El enorme esfuerzo colectivo que supone elaborar un largometraje o una serie de televisión merece respeto. Incluso cuando se revela tan fallida como Bienvenidos a Edén (desde 2022), para la que Netflix ha juntado a dos cineastas opuestos; el veterano Joaquín Górriz, guionista de Isi/Disi: Amor a lo bestia (2004) o El cónsul de Sodoma (2009) y creador de Hay alguien ahí (2009-2010), Ángel o demonio (2011) y Atrapada (2018), y el casi novato Guillermo López Sánchez.

Para empezar, utiliza la consabida treta de plantearnos una situación extraña in media res que necesita explicaciones y saltar atrás en un gran flashback con el objetivo de cumplir con ello. Y, de inmediato, añaden detalles que quieren azuzar más nuestro interés; pero la composición sin verdadera fuerza en sus remates hace que estos mecanismos narrativos de siempre, tan reconocibles, se resientan y no nos capturen de la forma adecuada.

No habría que discutir que Bienvenidos a Edén parece destinada al público al que le gustan los argumentos semejantes a los de Élite (desde 2018); con líos y desmadre juvenil; y por otro lado, con unos cuantos toques que recuerdan a La isla de la fantasía (1978-1984), El juego del calamar (desde 2021) y a un hito de la pequeña pantalla. De ahí, por la primera, su montaje dinámico pero bastante tópico, poco imaginativo y con cierta intrascendencia.

‘Bienvenidos a Edén’ no cuaja por sus insalvables problemas de guion

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Su estilo audiovisual se corresponde perfectamente con el fondo sin auténtica hondura dramática de Bienvenidos a Edén; que además se sirve de esbozos burdos y frases hechas, y no es capaz de construir ningún vínculo entre los protagonistas, cuya personalidad no elaboran demasiado, y los espectadores. De modo que nos importa un bledo lo que les pasa, y los villanos, que hasta surgen de repente según quién, no imponen en absoluto.

Por si estos problemas fueran poco, la premisa principal y las maniobras del relato sobre la misma, que también nos recuerdan determinados puntos de Lost (2004-2010), no se sostienen como es debido. Es más, para sorpresa de ningún cinéfilo observador, incluso alguna escena de inicio nos trae a la memoria otra inolvidable de la ficción televisiva sobre los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic; pero sin la capacidad ni la intención de dejarnos turulatos.

Encima, hay manipulaciones, maneras de reaccionar de ciertos personajes e ignorancias con una inconsistencia asombrosa de puro ridículas; y unos cuantos giros violentos sin justificación, porque sí, y no pertinentes estando a la espera de que respondan las dudas sobre el misterio. Y otro inconveniente, que impide concebir una atadura opresiva, es sacar a menudo el foco del escenario en el que se encuentran los protagonistas.

Una villanía y un sadismo innecesarios

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Aparte de todo lo anterior y entre apariciones arbitrarias, filetazos superfluos y un reparto que se comporta, el apuro fundamental de Bienvenidos a Edén radica en que el origen del conflicto dramático no resulta verosímil. La conducta vil de los antagonistas no logra respaldarse con credibilidad, y mucho menos su sadismo insólito. No es necesario que actúen así ni tiene el más mínimo sentido. En especial, si se mezcla con una ideología flower power chupiguay.

Las transiciones entre escenas con imágenes del entorno, y el paso de las horas a veces en cámara rápida, es similar a las de la temporada diez de American Horror Story (desde 2011). El cierre del cuarto episodio se alza sobre el resto de la propuesta de Netflix por las unas acertadas decisiones audiovisuales de Daniel Benmayor; y el clímax del octavo lo ha montado bien Alberto Gutiérrez. Pero estas virtudes no pueden salvarla de sus incongruencias.