En un artículo publicado esta mañana en La Información se cuestiona el modelo de negocios de Spotify, alegando que el porcentaje de ganancias que reciben los artistas a través de este popular servicio es streaming es ínfimo, y que no se puede vivir de él. Sin embargo, creo que tendríamos que mirar un poco más allá de los números para analizar este fenómeno.

Pero empecemos con esos números fríos para partir del mismo punto: Poker Face de Lady Gaga (la canción digital más vendida en 2009) tuvo nada menos que un millón de escuchas en Spotify el año pasado, pero a la artista solo le representó €113. El dúo de Barcelona Hidrogenesse, que edita discos en su propio sello, tuvo 2.252 reproducciones de su tema más popular, y solo recibió €0,49. Si nos quedamos con eso, por supuesto, es una suma ridícula y hasta insultante, aunque insisto, hay que ver más allá. En el medio, los artistas tienen que compartir sus ganancias con el sello discográfico (en caso de que no lo publiquen por su propia cuenta) y, en España, con la SGAE, con lo cual ahí ya podemos ver algunos responsables extra de por qué les llega «tan poco». Pero esa tampoco es la cuestión, realmente.

Lo que se está dejando de lado es el gran valor de Spotify como medio de difusión para bandas, sobre todo para las nuevas. La pantalla de inicio del programa nos presenta cada día artistas diferentes para que escuchemos, tanto novedades como clásicos que «tal vez puedan gustarte». Y con un repertorio de 7 millones de usuarios activos, ese tipo de exposición es realmente grande. Además, la facilidad para compartir listas de reproducción amplifican este fenómeno, pues los usuarios se van recomendando entre ellos las nuevas canciones que van descubriendo (o las viejas que redescubrieron).

¿Se traducen todos estos usuarios en compradores de música? Quizás no (no todos, al menos). Pero muchos se traducen a fans ansiosos por ir al concierto la próxima vez que el artista esté en la ciudad, o espectadores de TV cuando aparezcan en algún reportaje, o son los que se lo van a recomendar a otros que quizás sí vayan y compren el disco, etc. Y todo este movimiento, al artista (y al resto de los intermediaros) le resulta gratuito.

Pensemos en por ejemplo el caso de Lilly Allen u otros similares, quienes llegaron a donde están ahora gracias a haber difundido su música en forma gratuita por Internet (ya fuera mediante Spotify o otros canales disponibles en la red). ¿Puede decirse que no les sirvió solo porque en ese momento no recibían dinero por sus canciones? Claro que no.

Así que yo no desestimaría a Spotify (o cualquier servicio de streaming) como una fuente de ingresos. No directos, como pudimos ver con los números al principio de este post, pero sí como un gran potenciador. ¿Qué les parece a ustedes?