Los narradores cinematográficos españoles no se prodigan con thrillers políticos como Código Emperador (2022). Tenemos todos los dramas sociales que haga falta, pero filmes que hurguen en los entresijos de la vida gubernativa de este país escasean. Una curiosa paradoja, pues cuanto pasa en los parlamentos autonómicos y en el estatal y los tejemanejes de los partidos nutre las conversaciones cotidianas.

Por eso, cuando se estrena una película que aborda el funcionamiento de lo que se conoce como las cloacas del estado, uno se decide a ver qué tal le ha salido a Jorge Coira su cuarto largometraje tras El año de la garrapata (2004), Dieciocho comidas (2010) y Eroski Paraíso (2019). Y, con franqueza, la hora y cuarenta y cuatro minutos de Código Emperador, nos origina sensaciones encontradas.

A pesar de que lo que cuenta resulta interesante y pasmoso por los métodos de vigilancia, control y chantaje puro que describe y la podredumbre que puede esconderse bajo las viejas alfombras de los edificios capitalinos en los que, según suponemos, los servidores públicos trabajan para los ciudadanos. Por esa parte, Jorge Coira y el autor del libreto, Jorge Guerricaechevarría, nos tienen ganados.

‘Código Emperador’: una historia interesante sin mucha energía audiovisual

Vaca Films

Lo que ocurre es que la curiosidad que generan los detalles de la trama de Código Emperador y el fondo al que apuntan, capaz de producir indignación sincera, no pueden quitarle al filme un defecto que, por desgracia, disminuye mucho su efectividad para ocasionarles verdadera inquietud a los espectadores e imprimirles en el ánimo una huella idónea, no necesariamente indeleble, sino al menos duradera.

Por mucho que Sandra Sánchez, con una trayectoria todavía no muy destacada, se esfuerce con un montaje depurado y ágil desde la primera secuencia, la película de Jorge Coira, que además ha realizado un buen número de episodios para series televisivas como Sé quién eres (2017), Hierro (2019-2021) o la próxima Rapa (2022), peca de cierta debilidad audiovisual de la que no se sobrepone nunca.

Así, lo que presenciamos en Código Emperador carece de potencia en las imágenes que la componen. Su planificación visual, oportuna pero no ocurrente, e incluso la banda sonora de Elba Fernández y Xavi Font no ayudan a que la pantalla vibre de tensión o emociones. Y tampoco lo escrito por el vasco Jorge Guerricaechevarría; dejemos claro ahora ese punto para evitar confusiones impertinentes.

Alguien que nos ha entregado los guiones estupendos de Nos miran (2002), Celda 2011 (2009) o Las leyes de la frontera (2021) y la mayoría de los que sostienen los largos de su compatriota Álex de la Iglesia, desde Acción mutante (1993), pasando por Crimen ferpecto (2004), hasta Veneciafrenia (2021), en el de Código Emperador no ha estado demasiado elocuente; solo en ocasiones, podemos decir.

Un reparto creíble en una película sin potencia dramática

Vaca Films

En lo que respecta al elenco, parece difícil pedir algo mejor. La credibilidad que le aporta a Juan el talento de Luis Tosar, que ha encarnado a Jose en Los lunes al sol (2002), al brutal Antonio de Te doy mis ojos (2003), al tremendo Malamadre en la mencionada Celda 2011, al malevolente César de Mientras duermes (2011) o al Ibon Etxezarreta de Maixabel (2011), sería muy absurdo ponerla en duda.

O la de los demás actores, desde Alexandra Masangkay, a la que recordamos por su Miharu en El Hoyo (2019), Georgina Amorós, que interpretó a la Fátima de Vis a Vis (2015-2019), o Denis Gómez, que dio vida al Fernando Magallanes de Conquistadores: Adventvm (2017), como Wendy, Marta y Ángel González, hasta María Botto, que fue Conchi en Soldados de Salamina (2003), o Miguel Rellán, el Cristóbal López de La que se avecina (desde 2007), como Charo y Galán.

Sea como fuere, no hay que equivocarse. No nos queremos descolgar con que la labor del reparto y la del resto del equipo con Jorge Coira al frente caiga en saco roto. Código Emperador de veras se mantiene en pie sin muchas dificultades. Pero no nos impacta cuando lo que nos muestra da de sobra para removernos lo suyo en nuestras butacas. Y, sin embargo, con que a uno le chiflen historias inusuales como la de El reino (2018), de Rodrigo Sorogoyen, había bien en no perdérsela.