Los microplásticos procedentes de la actividad humana pueden llegar a los sistemas acuáticos más remotos. Se han llegado a encontrar hasta en la Antártida. Allí pueden causar daños obvios a la fauna. Pero también a nosotros mismos, ya que llegan de vuelta a través de alimentos como el pescado, el marisco o incluso la sal. Ya se han detectado microplásticos en el sistema digestivo, la sangre, los pulmones e incluso la leche materna de los seres humanos. Y por si eso no fuese suficiente preocupante, un nuevo estudio que se acaba de publicar en Scientific Reports manifiesta que, además, pueden llevar microorganismos patógenos adheridos a ellos a modo de polizones.

Esto, de nuevo, tiene consecuencias sobre la fauna, pero también sobre las personas que los ingieren de vuelta. Previamente se habían detectado microorganismos patógenos terrestres en altas concentraciones en los ecosistemas acuáticos. Por ejemplo, Toxoplasma gondii, el protozoo causante de la toxoplasmosis, procede de las heces de los felinos. Sin embargo, se cree que está detrás de la muerte de nutrias, delfines y focas monje.

Y lo peor es que los microplásticos son un medio de transporte cómodo para que estos microorganismos puedan viajar largas distancias. Si las partículas se pueden encontrar en la Antártida, los patógenos que viajan en ellas también. Es un drama para la fauna; pero, como bien explican los autores del estudio en un comunicado, a veces a los seres humanos nos duele más lo que puede afectarnos a nosotros mismos. Pues aquí va un ejemplo.

¿Qué son los microplásticos?

Los microplásticos son piezas pequeñas de este material, con un diámetro de menos de 5 milímetros.

Pueden ser de origen primario o secundario. Es decir, pueden fabricarse directamente como microplásticos o proceder de la degradación de piezas más grandes de plástico. En el primer grupo se encuentran las microperlas que se usan en cosmética para fabricar exfoliantes, por ejemplo. En el segundo nos encontramos con cualquier fragmento pequeño derivado de la rotura de láminas o estructuras de mayor tamaño. También son comunes las microfibras que se desprenden de la ropa. 

Los microplásticos son piezas muy pequeñas, con un diámetros de menos de 5 mm

Estas últimas no llegan al mar solo porque desechemos las prendas. También se separan en la lavadora o la secadora y van directamente a los desagües, de ahí que se aconseje usar filtros en este tipo de electrodomésticos. 

Todos los microplásticos, ya sean de origen primario o secundario, proceden de la actividad humana. Y los humanos y los animales que domesticamos convivimos con multitud de microorganismos, patógenos o inocuos. Por eso, no es raro que estos puedan adherirse a las partículas que desechamos y, de ahí, viajar a lugares de lo más recónditos. ¿Pero hasta qué punto?

Microorganismos patógenos convertidos en polizones

Un equipo de científicos de la Universidad de California Davis tenía la sospecha de que los microplásticos podrían ser una vía para que algunos microorganismos lleguen a los ecosistemas marinos. 

Por eso, decidieron analizar la posibilidad de adherencia a estas partículas de tres protozoos patógenos: Toxoplasma gondii, Giardia y Cryptosporidium (Crypto). Se eligieron justamente estos tres porque son microbios de origen terrestre que se han encontrado en gran cantidad en ríos y océanos. Y también porque pueden ser dañinos tanto para la fauna acuática como para los propios humanos. 

Los patógenos se unieron especialmente bien a las microfibras, pero también a las microperlas de cosméticos

En cuanto a los microplásticos analizados, se centraron especialmente en las microperlas de polietileno típicas de los cosméticos y las microfibras de poliéster derivadas de los tejidos. Observaron que los tres microorganismos patógenos estudiados podían unirse a ellas y permanecer tras su liberación en entornos acuáticos. Lo hicieron con mayor eficiencia en las microfibras, pero también en las microperlas.

Según la composición de los microplásticos, pueden flotar o irse al fondo. Pero en ambos casos son preocupantes. Si flotan pueden ir mucho más lejos, llevando los microorganismos patógenos a lugares muy inusuales. Y los segundos pueden quedar en el fondo marino, donde viven muchas especies animales filtradoras, que acumulan gran cantidad de microplásticos en su sistema digestivo y luego pueden ser consumidas por los humanos como marisco.

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Una nueva razón para controlar la liberación de microplásticos

Los tres microorganismos patógenos estudiados pueden afectar a los humanos. Toxoplasma gondii es un protozoo típico de los felinos, que también puede afectar a otros animales, incluyendo a los propios seres humanos. Resulta muy curioso, pues manipula a los individuos que infectan para que les lleve de nuevo hacia sus hospedadores favoritos: los felinos. Por ese motivo, se ha visto a los ratones sentirse atraídos por la orina de los gatos o a los chimpancés acercarse sin miedo a la de los leopardos.

En cuanto a los humanos, es cierto que nosotros no tenemos un depredador. Como mucho nosotros mismos. Sin embargo, quizás como remanente de la época en la que podíamos caer en las fauces de un jaguar, se ha comprobado que las personas infectadas pueden tener comportamientos más impulsivos. De hecho, en la literatura científica se han reportado numerosos casos de brotes psicóticos que podrían estar relacionados con esta infección.

Los tres protozoos que se estudiaron son especialmente peligrosos para personas inmunodeprimidas

Es cierto que estos son casos muy puntuales y que generalmente no causa enfermedades graves en humanos. No obstante, sí que puede ser preocupante en embarazadas y personas inmunodeprimidas, por lo que no es para nada aconsejable que este protozoo llegue de vuelta a nosotros a través de los microplásticos. 

En cuanto a los otros dos protozoos patógenos estudiados, causan enfermedades gastrointestinales y pueden ser mortales en niños pequeños y personas inmunodeprimidas.

Por eso, los autores del estudio consideran que estamos ante una buena razón para que los humanos controlen su consumo de plástico. Lo relata con un ejemplo muy claro una de las autoras del estudio, Karen Shapiro:

“Es fácil para las personas descartar los problemas de plástico como algo que no les importa: no soy una tortuga en el océano, no me atragantaré con esto. Pero una vez que comienzas a hablar sobre la enfermedad y la salud, hay más poder para implementar el cambio. Los microplásticos en realidad pueden mover gérmenes, y estos gérmenes terminan en nuestra agua y nuestros alimentos”.

Karen Shapiro, experta en enfermedades infecciosas y autora del estudio

Es triste, pero es así, los seres humanos tendemos a movernos por egoísmo. Por lo tanto, ahora que sabemos que los microplásticos que llegan de vuelta a nosotros pueden ir cargados de microorganismos patógenos, tenemos un buen motivo para reciclar plásticos, usar filtros en la lavadora o comprobar que los exfoliantes que usamos no lleven microplásticos. Existen exfoliantes químicos, que no usan gránulos, u opciones físicas que sí que los tienen, pero emplean semillas de uva biodegradables, por ejemplo. Ya disponemos de algunas alternativas, solo falta que comencemos a pensar en usarlas.