.

También hemos aprendido que la muerte es algo horrible, que desfigura y que arranca la humanidad de quien la sufre; cuando la mayor parte de las que alguna vez veremos cercanas son muertes plácidas, mientras se duerme o se está sentado al sol.

Pero esta fotografía habla de una muerte muy diferente, de un suicidio y de uno por amor. Imaginen la escena. El guardia urbano a docientos metros de la Quinta avenida de Nueva York ve flotar sobre la gente perdida en sus propios problemas una bufanda blanca. Una aparición casi fantasmal en medio de la mañana. Segundos después un ruido, casi una explosión, interrumpe de golpe el fluir de la mañana.

El estudiante de fotografía Robert Wiles mientras avanza por la calle escucha un gran estruendo y ve la gente que se empieza a arremolinar alrededor de algo. En pocos segundos llega ya con la cámara y el instinto fotográfico despiertos, y prácticamente desde el visor ve aquella figura que había caído sobre el techo de la limusina negra. El conductor del vehículo que acababa de salir de la farmacia cercana observa la misma imagen, sorprendido quizás de estar vivo.

Sobre el coche completamente abollado se encontraba Evelyn McHale. A pesar de la violencia del impacto, parecía como si el sueño la habría encontrado ya arreglada antes de salir a una fiesta y se hubiera quedado dormida con el maquillaje aun fresco en el rostro. Iba vestida con falda corta, una blusa, chaqueta y unos guantes claros de piel. Sus pies descalzos eran lo único que revelaban la violencia de la caída.

En una nota había dejado escrito ‘Él está mucho mejor sin mi … no sería una buena mujer para nadie’. Detrás de sus palabras se encontraba su historia y sus motivos, y aquellos que la llorarían  o descubrirían sorprendidos y dolidos su partida. Un detective encontraría después un saco gris, su cartera con unos cuantos dolares, esta nota y un estuche de maquillaje lleno de las fotos de su familia.

Pero para el resto solo nos queda su fotografía. Una muerte violenta y dolorosa, una tragedia. Pero la imagen nos muestra algo diferente, la serenidad de una muerte que no revela el sufrimiento que la rodeó. Un suicidio hermoso, y por eso mismo más cruel y doloroso que muchas otras fotografías de muerte.

Fuente y fotografía: Kottke