Durante los últimos meses, la idea del fin del mundo parece estar en todas partes y con resultados dispares. Por un lado, la sátira No mires Arriba de Adam McKay fue el extraño obsequio navideño de Netflix. La versión incómoda y burlona de la destrucción del mundo en medio del nihilismo posmodernista terminó por dividir a la crítica y al público. Al otro lado del espectro, Roland Emmerich decidió algo semejante con una fórmula que conoce bien y que hasta ahora había ejecutado con éxito. Moonfall, también narra el fin de los tiempos y como McKay, trata que sea en medio de los dolores del mundo contemporáneo. Pero a diferencia de la película de Netflix, la de Emmerich resultó ser una combinación obsoleta, aburrida y extrañamente incompleta de una idea estrafalaria. 

Algo inexplicable viniendo del director de Independence Day y El día de mañana. Con una notoria obsesión por el entretenimiento en estado puro y la exageración en el tono y la forma, Emmerich no está preocupado por mensajes sutiles. Y sin duda Moonfall no los muestra. No obstante, esa superficialidad del director esta vez es un conjunto de malas decisiones que transforman sus habituales espectáculos en una serie de secuencias huecas. Si ante, había dotado a sus películas de un aire épico artificioso, esta vez intenta un tono sobrio. El resultado es una epopeya sin forma ni sentido, que cuenta por supuesto una historia exagerada e imposible. 

Ya no se trata de los alienígenas ni tampoco de un desastre medioambiental. Es la Luna la que está a punto de destruir a nuestro planeta. Pero en lugar de tomar la historia con toda su habitual sentido del absurdo, en Moonfall Emmerich se la toma curiosamente en serio.

Emmerich, que acostumbra a mostrar al público explosiones asombrosas y desastres incalculables, esta vez pierde el pulso. Y el resultado es una película que termina por ser interminable, a fuerza de tratar de sorprender y subrayar lo obvio. Sí, la hecatombe se nos viene encima. Sí, la hecatombe está a punto de arrasar al mundo. Y solo un grupo de personajes podrán evitarlo. Pero en esta ocasión, no hay sentido del caos que pueda hacer disfrutable algo semejante. Solo una colosal colección de efectos especiales que terminan por ser abrumadores en su falta de consistencia y sentido. 

Moonfall: Todos los desastres vuelven al mismo lugar 

Antes de que Thanos chasqueara los dedos y cometiera un genocidio incalculable, Emmerich había destruido el mundo en varias ocasiones. De hecho, el director fue el pionero en un tipo de disaster movie reconocible y monumental. Tuvo el atrevimiento de combinar maquetas con efectos prácticos y digitales. También de contradecir con cierto júbilo siniestro las reglas de la física para lograr escenas asombrosas y disparatadas. 

Todo eso se echa en falta en Moonfall, en la que los hilos habituales de sus películas carecen de brillo y potencia. Para comenzar, está la premisa: la Luna se aleja de su eje y está a punto de chocar con la Tierra. No hay nada misterioso en el análisis y mucho menos en la estructura de una visión sobre el apocalipsis total. Si antes Emmerich se había esforzado en lo caótico, esta vez va en la dirección opuesta: se esfuerza en que todo resulte verídico. Pero lo hace a través de una serie de clichés que encajan entre sí con mano torpe.

Por un lado, está el habitual funcionario de la NASA venido a menos. Esta vez, está interpretado por un Donald Sutherland que imita sin mucho disimulo a Michael Caine en InterstellarAl otro extremo se encuentra Patrick Wilson, un astronauta rebelde al mejor estilo de los héroes incontrolables de Emmerich. Pero esta vez, el director no parece tener mucho interés en resaltar el carisma de su personaje. En realidad, nadie del elenco resalta demasiado, lo cual desconcierta en especial en el caso de Halle Berry.

La Jo Fowler de la actriz, miembro de considerable importancia en la NASA, es una especie de pieza utilitaria que el guion utiliza a conveniencia. Pero además carece de profundidad como para ser otra cosa que el punto de unión entre varios personajes. Y aunque los conflictos emocionales jamás han sido el fuerte de Emmerich — ni se esperan que lo sean — Moonfall carece de cualquier aliciente. La película solo es una mezcla apresurada de todo tipo de ideas sobre los desastres que podrían ocurrir en medio de una situación desesperada. 

E incluso los efectos especiales parecen extrañamente pequeños en la media de la escala de las ambiciones de la película. Para cuando el desastre tan anunciado está a punto de ocurrir, el film llega, por singular que parezca, a su punto más bajo. Es entonces cuando es evidente que Emmerich perdió el sentido de lo grandilocuente y lo exagerado. O lo moduló en favor de algún sentido de lo sobrio en una película que no lo necesitaba. 

El final de todos los desastres 

Lo que más desconcierta de Moonfall es que podría haber usado el terreno fácil de lo satírico. Pero Emmerich no parece muy consciente de la erosión de su fórmula. Para sus últimos diez minutos, la película es una combinación desgraciada del absurdo con largas secuencias sin sentido. Y sin duda, eso es lo que Emmerich siempre ha ofrecido y mostrado. Solo que esta vez ni siquiera resulta una experiencia divertida.