La llegada de la COVID-19 nos pilló con la guardia baja. De hecho, seguimos pagando las consecuencias de esa bajada de guardia. Por eso, es importante tener bajo vigilancia los lugares en los que podrían surgir nuevos virus susceptibles de dar lugar a pandemias. Uno de los mayores reservorios de virus patógenos, especialmente coronavirus, son los murciélagos, por lo que científicos de todo el mundo muestrean virus extraídos de su organismo. Y así ha sido como han descubierto el Khosta-2, un virus perteneciente al mismo subgénero que el SARS-CoV-2 que tantos quebraderos de cabeza nos ha traído.

Los responsables del hallazgo son un equipo de científicos pertenecientes a la Escuela Paul G. Allen para la Salud Global de la Universidad Estatal de Washington. Según han relatado en un estudio publicado en PLOS Pathogens, lo primero que hicieron fue comprobar si podían infectar a los seres humanos. Y desgraciadamente vieron que sí que tiene la capacidad de entrar en nuestras células. Además, no parece que las vacunas existentes sean eficaces contra ellos.

Por eso, la recomendación de estos investigadores es que, en vez de poner todo el esfuerzo en desarrollar vacunas frente a las variantes del SARS-CoV-2, se busquen alternativas eficaces contra los sarbecovirus. Es decir, contra ese subgénero al que pertenecen tanto el causante de la COVID-19 como el Khosta-2.

El coronavirus con la llave correcta

El Khosta-2, así como el Khosta-1, fue aislado de murciélagos rusos en 2020. En un principio parecía que no tenían la capacidad de infectar humanos, por lo que no supusieron ninguna preocupación. Bastante teníamos ese año con lo que teníamos.

Sin embargo, con el tiempo se descubrió que Khosta-2 tiene la capacidad de penetrar en nuestras células. Eso es una mala noticia, ¿pero qué quiere decir exactamente?

La clave está en la proteína espiga, de la que tanto hemos oído hablar con el coronavirus de la COVID-19. Esta proteína es la llave que usan los virus para entrar en las células de sus hospedadores. A su vez, las células tienen diferentes receptores, que son como la cerradura en la que encaja esa llave. Se ha visto que la proteína espiga de Khosta-2 encaja en los receptores ACE2, que son precisamente los mismos que usa el SARS-CoV-2. Eso quiere decir que pueden entrar en nuestras células. Y, quizás, también podría significar que las vacunas que se han desarrollado contra la COVID-19 puedan ser eficaces contra él. Al fin y al cabo, lo que hacen estas vacunas es propiciar que se sinteticen anticuerpos contra la proteína espiga.

El problema es que, aunque puedan encajar en la misma cerradura, las proteínas espiga de ambos virus no son exactamente iguales. No podían estar seguros, así que tuvieron que hacer la prueba. En primer lugar, expusieron el virus a muestras de suero de personas vacunadas contra la COVID-19. Esto quiere decir que expusieron el virus a anticuerpos que se habían sintetizado contra el SARS-CoV-2. Lamentablemente, no lograron neutralizar el virus.

Aún quedaba la esperanza de que los anticuerpos sintetizados de forma natural pudiesen ser más eficaces. Por eso, repitieron el proceso con suero de personas que habían pasado una infección con la variante Omicron. De nuevo, no obtuvieron resultado.

Dos noticias malas y dos buenas

Hasta ahora solo tenemos malas noticias. Por un lado, que Khosta-2 puede penetrar en las células humanas. Y, por otro, que las vacunas que tenemos contra el coronavirus de la COVID-19 no son eficaces.

Sin embargo, estos científicos también han encontrado dos noticias para ser optimistas. La primera es que, aun pudiendo entrar en las células, parece que le faltan algunos de los genes que le conferirían patogenicidad frente a los seres humanos. De nada sirve que el virus pueda entrar en las células si no es capaz de adueñarse de nuestra maquinaria de replicación y empezar a sacar copias con ella. Y parece que no es capaz de hacerlo.

Además, la última buena noticia es más bien una reflexión. Esta vez han llegado a tiempo. El virus se ha descubierto antes de que infecte a los humanos, por lo que la ciencia puede anticiparse a sus movimientos. Más que tomar esta noticia como algo apocalíptico, deberíamos alegrarnos de que, poco a poco, estemos aprendiendo a monitorizar algunos de los virus que nos rodean. Si las técnicas empleadas en ello siguen mejorando y la financiación no se detiene, podría ser que la próxima epidemia no nos pille con la guardia baja. ¿Quién sabe? Quizás incluso se consiga que no llegue a convertirse en pandemia.

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