No me considero una verdadera fan del mundo de las bicis más allá de su uso lúdico. Y lejos quedan esos días en los que verano estaba ligado, inevitablemente, a este vehículo de dos ruedas –y, posiblemente, a un rosario de heridas en las espinillas–. Pero he paseado con un modelo eléctrico bajo la tecnología de Bosch por Girona y he aprendido varias lecciones. La primera de ellas es que ojalá todas las grandes ciudades estuviesen preparadas para las bicis eléctricas o no. Barcelona, Valencia o Sevilla han hecho un gran trabajo. Madrid sigue teniendo un suspenso en letras rojas del que, muy a pesar de los habitantes de la capital, no tiene una solución a corto plazo. La segunda es que ojalá las infraestructuras fuesen mejores para que, en el caso de comprar una bici eléctrica de más de 2.000 euros, pueda mantenerla a salvo.

Las bicis eléctricas de Bosch, de las que ellos ponen la tecnología para moverlas y que luego compran terceros para sus modelos, llevan poco tiempo en el mercado. Al menos en España. De hecho, fue hace solo unos meses que la marca –que más allá de neveras y taladros– anunciaba el Bosch e-bike system al sur de los Pirineos. Lo tienen claro: España tiene una larga historia en bicis de montaña, pero no en los modelos urbanos que están trabajando en este momento. Girona, ciudad de algo más de 100.000 habitantes, es uno de los lugares que más ha promocionado la vida sobre dos ruedas con una larga tradición de montaña. De hecho, del negocio de bicis eléctricas de Bosch, casi el 70 % de las ventas están ligadas al modelo deportivo.  El 30 % restante es el que quieren aumentar a medio plazo. Para, al menos, poner al país a la altura de sus vecinos europeos más afines a la bici eléctrica urbana. Y, en este caso, de propiedad.

Si bien es cierto que en España, la movilidad eléctrica es aún menor que en el resto de países, desde Bosch apuntan a que el objetivo es hacer crecer esto con la ayuda de la regulación –que poco a poco está creciendo del lado de la movilidad verde– y la tecnología. De hecho, durante el pasado año, la facturación de la división eléctrica aumentó en un 10 % en su sección para España. Las ayudas económicas, que comenzaron bajo el mando del Gobierno central y luego pasaron a manos de las autonomías, han sido, en palabras de Bosh, un soplo de aire fresco para sus cuentas. También para el ecosistema de las e-bikes.

Tecnología para solucionar los problemas estructurales de las bicis eléctricas

Mientras esperamos a que se solucionen las cuestiones políticas y de movilidad de algunas ciudades–y mejor esperar sentados–, el mundo de las e-bikes sigue buscando soluciones.

La cuestión del robo es, en el caso de Bosch e-bike system, uno de los asuntos que más preocupa. Y aunque no pueden evitar que se robe una de las bicis eléctricas con su tecnología, sí que pueden ayudar a evitarlo. Por un lado, sus unidades cuentan con un bloqueo de seguridad. Si la bici está parada y bloqueada, pero registra un movimiento inusual, comenzará a emitir un sonido de alarma. También enviará un mensaje de alerta al smartphone conectado al vehículo. Por otro lado, también detectará si los motores de las unidades han sido modificados. Si esto ocurriese, el modelo acabaría totalmente inutilizable. Un motor que, por cierto, adapta sus modelos de velocidad y ayuda según el momento en el que se encuentre.

Por el lado de la seguridad, en este caso de la persona a bordo de la e-bike, también han intrucido novedades. Si bien no pueden hacer nada con el tráfico de las ciudades, sí que pueden mejorar su circulación por las mismas. Han incluido un sistema de frenos ABS en sus unidades. Aún en sus primeras fases, y de recién entrada en España, apuntan a que será el futuro de las bicis eléctricas de aquí a unos años.

Acompañado de una aplicación, con un sistema que pueda asociarse a cualquier medidor de rendimiento deportivo, Bosch quiere ampliar su negocio de hacer de la bici eléctrica algo más tecnológico e interactivo.

Y, si bien la tecnología añadida a las bicis no es la solución a los problemas políticos, da gusto reconciliarse con un medio de transporte que recordaba divertido, pero potencialmente peligroso en algunas ciudades.

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