Las variaciones en el nivel del mar son algo totalmente natural. Sin embargo, si les sumamos un deshielo de glaciares y casquetes polares por culpa del cambio climático, la situación puede ponerse muy seria. Es importante adelantarse a este tipo de acontecimientos a través de la ciencia. Y eso precisamente es lo que ha estado haciendo uno de los grupos de científicos españoles desplazados a la Antártida en los últimos meses. 

Si bien ha habido investigadores dedicados a un sinfín de tareas diferentes, de esta se han encargado los responsables del proyecto Goleta. En él participan miembros de la Universidad de Granada (UGR), el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC), el Instituto Geológico y Minero de España, la Universidad Autónoma de Madrid, las Universidades de Frankfurt y Lisboa, el Instituto de Geofísica de la Academia Checa de ciencias y el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC). Su objetivo es analizar una serie de parámetros relacionados con la actividad eléctrica del manto terrestre. Así, podrán establecer diferentes escenarios que se nos presentarían a causa del cambio climático, de modo que estemos para enfrentarlo.

Poco a poco los investigadores responsables de los diferentes proyectos que han participado en esta expedición están volviendo a sus laboratorios. Ahora llega el momento de analizar los datos. Con el proyecto Goleta seguro que nos aportan información muy interesante para encarar lo que nos depare el cambio climático. Pero, mientras tanto, veamos en qué ha consistido su parte en esta importante misión.

Conocer la Antártida para anticiparse al cambio climático en todo el planeta

El conocimiento de la evolución geodinámica y el comportamiento de la Antártida y los mares que le rodean es esencial para entender el cambio global. Y también los procesos que dirigen el futuro climático y la elevación del nivel del mar. 

Por eso, los científicos del proyecto Goleta se han dedicado a estudiar algo conocido como anisotropía eléctrica en el manto astenosférico. La anisotropía eléctrica es la variación de una propiedad eléctrica en función de la dirección en la que se mide. Y la astenosfera es la parte superior del manto terrestre, inmediatamente debajo de la litosfera. Por lo tanto, estos científicos comprueban si hay una dirección preferente de la conductividad eléctrica en este punto de las profundidades de la Tierra.

Esto, según ha explicado a Hipertextual la investigadora principal del proyecto, Lourdes González Castillo, sirve para relacionar esa propiedad con los procesos de ajuste isostático (hundimiento o elevación de la capa rígida de la tierra sobre la astenosfera) asociados a las fases de hielo y deshielo. “Estos procesos de variación de espesor de la capa de hielo son los que finalmente provocan las variaciones del nivel del mar a escala global”.

Los procesos de variación de espesor de la capa de hielo son los que finalmente provocan las variaciones del nivel del mar a escala global

Es sobradamente conocido cómo se relacionan el deshielo y el aumento del nivel del mar con el cambio climático. Y también conocemos bien cómo pueden afectar estos efectos del calentamiento global al planeta. Por eso son tan importantes estos datos, que no pueden ayudar a predecir, pero sí a prevenir. “Predecir el futuro del cambio climático es muy complicado ya que este depende tanto del comportamiento humano como de la propia dinámica terrestre”, señala González Castillo.

Ambos fenómenos son difícilmente controlables. Por un lado, el comportamiento humano depende tanto de la individualidad de las personas como de las medidas que se tomen en cada uno de los países que forman el planeta. Pero también la dinámica terrestre es difícil de controlar. “La dinámica terrestre, además de incontrolable, es impredecible en la mayoría de los casos”. 

Graham Hill, Lourdes González y Asier Madarieta

Soluciones en forma de modelo climático

Todo esto no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados a la espera de lo que venga. Sí que se pueden establecer diferentes escenarios y preparar medidas para los que se consideren más probables. “Lo que sí podemos hacer los científicos, y nosotros intentamos en nuestro proyecto, es establecer patrones que definan distintos escenarios para ese cambio climático”, aclara la expedicionaria.  “Esto ayudaría a determinar las medidas de actuación ante el cambio climático que se tomen a nivel político y social”.   

Aquí cobra una gran importancia el proyecto Goleta. Y es que, hasta hace poco, los escenarios asociados a cambios en el nivel del mar se establecían en base a datos geodésicos, gravimétricos y sísmicos. Es decir, se analizaba la estructura de la Tierra, su composición química y la actividad generada por las tensiones entre placas litosféricas. A eso, González Castillo y su equipo han añadido los datos magnetotelúricos, que  constituyen “una aportación innovadora que dará mayor consistencia a dichos modelos”.

Nada que ver con las instalaciones eléctricas

Cuando hablamos de electricidad en la Tierra puede venirnos a la mente una bombilla que se enciende en la Antártida. Pero al hablar de electricidad no nos referimos a las instalaciones eléctricas, sino a la propia conductividad eléctrica que se da bajo la superficie terrestre. Aun así, sí que hay una pequeña relación, ya que estas instalaciones pueden afectar a las medidas que toman los científicos. “Las líneas eléctricas afectan a las medidas de magnetotelúrico porque ensucian los datos que registramos (medimos campos eléctricos y magnéticos naturales)", aclara la investigadora. "Sin emabrgo, no condicionan la estructura eléctrica de la Tierra”.

Por este motivo, entre otros, la electricidad en la Antártida está restringida a las bases, donde se utilizan generadores alimentados por combustible. Además, se hace uso de energías renovables. “Todos los sistemas de generación de energía están muy controlados para respetar el compromiso medioambiental del Tratado Antártico”. Lo cierto es que tendría poco sentido desplazarse allí para aportar ciencia que ayude a luchar contra el cambio climático, pero a su vez usar formas de energía que perjudiquen al medio ambiente. Por eso es tan importante este Tratado que los expedicionarios siguen a rajatabla. 

Una expedición a la Antártida marcada por la COVID-19

Graham Hill, Lourdes González y Asier Madarieta

Durante 35 años, decenas de científicos españoles se han desplazado anualmente a las dos bases de las que dispone nuestro país en la Antártida.

Sin embargo, los últimos años han estado marcados por lo mismo que nos ha marcado a todos a lo largo y ancho del mundo. Justo cuando estalló la pandemia de COVID-19 en 2020, los científicos españoles se encontraban en plena expedición. El mundo se sumió en el caos mientras ellos estaban en la otra punta. Pudieron volver, pero tuvieron que finalizar su proyectos rápidamente. Si no, cuando cerraran las fronteras el regreso sería más complicado. La vuelta a casa fue una odisea, después de que se les prohibiera bajar del buque Hespérides a su llegada a Argentina. Por suerte, tras varios días de espera pudieron coger por fin un avión de vuelta a casa.

Un año después, en enero de 2021, la pandemia seguía su curso, aunque el conocimiento de la misma nos había dado un ligero respiro. Se decidió seguir adelante con la expedición de ese año, tomando las medidas pertinentes. Aun así, se detectaron 35 casos de coronavirus en el buque que partió rumbo a la Antártida, obligando a poner la expedición en stand by.

Y este 2022, con una especie de nueva normalidad recién estrenada, se ha hecho un nuevo intento. También con presencia del virus, pero mucho menos accidentado. Lourdes González Castillo nos ha contado concretamente el caso de sus compañeros del proyecto Goleta. “En nuestro caso, íbamos a participar cuatro investigadores, de los cuales dos dieron positivo antes de salir”, recuerda. “Pudimos activar la participación de un suplente y finalmente fuimos sólo tres personas: Graham Hill, del Instituto de Geofísica de la Academia Checa de Ciencias, y Asier Madarieta Churruca y yo, de la Universidad de Granada”. 

Militares ayudando a los científicos en Isla Decepción

Ellos lograron esquivar al coronavirus. No obstante, este siguió poniéndoles algunos obstáculos después de que ella y Graham regresaran a casa y Asier se quedara en la Isla Decepción, donde han estado realizando sus experimentos. “Inicialmente, Asier debía unirse a otro proyecto para colaborar con ellos. Además, tenía que recoger los equipos de largo periodo (medidas profundas) que habíamos instalado en la península Antártica y el resto de las islas Shetlands del Sur”, nos cuenta la científica. “Como consecuencia de un brote de COVID en el Hespérides en la fase siguiente a la nuestra, se han cancelado todas las actividades y el buque sólo volverá para recoger personal y cerrar bases”. 

Ante este nuevo giro de los acontecimientos, Asier continuó aumentando los puntos de medida en Decepción. “Así que Graham y yo hemos estado en la Antártida cerca de un mes mientras que Asier va a acumular algo más de dos meses”.

Por lo tanto, a pesar del coronavirus, el trabajo del proyecto Goleta en la Antártida llega ya a su fin. Para la científica entrevistada por este medio todo ha ido bien gracias al compañerismo forjado entre científicos. Y también por la ayuda del personal de los buques Sarmiento de Gamboa y Hespérides, la base Juan Carlos I y el Ejército de Tierra. Ahora ha llegado el momento de analizar los datos que han recogido en los últimos meses. Aún no sabemos qué nos depararán. Pero lo que está claro es que pueden ser muy útiles para afilar las armas que nos permitan combatir el cambio climático. No parece que los datos que han obtenido en la isla Decepción vayan a hacer honor a su nombre.